¿Por qué titulares?
La contumacia de Valverde de otorgar la titularidad a ciertos jugadores se convierte en un serio impedimento para aspirar a invertir una dinámica que amenaza con ir para largo
Detectar un problema equivale a reconocer su existencia, condición imprescindible para dar con la solución. Un hábito muy extendido entre los profesionales cuando vienen mal dadas consiste en negar la mayor y apelar al infortunio, los caprichos del juego, los detalles, las rachas y toda una extensa serie de atenuantes o disculpas con tal de no admitir que las cosas no se están haciendo bien. En el Athletic no nos hemos librado de esto: sin necesidad de retrotraerse a tiempos lejanos hallamos muchos ejemplos de técnicos y jugadores aferrados, a veces con fervor digno de mejor causa, al manoseado librillo de las excusas con tal de no entonar el mea culpa.
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Una de las frases estrella de ese manual dice: “El equipo no tiene los puntos que merece tener”. Así expuesto, se da a entender o que alguien, se supone que otros equipos, los ha robado, o que se han perdido por el camino por descuido, por sí solos, por influjo del azar. O sea: faltan puntos y nadie se hace responsable; así pues, la causa de ese déficit que afea el puesto en la clasificación no sería el mal rendimiento propio.
Por lo expuesto hasta aquí, se agradece que en un contexto deportivo negativo un entrenador diga: “Tenemos menos puntos de los que nos gustaría”. Suena más honrado, lo es de hecho. Presupone el deseo de que la situación fuese distinta y la aceptación de que no se ha jugado para tener más puntos en el casillero. Y esto último, se refuerza con nitidez de la siguiente manera: “Hay imponderables (en alusión a lesiones o un calendario muy denso), pero hay cosas en las que tenemos que mejorar. Las dinámicas positivas no vienen porque sí, hay que hacerlas y perseverar”. Y cómo, pues trabajando más y mejor, corrigiendo, probando.
Uno agradeció conocer las manifestaciones realizadas por Ernesto Valverde la víspera del derbi de El Sadar; en cambio, no tanto recordarlas mientras se disputaba el partido. El motivo de esto último no constituye ningún secreto para quien atendiera el desarrollo de noventa minutos donde resultó complicado apreciar algo de fuste que sugiriese una rectificación en el comportamiento.
Se asistió al enésimo pase de la versión que, nos aseguran, se pretende superar. Al margen de voluntad, tesón y generosidad en el esfuerzo físico, lo que vienen a ser valores irrenunciables que jamás se cuestionan en el Athletic, y ese orgullo para rebelarse ante la derrota, poco o nada de lo presenciado sintonizó con el afán de superación, con ese deseo de progresar hacia un nivel más eficiente en las diversas facetas del juego.
El equipo funcionó como suele desde septiembre y volvió a perder dos de los tres puntos que estaban en liza. Añadir uno más y hacerlo fuera de casa puede tomarse como un logro, sobre todo comprobada la inexistencia de un progreso en la puesta en escena. Ahora bien, cuesta admitirlo al recordar el retraso acumulado en la primera vuelta del torneo y tras haber encajado sendas derrotas en las dos jornadas anteriores. Un punto de nueve contra Celta, Espanyol y Osasuna sabe a muy poco.
¿Es posible que aplicando esa ansiada “mejora” a algo tan elemental y tan trascendental como es el diseño de la alineación se favoreciese el avance buscado? Hay cuestiones que cuanto más se repiten menos defensa tienen: si determinados hombres demuestran incapacidad manifiesta para dar una medida siquiera aceptable, no hablamos de emular su versión ideal sino de realizar una aportación que permita concederles un aprobado raspado, la contumacia del entrenador otorgándoles la titularidad y muchísimos minutos se convierte en un serio impedimento para aspirar a invertir una dinámica que amenaza con ir para largo.
