El cuadro de Picasso no deja de arder: ni en 1937, ni hoy en 2026 ni en 1974. El 28 de febrero de ese último año, una de las obras más emblemáticas del siglo XX, el cuadro Guernica de Pablo Picasso –cuyo padre era de orígenes vascos-, fue objeto de un acto de protesta en el Museum of Modern Art a donde viajó. Un activista logró acercarse al lienzo y escribir sobre su superficie, con spray rojo, la frase “Kill lies all”, una consigna que puede interpretarse como “matar todas las mentiras”, aunque su orden sintáctico sugiere también la lectura inversa “All lies kill” (todas las mentiras matan). Todos los medios lo publicaron, como, por ejemplo, el Daily News en portada.

El autor del gesto, el artista estadounidense-iraní Tony Shafrazi, explicó que la inversión del orden de las palabras respondía a un juego lingüístico inspirado en la obra de James Joyce Finnegans Wake. Sin embargo, el contexto era político: la acción se produjo en un momento de fuerte contestación en el país contra la guerra de Vietnam y estaba relacionada, según diferentes fuentes de la época, con la indignación generada por la decisión del presidente Richard Nixon de indultar al oficial implicado en la matanza de My Lai.

El impacto del episodio fue inmediato. El Guernica, concebido como una denuncia universal del horror bélico tras el bombardeo de la villa foral en 1937, volvía a convertirse en escenario de confrontación política, lejos de su contexto original. La intervención fue neutralizada por los restauradores del museo gracias a una capa protectora aplicada sobre el lienzo, lo que evitó daños irreversibles. Aun así, el episodio reforzó la condición del cuadro como símbolo permanentemente expuesto a la tensión política y social.

Portada del Daily News.

Portada del Daily News. DEIA

Décadas después, esa carga simbólica sigue viva y vuelve a situarse en el centro del debate público. El Gobierno vasco ha solicitado una y otra vez el traslado de la obra desde el Museo Reina Sofía a Euskadi de Madrid, con el objetivo de que pueda exponerse bien en la propia Gernika o en el Museo Guggenheim Bilbao. La iniciativa, que pretende subrayar la vinculación histórica del cuadro con el bombardeo de la ciudad en 1937, ha sido rechazada por las autoridades culturales españolas alegando motivos de conservación y fragilidad del lienzo, que ha sufrido traslados a lo largo de su historia.

El debate, sin embargo, trasciende lo técnico. Para algunos sectores, el Guernica es una obra universal que debe permanecer en un espacio neutral de acceso público en Madrid; para otros, su significado histórico y emocional lo vincula de forma inseparable a Euskadi. En este contexto, el catedrático gasteiztarra Jesús María González de Zárate, autor de El Guernica, estudio iconográfico, aporta una perspectiva sobre la relación temprana entre el País Vasco y la obra. En declaraciones recogidas por DEIA, González de Zárate estima que el Gobierno vasco tuvo una oportunidad de adquirir el cuadro cuando una delegación lo visitó en París, “pero no les gustó”. El representante enviado entonces, Jesús María de Ucelay, –director del Museo de Bellas Artes de Bilbao de la época– descartó la posible compra al considerar que se trataba de un cuadro “pornográfico”, calificó. En aquel tiempo, según hemeroteca, distintas corrientes ideológicas de la época, desde los sublevados hasta ciertos ámbitos de la izquierda, mostraron rechazo o distancia hacia su novedoso lenguaje visual.

La empresa propietaria ya exigió su devolución en 1969.

La empresa propietaria ya exigió su devolución en 1969. DEIA

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Desde su presentación en la Exposición Internacional de París de 1937, el mural fue interpretado como una denuncia directa del fascismo, lo que la convirtió en un icono político inmediato. A esa dimensión polémica se suma la biografía del propio Picasso, figura central del arte del siglo XX y, al mismo tiempo, objeto recurrente de controversia. En 1911, el artista llegó a ser interrogado en París bajo sospecha de estar implicado, junto al poeta Guillaue Apollinare, en el robo de la La Gioconda del Museo del Louvre. Finalmente, el responsable fue el italiano Vincenzo Peruggia, quien hizo frente a una pena de cárcel de ocho meses.

Hoy, casi nueve décadas después de su creación, el cuadro encargado por la Segunda República sigue ocupando un lugar singular en la cultura contemporánea. No solo como obra maestra del arte moderno, sino como objeto de disputa simbólica, política e institucional. Desde la pintada en Nueva York hasta el actual debate sobre su ubicación, su historia parece confirmar una idea que atraviesa todo su recorrido: el Guernica no pertenece únicamente a la historia del arte, sino también a la historia de los conflictos que sigue provocando y recordando que “todas las mentiras –como las del bombardeo de la villa foral– matan”.