Diez años cumplió First Dates hace unos días, programa de citas eróticas, en Cuatro y ocasionalmente en Telecinco, donde el viejo oficio de alcahuete (recuerden La Celestina, de Fernando de Rojas) procura que gente excéntrica, urgida por la sexualidad, herida de soledad o bajo afán exhibicionista, encuentre in extremis pareja y coyunda con que alegrar sus penosas vidas.

El escenario es un triste cenáculo de mesas baratas y sirvientas sin gracia, peor que en una posada medieval, para despachar un espectáculo miserable sobre cómo se desempeñan hombres y mujeres de todas las edades en la pornografía emocional.

No es un invento español, sino británico, y lo produce una sucursal de la Warner Bros con un amplio seguimiento que ronda, y a veces supera, el millón de telespectadores. Lo que demuestra este subgénero audiovisual, para envidia de los malos sociólogos, es que las personas son paradójicas, manejables y candidatas al circo.

¿Cuándo un ser humano extravía su autoestima y se expone a ridiculizarse traicionando su intimidad? ¿Hasta dónde puede llegar la televisión para alcanzar el cénit de la abominación? Incluso, si las parejas no se desmelenan con sus secretos, les interrogan sobre sus fantasías sexuales, como si el striptease fuera elemento obligatorio.

Carlos Sobera

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En un mundo digno esta basura se aboliría. Nunca imaginamos a Carlos Sobera en el urdidor oficio de alcahuete, como tampoco creímos que la sociedad, la mayoría, pudiera caer tan bajo. ¿No le da vergüenza o lástima al menos?

A veces, parece que, con sus ironías y miradas de desprecio, debidamente enmascaradas, se burla de quienes acuden al plato y al plató a por una ración de amor de mercadillo. Esto no figuraba en ningún kamasutra alternativo. Durante una década First Dates ha sido la letrina del romanticismo. l