LA democratización de la competición a vela llegó con regatas como la Mini Transat, una prueba en solitario impulsada por Bob Salman en 1977 que ofrece la oportunidad de batirse por el océano Atlántico con barcos de eslora reducida -6,5 metros- y bajo presupuesto. Conocida con el burdo pseudónimo de La Transat de los pobres, es el escenario ideal para aspirantes a alcanzar los mayores niveles en la navegación a vela sin compañía.
La benjamina de la presente edición de la Mini-Transat es la francesa Violette Dorange, que con sus 18 años quebró corazones al finalizar la primera etapa de la regata, porque nada más atracar en Las Palmas de Gran Canaria, procedente del puerto de La Rochelle (Francia), unión de 1.350 millas náuticas sin escalas, rompió a llorar en una desgarradora imagen producto de la liberación de emociones. El llanto era la expresión de las sensaciones acumuladas a lo largo de una travesía de más de 9 días y 17 horas. Dorange terminó en 22ª posición entre los 90 participantes, ocho de ellos mujeres, que partieron desde la costa francesa. Su hazaña fue llegar un día más tarde que el ganador con el sistema electrónico inútil desde la jornada inaugural. “Desde la primera noche vi que la batería se descargaba y al final del segundo día no tenía electricidad. Después, fue el apagón”, declara la regatista gala.
Cabe recordar que las embarcaciones de la Mini-Transat no albergan ordenadores de a bordo, conexión vía satélite, ni tienen capacidad para recibir o emitir imágenes o vídeos; el cordón umbilical con la tierra es un boletín diario que envía por radio la organización y que anuncia el parte meteorológico y las distancias para llegar a meta. No obstante, los veleros cuentan con un piloto automático electrónico que permite programar el rumbo para poder dormir y descansar. Las rutinas son de 2-3 horas de trabajo con intervalos de sueño de 20 minutos en los que el barco permanece en movimiento. Dorange no contaba con esta ayuda, por lo que no ha conciliado el sueño. “El cansancio fue tanto que llegué a tener alucinaciones”, atestiguó. De ahí las lágrimas, una mezcla de agotamiento y felicidad.
cita con la historia Dorange, que comenzó a navegar con 7 años, afronta ahora una cita con la historia, un récord de precocidad en esta carrera transatlántica de 4.050 millas náuticas, solitarias y sin comunicación, para juntar La Rochelle con Martinica pasando por Canarias.
La segunda etapa, que dará fin a la Mini-Transat, enlaza Gran Canaria con Le Marin, en la isla de Martinica, para cubrir 2.700 millas náuticas. De completar esta segunda fase, la francesa se convertiría en mujer más joven en cruzar el océano Atlántico a vela en solitario, con un barco modesto de 6,5 metros de eslora. “Lo que me espera, además de unas condiciones complicadas, son los vientos alisios; nunca he navegado con ellos y va a ser un desafío fantástico”, manifestó la francesa, que aseguró no albergar temores. “No tengo miedo de cruzar sola el Atlántico”. Su única amenaza, aseveró, son “los problemas materiales”. Y es que para ella, el reto “es un sueño”. No en vano, su ilusión es convertirse en una navegante profesional.
Desde luego, esta regatista de Rochefort se presenta como una pionera en el mundo de la vela. Con 15 años fue la primera mujer en cruzar el Canal de la Mancha en un Optimist. Un año después se proclamó subcampeona del mundo joven en la clase 420 y también fue la primera en conectar al timón de un Optimist el Estrecho de Gibraltar. Ya en 2018 adquirió el skipper con el que está compitiendo en la Mini-Transat, una prueba para la que el concurso está restringido a 84 embarcaciones, que en esta ocasión han sido 90, y para la que los patrones deben acreditar que han acumulado 1.500 millas en regatas y 1.000 millas de navegación en solitario. “A mi barco lo apodan El submarino, porque la parte delantera se adentra mucho en el mar y entra mucho agua”, describió la joven, que admitió que los veleros con una eslora de 6,50 metros diseñados para la competición son esencialmente “incómodos”. “Descansamos en sacos de dormir y sobre el material que llevamos”, describió.
Dorange entiende que aventuras como las que emprende, en las que busca el estímulo de “superarse”, son “muy importantes” para las siguientes generaciones. Ella deja huella con sus andanzas. “Ser mujer puede ser una ventaja para los patrocinadores”, reconoció en Le Parisien, si bien, añadió: “Yo decidí hacer mi fuerza”. Completó dos campañas de crowdfunding para sacar adelante el proyecto. Mañana izará las velas en Gran Canaria, donde comenzará a escribir una nueva página para la historia de la navegación femenina.