De París a Gernika pasando por Sondika
Con el fallecimiento del lehendakari Garaikoetxea, queda en la memoria una escena cargada de simbolismo, cuando Leizaola le entregó las llaves de la Delegación del exilio y él, conmovido, las besó antes de sellar aquel instante con un abrazo
La muerte de Carlos Garaikoetxea, este lunes 4 de mayo, ha reabierto una herida y, al mismo tiempo, una memoria, la de un tiempo en el que la política no era solo gestión, sino también símbolo, dignidad y resistencia. Entre todos los episodios que jalonan su trayectoria, hay uno que hoy adquiere una fuerza especial: el recibimiento al lehendakari en el exilio, Jesús María de Leizaola. Aquel acto fue mucho más que una ceremonia institucional; fue la escenificación de una continuidad histórica que la dictadura no había logrado quebrar.
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El regreso del lendakari zarra no fue simplemente el retorno de un hombre, sino –dicen- el de “una legitimidad”. Durante décadas, el Gobierno vasco había sobrevivido en el exilio como depositario de la voluntad expresada en 1936, tras el juramento de José Antonio Aguirre bajo el Árbol de Gernika. Cuando Leizaola cruzó de nuevo las puertas de la Casa de Juntas, lo hacía cargando con ese legado, con el peso de una historia suspendida que, por fin, encontraba suelo firme en su tierra. Inmaculada Boneta estuvo allí aquel día: “El 15 de diciembre de 1979 volvió definitivamente el exilio que encarnaba Leizaola. Le esperábamos en el aeropuerto de Sondika”, evoca a DEIA quien fue militante durante un tiempo de EA, al tiempo que se muestra “muy tocada” por la pérdida humana y política minutos antes de acudir al funeral en Iruñea de su, ante todo, “amigo de ilusiones e ideales compartidos”.
Cuentan quienes vivieron el histórico acontecimiento que el ambiente era “denso, casi eléctrico”. En el exterior, las pancartas hablaban por sí solas, condensando años de silencio y reivindicación: “Leizaola, aquí los demás, ¿hasta cuándo?”, “Como en 1936 exigimos un Gobierno vasco” y “Como en 1922 pedimos una Universidad vasca”. No eran simples consignas, sino la expresión de una sociedad que reclamaba “la restitución de su dignidad política”. Entre la multitud, familiares de presos, militantes, ciudadanos anónimos…, todos compartían una misma sensación: estaban asistiendo a un momento irrepetible.
Narran que, en el interior, la solemnidad se mezclaba con la emoción contenida. Representantes políticos, entre otros, miembros históricos del nacionalismo vasco, “instituciones renacidas”, todos eran “conscientes de que no se trataba de un acto más”. Era dar cerrojo con aquellas mismas llaves –a modo metafórico- a un ciclo iniciado con el Golpe de estado español, la guerra, el exilio y la larga noche de la dictadura. Y en el centro de todo, dos figuras: el lehendakari que regresaba y el lehendakari que encarnaba el presente.
Fue entonces cuando se produjo uno de los gestos más potentes de aquel día. Jesús María de Leizaola entregó las llaves simbólicas de la sede de la Delegación del exilio de París, aquellas que habían representado durante décadas la continuidad institucional. El entonces presidente del Consejo General Vasco, Carlos Garaikoetxea, las recibió con “respeto reverencial” y, en un acto cargado de significado, las besó. Aquel contacto no fue un gesto protocolario: fue la afirmación de “una legitimidad heredada, el reconocimiento de que el nuevo tiempo no nacía de la nada, sino que era fruto de una historia de resistencia”. A continuación, fueron dos presidentes sellados por un abrazo.
“El silencio que siguió fue elocuente”. No hacía falta añadir palabras. En ese instante se condensaban años de lucha, de clandestinidad, de exilio y de esperanza. Garaikoetxea no solo aceptaba unas llaves; asumía la responsabilidad de dar continuidad a una institución que había sobrevivido a la adversidad más extrema. “El lehendakari Leizaola –estima Boneta– no era dado a grandes o grandilocuentes gestos, pero su emoción y la nuestra eran locuaces y se palpaban. Sus palabras, su discurso, vibrante y contenido, comenzaron naturalmente bajo el Árbol, símbolo de nuestras libertades”.
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El entonces político en activo Iñaki Anasagasti, de EAJ-PNV, también estuvo allí y echa hoy la vista atrás. De hecho, fue él mismo quien gestionó el vuelo de aquel avión de la línea aérea Aviaco. “Era cerrar el ciclo abierto el 7 de octubre de 1936 y entremedio había habido un montaje de la administración vasca en plena guerra. Fundamentalmente fue Leizaola quien diseñó toda la estructura organizativa porque venía de ser secretario de la Diputación de Gipuzkoa y sabía lo que era la Administración, y luego, después de más de cuarenta años, volver a Gernika a rendir cuentas, es decir, que el Gobierno vasco podía haber desaparecido como desapareció la Generalitat, solo se quedó Tarradellas, pero la terquedad de mantener un gobierno era para mantener el testigo de lo que se había constituido el 7 de octubre de 1936 –del que se cumplirá en otoño 90 años–, y decir a la gente que tenían que continuar aquella obra. Fue por ello un acto muy simbólico y muy potente”.
Los discursos que acompañaron el acto reforzaron esa idea. Se habló de reconstrucción, de autogobierno, de futuro, pero también de memoria. De la necesidad de no olvidar el sacrificio de quienes mantuvieron viva la llama en los años más oscuros. De” la obligación de construir una Euskadi democrática sin renunciar a los principios que habían dado sentido a aquella larga travesía”.
Aquel día, la Casa de Juntas de Gernika fue un espacio de reconciliación entre pasado y presente. El lehendakari del exilio y el lehendakari del nuevo tiempo se encontraron no como figuras opuestas, sino como “eslabones de una misma cadena”. Y en ese encuentro, dicen, “la política recuperó algo que hoy a menudo parece perdido: su dimensión ética y simbólica”.
A día de hoy, tras el fallecimiento de Garaikoetxea, aquel momento resuena con más fuerza. Porque, testimonian que “en tiempos de incertidumbre, mirar atrás no es un ejercicio de nostalgia, sino de comprensión”. Aquel beso a las llaves, aquellas pancartas, aquel silencio cargado de historia… puede rememorar que hubo un tiempo en el que la política fue “capaz de emocionar, de unir y de proyectar futuro sin olvidar de dónde venía”.
Porque aquellas llaves no solo abrían una casa ni devolvían un Gobierno: también servían para cerrar, por fin, la herida que un golpe de Estado de generales quiso dejar abierta en la historia; las mismas llaves que guardaron la legitimidad en el exilio fueron las que, al regresar, dieron cerrajón a aquel pasado roto. Concluye Boneta: “El gobierno que había mantenido en pie unas instituciones desde 1936, con vocación de nuestro mayor compromiso, vasco y humano, regresaba a su tierra. Llegaba a su final. En este acto, disolvía su gobierno, el gobierno legítimo de Euskadi en el exilio, casi medio siglo, y trasladaba el testigo de Gernika en referéndum. De nuestro pueblo ya constituida una nueva legalidad democrática que pronto, tras las elecciones al Parlamento Vasco, se convertiría en el nuevo gobierno legítimo tras la dictadura. Tras esta proclamación solemne de la disolución del gobierno en el exilio, quedaba el gesto que transmitía, como algo muy común, una clave esencial: entregaba a Garaikoetxea, presidente del órgano de transición —CGV—, y con ello la legitimidad reforzada en la adversidad. Carlos Garaikoetxea fue elegido lehendakari de la autonomía en democracia. Por delante quedaba una labor ingente: hacer el mérito de esa legitimidad transmitida, conservada tantos años. Me ha dolido muchísimo su pérdida. Ohore”.