El investigador de Gerediaga y exdirector de la Durangoko Azoka, Jon Gregori Irazabal Aguirre, fallecido en agosto de 2024, reconstruyó con detalle uno de los episodios más devastadores de la guerra en Euskadi. Siempre según sus investigaciones, el 31 de marzo de 1937 amaneció en Durango sin señales que hicieran prever la tragedia: “ningún indicio hacía pensar a la población de Durango que ese día discurriría de manera diferente”. La villa vivía ya adaptada a la guerra iniciada tras la sublevación de julio de 1936.
No obstante, aquella mañana, hacia las seis, sonó una primera alarma aérea sin consecuencias. Sin embargo, en paralelo, se ponía en marcha la ofensiva general en el Frente del Norte ordenada por el general español Mola, nacido en Cuba. A las 07:00 horas despegaron desde Soria bombarderos italianos Savoia-Marchetti S.M.81 de la Aviazione Legionaria, escoltados posteriormente por cazas Fiat CR.32 desde Logroño. Las escuadrillas 213 y 214, conocidas como “Pipistrelli”, pusieron rumbo hacia sus objetivos en Bizkaia.
Aproximadamente a las 8:30 horas comenzó el ataque sobre Durango. Irazabal recoge el testimonio del monaguillo Rafael Cuevas, quien situó el inicio “entre la segunda y tercera campanilla de la consagración”. La alarma había sonado instantes antes, pero la rapidez del bombardeo sorprendió a la población, que se encontraba en gran medida en la calle, en sus casas o asistiendo a misa.
Los refugios eran escasos y precarios. Los bombarderos realizaron una única pasada en diagonal sobre la villa, guiándose por referencias como la torre de Santa María de Uribarri. En esa incursión se lanzaron alrededor de 80 bombas de 50 kilos, es decir, alrededor de cuatro toneladas de explosivos.
El impacto fue especialmente letal en espacios religiosos y zonas concurridas. En la iglesia de Santa María, donde se celebraba el mercado en el pórtico, varias bombas provocaron el derrumbe de la techumbre. También fue alcanzada la iglesia San José de la orden jesuita. Entre las víctimas, los sacerdotes Carlos Morilla y Rafael Billalabeitia. En el convento de Santa Susana murieron monjas y una joven. Numerosas viviendas quedaron destruidas, sobre todo en las calles Kurutziaga y Andra Maria.
Irazabal recogía además descripciones contemporáneas como la del corresponsal de Euzkadi Roja, que retrataba una escena de devastación: edificios derruidos, templos arrasados y fieles sepultados bajo los escombros durante la misa. Las labores de rescate comenzaron de inmediato. Hacia las 11:00 horas, nuevos vuelos sobre la villa —probablemente de reconocimiento— provocaron el pánico entre quienes trabajaban entre los escombros. El propio Cuevas sobrevivió sepultado junto al sacerdote Morilla, quien, según su relato recogido por Irazabal, “rezó el rosario hasta fallecer”.
Lejos de poner fin a la barbarie, el ataque se reanudó esa misma jornada. Por la tarde, ocho bombarderos volvieron sobre Durango, escoltados por cazas, mientras otros tres actuaban sobre Elorrio. En esta segunda incursión se lanzaron 22 bombas de 100 kilos y 54 de 50 kilos.
A diferencia de la mañana, los aviones emplearon otra diagonal urbana, desde la carretera del cementerio hacia el hospital. En ese momento, muchas personas se encontraban en tránsito para identificar o enterrar a las víctimas del primer ataque, lo que incrementó la exposición de la población civil.
Irazabal subraya que en esta fase los cazas tuvieron un papel determinante: los ametrallamientos sobre civiles en zonas abiertas como Landako o Montorreta intensificaron el terror. “Los pilotos se reían al intentar matarnos”, coincidían los supervivientes en sus testimonios. Además, se atacaron infraestructuras clave como la estación ferroviaria, que resultó incendiada y gravemente dañada junto a talleres y material rodante. En esta zona se emplearon también bombas incendiarias, aunque su efecto fue limitado en el casco urbano.
Esa noche, sin suministro eléctrico y con prohibición de encender velas por temor a nuevos ataques, la villa vivió horas de extrema angustia. Muchos vecinos se refugiaron en panteones del cementerio, considerados de los lugares más seguros ante la falta de defensas antiaéreas.
Los bombardeos continuaron en jornadas posteriores. El 2 de abril tres bombarderos de la escuadrilla 214 regresaron y lanzaron 10 bombas de 100 kilos y 36 de 50 kilos sobre una villa ya en gran parte evacuada. Ese mismo día, el hospital fue alcanzado pese a estar señalizado con la Cruz Roja, resultando heridas varias religiosas y trabajadoras. Una comisión internacional presente en la zona fue testigo directo de este ataque. En su denuncia posterior señalaron que “las iglesias, principalmente, han sido destruidas, así como un convento, en las que muchas personas […] han sido muertas”, contribuyendo a difundir internacionalmente lo ocurrido.
El 4 de abril se produjo una nueva incursión sobre un Durango prácticamente desierto. Las víctimas fueron en su mayoría bomberos y personal dedicado a tareas de rescate y desescombro.
Según la reconstrucción de Jon Irazabal, entre el 31 de marzo y el 4 de abril de 1937 se arrojaron sobre Durango en torno a 281 bombas, con una carga total cercana a 14.840 kilos de explosivos. El balance de víctimas mortales queda fijado en 213 personas, una cifra aportada por el investigador durangarra Jimi Jiménez y asumida por el propio Irazabal, que corrige estimaciones anteriores más elevadas —como la de 336 fallecidos—, un dato que hoy debe considerarse definitivamente superado. Un corto documental dará a conocer este miércoles, 25 de marzo, en el cine Zugaza un total de 20 curiosidades sobre este ataque aéreo. Dará comienzo a las siete de la tarde en una única proyección.