CLARO que sí, cómo no, presunción de inocencia y bla, bla, bla, requeteblá. Pero somos lo suficientemente mayores como para hacer que nos caemos de un guindo. Si hasta la selectísima discoteca barcelonesa donde ocurrieron los hechos fue la primera en levantar la liebre y presentar las pruebas, canta mucho (y muy mal) que haya voces que corran en auxilio del presunto violador acorralado por toneladas de indicios. Les pongo un ejemplo entre mil: ayer en un programa ponzoñero de Cuatro TV, se le ponía alcachofa y focos a una individua que decía haber tenido acceso a las imágenes de las cámaras de seguridad. No aportó ni media prueba de haberlas visto realmente, pero no tuvo empacho en deslizar que la denunciante acudió por su propio pie a los lavabos donde sufrió la presunta violación. El presentador del engendro y los opinateros de jornada corrieron a engordar las dudas.

Todo por la audiencia, sí, pero, además, por la íntima y vomitiva convicción de que un megamillonario como Dani Alves no tiene la menor necesidad de andar forzando a nadie porque le basta chasquear los dedos para que las mujeres hagan cola ante él con las piernas abiertas. Y si hay una que no está dispuesta a pasar por el aro, es porque busca algo turbio. Incluso, como ha sido el caso, cuando lo primero que ha tenido que hacer para sustentar la denuncia es renunciar a la indemnización que le correspondería si se probaran los hechos. Así funcionan las cosas en un estado donde nos cantan las mañanas con una ley, ahora sabemos que llena de agujeros, que supuestamente protege a las mujeres. Pues qué puñetero asco.