Sabin Antxustegi subió por primera vez al Nuevo Anchústegui en 1978, con apenas 15 años, y desde entonces aquel barco se convirtió en su mundo. Junto a sus tres hermanos aprendió a leer el mar, a anticipar tormentas y a cuidar del atunero con la misma devoción que se tiene por un miembro de la familia. “Para nosotros la ama era lo más importante. Si te cuidaba la ama, luego tenías que cuidarla. Lo mismo con el atunero. Era uno más de la familia”, recuerda Sabin con voz serena.
El ritmo del barco marcaba la vida de la familia. Cada jornada comenzaba antes del amanecer: preparar redes, comprobar motores, revisar aparejos. La noche traía otros desafíos, con turnos de vigilancia y la necesidad de mantener siempre a punto cada tablón de roble. Sabin describe esas jornadas con una mezcla de orgullo y nostalgia, donde el cansancio se equilibraba con la camaradería. “Aprendíamos a cuidarnos entre nosotros”, rememora.
Un golpe duro
En 1997, el barco dejó de ser competitivo y la familia se vio obligada a retirarlo. Sabin tenía 33 años y cerraba un capítulo que había definido su vida. “Fue un golpe duro”, confiesa. Siguiendo el consejo del regatista José Luis Ugarte, el Nuevo Anchústegui fue donado al museo, asegurando que su historia quedara preservada. Durante siete años, Sabin navegó como maquinista por aguas islandesas, pero nunca perdió el contacto con la memoria de aquel barco que lo vio crecer.
Para Ondarroa y Bizkaia, el atunero representa un patrimonio incalculable. “Es el más grande de la época. Apenas conservamos navíos de aquel tiempo, y este concentra la historia de toda una generación de pescadores”, subraya el comisario Juan Antonio Apraiz. Cada tablón de roble, cada barraganete son testigos de tormentas, madrugones y jornadas de pesca que marcaron la vida de decenas de familias.
La voz de Sabin permite comprender el mundo que rodeaba a la pesca vizcaina. De este modo, el navío deja de ser un objeto inerte y se convierte en un archivo flotante de la historia marítima de Bizkaia.