El trasiego en la Estación de La Concordia de Bilbao tenía este domingo un ritmo distinto al de los viajeros habituales. El vestíbulo se convirtió en un gran escaparate para acoger el XXVIII Mercadillo de Modelismo Ferroviario, una cita que la Asociación de Amigos del Ferrocarril de Bilbao (AAFB) organiza dos veces al año. En esta edición, el éxito de asistencia se vio reforzado por la coincidencia con el mercado medieval de Balmaseda, lo que atrajo a un "público que se acerca" de paso, tal y como apuntaba Joan Manuel Estradé, presidente de la AAFB.
Con unos 20 participantes llegados de diversos puntos del Estado, Estradé confirmó el peso que tiene la villa para el sector, y señaló que Bilbao atrae a los expositores porque "en este mercadillo es de los que más ingresos obtienen" frente a las ferias de otras ciudades.
Martín Alberdi, un aficionado llegado de Durango que está empezando a montar su primera maqueta, acudió a la cita y se hizo con "dos locomotoras y una rama Talgo". Para él, el mercado físico no tiene rival frente a aplicaciones de segunda mano online. Señala que "el trato es en persona" para él es primordial. Asegura que es un sector donde el detalle lo es todo, y valora por encima de todo que "los vendedores son expertos, saben y te asesoran".En cuento al dinero gastado, confesaba entre risas que "prefería no pensarlo", aunque matizó que "el coleccionismo va más allá del dinero, es un tema pasional".
El modelismo, sin embargo, no atrae únicamente a los expertos en tracción y vías. Entre el público también se encontraba Maricruz Ganuza, vecina de Portugalete, que recorría los puestos "por afición" y para buscar piezas destinadas a la maqueta de un amigo. Ella representa a ese visitante que admira la vertiente artesanal del hobby, una dedicación que exige "mucho trabajo, mucha paciencia". Ante el desembolso que requieren estas creaciones, Ganuza señala que "las maquetas no se pagan con dinero".
Nostalgia, precios y el reto del futuro
Detrás de los mostradores, los expositores conocen bien el perfil del comprador y saben cómo apelar a sus recuerdos. Desde Zaragoza, Mariano Rodríguez Gonzalvo trajo a Bilbao una oferta diversificada con "indios y vaqueros, Scalextric y libros", aunque reconoció que el verdadero imán son las "cajas de trenes antiguas, de cuando llevábamos pantalón corto". A pesar de manejar un catálogo con piezas de coleccionista que pueden alcanzar los 1.000 euros, este veterano vendedor lanzó una advertencia sobre la viabilidad futura del sector. El problema no es económico, sino demográfico. Según Rodríguez Gonzalvo, la afición se enfrenta a un muro generacional. "Nuestros hijos, por desgracia, no continúan", lamenta.
La cita, se transformó a medida que avanzaba la jornada en un animado punto de encuentro intergeneracional. Tras el desayuno o el tradicional aperitivo de domingo, numerosas familias decidieron acercarse a curiosear entre los mostradores. En este hervidero de aficiones, otros juguetes clásicos competían en atención con el modelismo ferroviario, ofreciendo experiencias de juego muy distintas. Como bien reflexionaba el zaragozano Rodríguez Gonzalvo, el tren requiere paciencia y la creación de un ecosistema propio para no resultar "aburrido", mientras que el Scalextric, por su propia naturaleza competitiva, te obliga irremediablemente "a juntarte con un amigo", marcando dos formas opuestas de entender el ocio clásico.
El 'Azulito', a salvo
Más allá de los elementos ferroviarios para maquetas, la feria también sirvió para visibilizar la labor de la AAFB en la protección del patrimonio local a tamaño real. José Félix Arteche, miembro de la Junta Directiva de la asociación, despachaba "libros, tazas, llaveros" y una codiciada colección de billetes antiguos de tren. En su stand vendía ejemplares del libro 'Mis recuerdos del Azulito', en el que se recogen centenares de anécdotas relacionadas con este icónico medio de transporte urbano bilbaino.
Arteche aprovechó la cita para confirmar el buen estado del 'Azulito'. Tras pasar temporadas a la intemperie, el vehículo "está bastante bien" resguardado gracias a un contrato de 15 años firmado con el Museo de la Mercedes. Además, su interior ha sido adecentado "con colaboraciones" de empresas como Bilbobus y Alsa, garantizando así que una parte de la memoria rodante de la ciudad siga intacta.