Pocos movimientos políticos poseen una relación tan estrecha con un lugar geográfico como es el caso de los carlistas y Montejurra. Situado a unos pocos kilómetros de Lizarra, lugar donde los carlistas establecieron su corte durante las guerras carlistas, fue testigo de batallas clave en las guerras en las que se levantaron en armas en el siglo XIX. Tras el último episodio militar en la que participaron los ejércitos carlistas, en la guerra civil de 1936, junto al bando nacional, Montejurra se convirtió en un lugar de homenaje a los caídos en combate y en altavoz político del movimiento. Un lugar de reunión para todos los carlistas que, en 1976, en plena transición, se convirtió en tragedia y dio lugar a uno de los episodios más oscuros de aquella época.

Definir al carlismo como ideología siempre ha sido muy difícil. Surgido del cisma sucesorio de los borbones tras la muerte de Fernando VII, se convirtió en la versión española de la resistencia al liberalismo que comenzaba a instaurarse en toda Europa. Defensores de la tradición, la unión de trono y fe, y las antiguas leyes como los fueros, el carlismo se batiría en armas tres veces en el siglo XIX, perdiendo siempre ante un liberalismo que pasó a ser la norma en todo el continente. No fue hasta la guerra civil de 1936 cuando el carlismo lograría una victoria militar en uno de sus alzamientos.

Pero, a pesar de su apoyo al bando vencedor, la relación entre el carlismo y el franquismo fue bastante complicada. Ya desde la organización del alzamiento, dirigentes como Manuel Fal Conde rehuyeron participar en el golpe militar en los momentos preparatorios. Después serían claves en la victoria del ejército nacional, pero ya desde la creación del nuevo Estado se produjeron fricciones. En 1942 se produjo el atentado contra una ceremonia carlista en Begoña, perpetrado por falangistas. Tres años después, el 3 de diciembre de 1945, una manifestación carlista, un intento de crítica de estos por la dirección política adoptada por el nuevo Estado franquista, acabaría en incidentes.

Para algunos autores, el carlismo se revolvía ante un Franco que ponía en la sucesión al trono a un Borbón distinto al de la línea tradicionalista. Para otros, en cambio, el carlismo denunciaba frente a otras familias del franquismo el haber sido marginado del poder. Esta crítica al régimen franquista migraría desde posiciones tradicionalistas hasta un punto significativo izquierdista a partir de los años 60, cuando una nueva generación de jóvenes adscrita al centenario partido fue cogiendo fuerza. El mundo estaba cambiando con Mayo del 68 y el surgimiento de una nueva izquierda, incluso la Iglesia católica, central en el ideario carlista, se abría a la modernidad con el Concilio Vaticano II, y la oposición a Franco aumentaba, tanto en las posiciones políticas como en la resistencia social y obrera.

DEL ABSOLUTISMO AL SOCIALISMO

Todo aquello contribuyó a que el carlismo transformase su “Dios, patria y rey” por “Federalismo, autogestión y socialismo”. Un viraje desde el absolutismo al socialismo no marxista, que no solo reflejaba una profunda transformación, sino la necesidad de una adaptación al nuevo horizonte que se abría y la búsqueda de una nueva identidad en unos momentos de radicales cambios en el mundo.

Tras esta mudanza ideológica, el carlismo se convirtió en uno de los movimientos opositores al franquismo más activo, teniendo en cuenta que al no ser clandestino poseía una estructura muy fuerte, en especial en sus zonas de mayor influencia, Euskadi, Cataluña, Valencia y Andalucía. Poco a poco fue desafiando al régimen con manifestaciones públicas en contra del dictador, como la de Pamplona en 1969 que acabó con múltiples heridos, o con el surgimiento de los GAC, Grupos de Acción Carlistas, partidarios de la acción directa, que protagonizaron espectaculares acciones subversivas de propaganda contra la dictadura.

Al mismo tiempo, el carlismo colaboró en protestas, huelgas obreras y en los actos de oposición de los partidos y movimientos sociales críticos con el franquismo. En una época en la que la proliferación de ideologías y partidos era infinita, el partido carlista colaboró con muchos de estos en actividades de resistencia y también en la creación de plataformas sindicales, como en el caso de las primeras Comisiones Obreras. Todo bajo la guía de Carlos Hugo de Borbón-Parma, heredero de la dinastía carlista y principal líder del movimiento, que sería expulsado de España junto a su familia por enfrentarse al régimen.

A pesar de que la mayoría del movimiento siguió el viraje hacia el socialismo autogestionario liderado por el “Príncipe Minero”, como era conocido Carlos Hugo por haber trabajado en una mina en su juventud, hubo también carlistas que decidieron continuar ligados al tradicionalismo; en este caso, liderados por Sixto Enrique, hermano de Carlos Hugo, nunca dejaron de apoyar al franquismo, y una vez muerto el dictador, el inevitable enfrentamiento entre ambas facciones explica alguna de las claves para entender la tragedia del 9 de mayo de 1976 en Montejurra.

Aquel año era el sucesor de Franco, Juan Carlos I, quien guiaba el barco del Estado cuyo destino no era aún muy claro para la mayoría de la opinión pública. Sectores inmovilistas seguían oponiéndose a una apertura, mientras en la calle los distintos partidos clamaban por todo tipo de nuevos proyectos. Para entonces las convocatorias de Montejurra se habían convertido ya en actos en contra de las autoridades y en altavoz que pedía la apertura a la libertad y la democracia.

El carlismo, un movimiento fuerte y organizado, en 1976 pretendió utilizar su fiesta anual en su monte sagrado como caja de resonancia contra el nuevo régimen que no acababa de nacer. Por su parte, el carlismo tradicionalista entendió que aquel debía ser el momento para arrebatar al carlismo renovado su hegemonía, recobrando la montaña sagrada para los más inmovilistas. Significativo de esto es que la operación diseñada para el golpe fuera denominada “Operación Reconquista”.

UNA ACCIÓN MÁS QUE SIMBÓLICA

El objetivo era claro: el carlismo revisionista debía ser expulsado por el tradicional, además de impedir que Montejurra se convirtiese en un acto de crítica a las nuevas autoridades. Debía ser una acción más que simbólica.

Mientras, como todos los años, unos 6.000 carlistas acompañados de su líder Carlos Hugo se dirigían hacia la montaña sagrada, Sixto junto a 200 tradicionalistas les esperaban desde unos días para arrebatarles el simbólico lugar.

Ricardo García Pellejero, joven estellés, asesinado, en los incidentes de Montejurra de 1976. Josu Chueca Intxusta

Entre los seguidores de Sixto, más tarde se sabría, se encontraban numerosos agitadores y mercenarios de extrema derecha venidos de Italia, Latinoamérica y otras latitudes que, años más tarde, engrosarían las filas de grupos terroristas de extrema derecha como el GAL y el Batallón Vasco-Español. Ellos fueron los protagonistas principales del día. Armados con pistolas y alguna ametralladora, con abrigos y brazaletes para identificarse, se apostaron en las laderas del monte para evitar la ascensión de los militantes carlistas seguidores de Carlos Hugo.

Múltiples fotografías y grabaciones dan fe de aquella trágica jornada. Entre las imágenes más conocidas se encuentra la de un hombre vestido con gabardina y pistola en mano que, cuando se iniciaron los forcejeos entre los partidarios de las dos familias, sería el que disparase el tiro que acabó con la vida de Aniano Jiménez Santos.

Aniano, militante de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), de 40 años, no fue la única víctima del día. Tras el primer asesinato, los sixtinos subieron a la cumbre donde se repitieron los incidentes y, al igual que en la confrontación anterior, fueron las armas de fuego las que pondrían el acento trágico en la pelea. En esta segunda ocasión, un joven navarro de 20 años, Ricardo García Pellejero, resultó la víctima de las balas. Montejurra se tiñó de sangre.

Según el Libro Negro que el Partido Carlista publicó sobre los hechos ocurridos aquel día, fueron unas 30 personas las que resultaron heridas en los incidentes, 11 de ellas por heridas de bala. Y todo ello ante la mirada de los agentes de la ley que no intervinieron en ningún momento, lo que desde el mismo día dejó claro que las autoridades tuvieron alguna responsabilidad en lo ocurrido.

Para el Partido Carlista no hubo duda de que se trató de un crimen de Estado perpetrado con el fin de silenciar al movimiento. La certeza carlista sobre la responsabilidad de las autoridades en los hechos se reforzó con el testimonio del general Sáenz de Santamaría que, en una carta a los familiares de las víctimas, resumió los hechos acaecidos como una operación para amordazar a los carlistas que pudieran enfrentarse al nuevo Estado y al rey Juan Carlos I, recién instaurado en el trono. En la operación, los tradicionalistas de Sixto y los terroristas de extrema derecha fueron los instrumentos utilizados.

FRAGA Y LA JEFATURA DE ESTADO

El porqué de lo observado sobre el terreno (inacción policial e impunidad de los terroristas) ha sido recientemente documentado con la publicación del contenido de dos carpetas legadas a su familia por en la época gobernador civil de Navarra, Ruiz de Gordoa. En ellas aparecen documentos que corroboran lo indicado por Sáenz de Santamaría; esto es, que el Estado formó parte de la planificación de los hechos de Montejurra, apuntando además como cómplices directos de lo acontecido a figuras como Manuel Fraga, quien describió lo ocurrido como una simple “pelea entre hermanos”, y a más altas instancias como conocedoras del complot, incluso a la jefatura del Estado.

De lo que no cabe duda es de que lo que ocurrió en Montejurra el 9 de mayo de 1976 marcó un antes y un después en la vida de muchas personas. En primer lugar en la de las víctimas, principalmente en las dos personas asesinadas fríamente que no fueron reconocidas como víctimas de terrorismo hasta dos décadas después. Y sus familiares, que vieron cómo las tres personas identificadas como responsables directas de los asesinatos salieron de la cárcel un año después en aplicación de la Ley de Amnistía de 1977. También el pueblo carlista que vio cómo su movimiento quedaba marcado por los sucesos y rápidamente fue arrinconado por otras siglas e ideologías, cayendo en el olvido de la historia.

Montejurra 1976 no fue un simple atentado, fue además una clara instantánea de lo que resultó la transición. Un momento de efervescencia política, en la que multitud de siglas e ideologías trataron de colocarse en una buena posición para el futuro de un nuevo orden político que aún no estaba claro el camino que fuera a recorrer. El carlismo se esforzó en adecuarse a los nuevos tiempos, transformando su legado centenario para participar en un nuevo futuro.

Montejurra 1976 significó, además de la constatación de una ruptura dentro del movimiento, el inicio del fin de un periodo histórico para el partido más antiguo del Estado. Un final que se sellaría con su no legalización y su exclusión de las primeras elecciones democráticas. Todo ello regado de la sangre que se vertió en la transición, en la que la violencia formó parte inseparable del nacimiento de una democracia que en 1976 podía parecer todavía lejana.

Cincuenta años después, lo ocurrido el 9 de mayo de 1976 sigue exigiendo justicia y reparación para las víctimas del suceso, además de una reflexión sobre cómo la violencia puede engullir un movimiento político y social.

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El autor: Jon Artabe Irusta

Licenciado en Psicología (Deusto), Filosofía (Deusto), Antropología Social y Cultural (UNED), Diplomado en Ciencias Religiosas (Deusto) y Grado en Teología (Deusto). Investigador sobre la relación entre la II República, el nacionalismo vasco y la cuestión religiosa. Escritor en medios de comunicación sobre análisis internacional, divulgación histórica y temas culturales y religiosos. Actualmente trabaja en la administración pública.