No es de extrañar que Trump salga muchísimo más en los medios occidentales que Putin. Con su actitud errática, agresiva un día, y esperanzadora al siguiente, manipula el mercado a su antojo y abundan los rumores de que se está enriqueciendo con ello en Bolsa. Según muchos medios de comunicación, el mayor de los escándalos de corrupción conocido por estos lares quedaría extremadamente empequeñecido a su lado. También proliferan las teorías según las cuales Trump no sería quien diseña realmente la estrategia, sino que sería apenas la cara visible de intereses más profundos. Que Venezuela e Irán suministraban petróleo a China, que la rivalidad con China es ahora lo prioritario, y que por ahí vienen estos lodos.

Sin embargo, me llama la atención lo relativamente poco que se habla de Putin. Y eso que las similitudes entre Putin y Trump son evidentes. El autoritarismo de ambos resulta patente, aunque el sistema norteamericano de frenos y contrapesos obliga a Trump a recular parcialmente con sus aranceles o a disfrazarlos bajo otras fórmulas. También le obliga a dar oficialmente por terminada la guerra con Irán, cuando se le iba agotando el plazo para solicitar autorización al Senado.

Trump y Putin comparten además una peculiar forma de comunicarse: utilizan el poder de la palabra no solo para convencer, sino para alterar la percepción misma de la realidad: “Los mexicanos son unos violadores” (Trump), “los ucranianos son nazis” (Putin). Unos crédulos u otros les compran sus respectivos relatos. Y, recurriendo a técnicas propias de la publicidad –sorpresa, repetición, frases-eslogan– privilegian el impacto emocional sobre lo racional. Trump actúa como una estrella de tertulia televisiva; Putin cultiva la imagen del zar frío y distante.

Pero ambos operan como grandes narradores de relatos destinados a ocultar la realidad más que a describirla. Lo importante no es la verdad de los hechos, sino la capacidad de imponer un relato inmune a la refutación. Así, la invasión de Ucrania se convierte en una “guerra de liberación nacional” y los asaltantes del Capitolio pasan a ser “luchadores por la libertad”. La capacidad de pantomima no los sitúa, sin embargo, del lado de la verdad, sino junto con los cuentacuentos. Como otros líderes populistas, hablan fingiendo encarnar la voz del pueblo, excluyendo cualquier narrativa alternativa.

Existe otra coincidencia que está pasando más desapercibida. Se habla de que Trump podría encontrar su némesis en las elecciones de mitad de mandato de noviembre. En cambio, apenas se comenta la posibilidad de un final político de Putin, al menos en los medios de nuestro entorno más cercano. En los medios internacionales de mayor ascendencia, en cambio, se está empezando a hablar de ello.

Ya son varios los medios internacionales que especulan con que los días de Putin al frente de Rusia podrían estar contados. No porque haya surgido un punto de inflexión, sino porque se ha extendido una sensación cada vez más visible entre dirigentes, empresarios y funcionarios rusos: la idea de que Vladimir Putin también ha llevado al país a una clarísima situación sin salida. El cambio se percibe incluso en la forma en que se expresa la gente. Antes se hablaba de la guerra y de las decisiones del Kremlin en términos de un “nosotros” colectivo; ahora empiezan a describirse como decisiones de “él”. La primera persona del plural ha dado paso a la tercera del singular.

La guerra de Ucrania deja de aparecer como un proyecto compartido y pasa a verse como la empresa personal de Putin. Eso no significa que exista una rebelión abierta. El miedo, la inercia y el control estatal siguen sosteniendo al sistema. Pero, al igual que el trumpismo, ha perdido algo fundamental: la capacidad de proyectar una proyección de futuro verosímil. En otros momentos el poder justificaba los sacrificios de la población con promesas de soberanía, modernización o prestigio internacional. En Rusia, esa narrativa se ha prácticamente agotado a día de hoy. Y ello ocurre por varios motivos.

El principal es el enorme coste de la guerra. Lo que debía haber sido una operación limitada y poco importante para la mayoría se ha convertido en una carga nacional. Por la sangría humana primero, y luego por la inflación, los impuestos, el deterioro de infraestructuras y el incremento de la censura, que afectan cada vez más a una vida cotidiana deprimente y gris para los afortunados que no van al frente. Ya no hay un horizonte colectivo capaz de justificar tales sacrificios.

Otro factor es el cambio en el ámbito internacional. Rusia aspiraba a alterar el orden global en su beneficio, pero el resultado ha sido ambiguo, por decirlo suave. La guerra ha acelerado tensiones ya existentes y, al igual que el mandato de Trump, ha debilitado instituciones internacionales, pero también ha reducido las ventajas estratégicas rusas. Europa ha disminuido su dependencia energética, la influencia de Moscú en organismos internacionales se ha desgastado considerablemente, y el recurso constante a la amenaza nuclear ha debilitado el sistema de no proliferación del que Rusia obtenía parte de su peso geopolítico.

Tampoco cabe desdeñar una importante crisis de identidad: tras la caída de la Unión Soviética, Rusia se definía frente a Occidente imitándolo, compitiendo con el mismo o enfrentándose a él. Pero el deterioro y la fragmentación del bloque occidental han dejado al Kremlin sin un referente claro frente al cual construir su relato. El poder ruso necesita ahora una fuente interna de legitimidad y sentido que no parece ser capaz de generar.

También cuenta el creciente malestar entre las élites económicas. Durante años, muchos empresarios protegían su patrimonio mediante tribunales extranjeros y sus sistemas jurídicos relativamente fiables. Las sanciones y el aislamiento internacional los han obligado a depender exclusivamente del sistema ruso, donde las reglas son inciertas y la redistribución forzosa de propiedades avanza rápidamente. Miles de millones en activos privados han sido nacionalizados o transferidos a oligarcas próximos al poder. La cleptocracia es para unos pocos.

A resultas de todo lo anterior, se ha dado un notable endurecimiento ideológico del régimen. El antiguo pacto implícito –la población se mantenía alejada de la política y el Estado respetaba cierta esfera privada– se ha roto. Antes, el sistema compensaba la falta de libertades con estabilidad y consumo. Ahora sobre todo ofrece vigilancia, restricciones y represión. Y el problema no es únicamente la dureza del control sino la ausencia de metas capaces de generar ilusión. Se exige obediencia sin explicar hacia qué futuro les lleva.

La combinación de todo ello coloca al sistema en una situación similar a una que se da, a veces, en el ajedrez o en otros juegos similares como el Xiangqi: cualquier movimiento, sea el que sea, empeora la posición. Putin puede intentar conservar el poder con más represión o incluso con nuevos conflictos, pero esas medidas solo profundizarían la crisis. El régimen aún puede resistir durante un tiempo, aunque cada intento de reforzarlo parece acelerar su desgaste y aumentar el riesgo de una ruptura traumática.

Espero que lo que divulgan los medios internacionales no sea propaganda orquestada, que en una situación internacional de confrontación todo es posible. Pero lo cierto es que Orbán ha caído. Trump lo tiene cada vez más difícil en noviembre. A ver qué pasa con Putin. Dicen que no hay dos sin tres. Ojalá.

@Krakenberger