Estoy de acuerdo con Alauda Ruiz de Azúa en su mirada sobre ‘Los domingos’. No creo que una película, por sí sola, tenga la capacidad de despertar vocaciones profundas; esas decisiones suelen nacer de procesos mucho más íntimos y prolongados. Sin embargo, sí creo que el valor de la cinta se sitúa en otro lugar: en recordarnos la necesidad de parar.

En un mundo que premia la hiperconectividad y la productividad constante, la idea de retirarse –aunque sea temporalmente– adquiere un significado casi subversivo. No hablo necesariamente de un retiro espiritual en sentido estricto, aunque conozco a personas que encuentran en lugares como el monasterio de Zenarruza el silencio necesario para recomponerse. Hablo, más bien, de recuperar un espacio propio, libre de exigencias externas y, sobre todo, de la tiranía del móvil.

Estos dispositivos nacieron para facilitarnos la vida, pero han terminado por colonizar nuestro tiempo, diluyendo las fronteras entre lo personal y lo laboral, entre el descanso y la disponibilidad permanente. Por eso, reivindicar el derecho a desconectar –sin culpa– se vuelve esencial.

Quizá ‘Los domingos’ no despierte vocaciones, pero sí puede sembrar una pregunta incómoda y necesaria: ¿cuándo fue la última vez que estuvimos realmente a solas con nosotros mismos? Al final, vivimos en una anorexia de libertad personal que nos impide la mayoría de las veces ver más allá de ese árbol que tenemos delante del bosque.