El calendario reservaba un programa sobrecogedor para el mes de diciembre. No se conocen precedentes similares, episodios que soporten una comparación con la exigencia que plantea cruzarse de un tirón con Real Madrid, Atlético de Madrid y Paris Saint-Germain. Un reto mayúsculo aderezado con el agravante de concentrarse en ocho días. A medida que se acercaban las fechas, el temor no remitía: cómo dejar espacio al optimismo si la imagen que desprendía el Athletic desde septiembre era cualquier cosa menos convincente.
El único factor asegurado en clave positiva, pues se estima como una ventaja en el cálculo de probabilidades de éxito del equipo, era que los tres compromisos se celebraban en San Mamés. Los tres anteriores fueron lejos de casa y se saldaron con una goleada previsible en el Camp Nou (4-0), un sufrido empate sin goles en el campo del Slavia de Praga y la sencilla victoria sobre un flojísimo Levante (0-2). El balance a domicilio incluyó pues los tres signos posibles: derrota, empate y triunfo. En vísperas de afrontar el tramo más empinado de la temporada, quién no hubiese firmado repetir dicha serie..
Ganar uno, sacar un punto en otro y ceder el restante se antojaba un logro muy aceptable, ante el riesgo manifiesto de no sacar nada en limpio o, a lo sumo, rascar un empate o acaso una victoria. Tampoco era fácil ponerse de acuerdo en el orden de las prioridades. Si de tener éxito en una de las citas esa debería ser contra el Madrid, que siempre produce especial satisfacción, o a costa de un Atlético más terrenal, dando por supuesto que meterle mano al PSG entraba en el terreno de lo imposible.
La calculadora paró en seco, se quedó sin pilas en el preciso instante en que el Athletic salió vapuleado del clásico. Sufrió un meneo sin paliativos que no alcanzó niveles más hirientes porque el Madrid se relajó en la media hora final. Por cierto, Simón fue de largo el más destacado entre los suyos. Tras semejante sopapo, se disparó la inquietud ante la inminente visita del Atlético, que gozó de un día más para preparar la cita de San Mamés y había ofrecido una imagen muy digna en su derrota con el Barcelona.
El dato
4 son las porterías a cero que ha dejado el Athletic en cuaro de sus cinco últimos compromisos, ya que solo el Real Madrid ha sido capaz de batir en esta tacada de encuentros la mete defendida por un Unai Simón que ratificó el miércoles el brillante momento de forma por el que atraviesa, toda una plusvalía para el colectivo.
El regreso de Sancet no bastaba para elevar la moral, con la exhibición de impotencia tan reciente confiar en una reacción radical no se sostenía. Valverde optó por su bloque favorito, cambió de laterales y poco más. El cántaro del cuento de la lechera estaba hecho trizas, solo quedaba encomendarse a esa máxima de Perogrullo que advierte que los partidos se han de jugar.
Los augurios más extendidos se vieron desbordados con un choque equilibrado, disputado en un tono muy serio. El Athletic mejoró muchísimo, sumó más llegadas y dominio que el rival para terminar alzando los brazos con un golazo de Berenguer a cinco de la conclusión. Simón, otra vez entre los más inspirados. Lo nuclear del marcador fue que de repente la semana horrible dejaba de serlo. Los tres puntos devolvían el pulso al grupo, había obtenido una victoria de prestigio en un contexto delicadísimo.
La conclusión más sugerente de ese sábado fue que compareció un Athletic parecido al Athletic de las campañas previas. Estuvo a la altura de su oponente, expuso con fe sus bazas y funcionó en los aspectos básicos, con y sin balón, en un área y en la otra. No permitió que la presión le engullese, tiró para adelante con personalidad y energía. La semana de pasión adquiría una pinta distinta, revitalizadora en la caseta y en la calle.
Serial de lujo
Y así, con buena cara y una resignación plenamente asumible, porque en situaciones concretas ser realista conviene, el Athletic se dispuso a afrontar el capítulo cumbre del serial de lujo que el destino coló en su agenda. Las incógnitas, todas, le señalaban; en el seno del Paris Saint-Germain solo había espacio para las certezas. Venía a exhibir su gran categoría, Luis Enrique lo expuso con nitidez al subrayar la máxima ambición de su tropa.
¿Cuáles incógnitas? Pues las que se suelen despejar viendo la alineación. ¿Merece la pena echar el resto ante el campeón de Europa viniendo de dos pechadas y sin margen para recuperarse? ¿Están los titulares en condiciones de aguantarle la mirada al PSG? ¿No es más inteligente centrarse en lo del domingo en Balaídos? ¿Para qué ir a la guerra si solo vale ganar y es imposible pensar en ganar? ¿Tiene sentido aferrarse a la Champions con tan exiguo margen de opciones de seguir en el torneo? Pues bueno, el Athletic, su entrenador y los jugadores, eligieron echar el resto. A por la victoria y a pelear hasta la extenuación. No les fue nada mal.
Que pudo hincar la rodilla y debería haberlo hecho, idea que solo discutirán los que duermen con la bufanda rojiblanca alrededor del cuello, no quita para que se reconozca el mérito de un comportamiento acaso irrepetible por parte de ningún otro conjunto profesional. Con tantos elementos en contra, solo del Athletic puede esperarse reacciones de este tipo. La recompensa, pase lo que pase en la Champions, trasciende el valor del punto sumado. A ver si hace efecto en la autoestima de la plantilla. Ah, y de Simón, qué más decir.