La brisa del Abra ha recorrido este viernes los diques del Itsasmuseum y ha acariciado la madera recién restaurada del Nuevo Anchústegui. La bonitera, construida en 1958 en los astilleros Arriola de Ondarroa, ha parecido mirar a la grúa Carola con ostentación, esa que tantas veces la ha acompañado y que ahora ha lucido de gala frente a ella. Lo que en su día fue el proyecto y el sueño de una familia ha guardado este viernes la memoria de cada faena de pesca. Tras la suspensión del proyecto familiar en 1997, la embarcación ha revivido gracias a un esfuerzo colectivo que ha involucrado a cuarenta y cinco voluntarios durante ocho años. En la presentación que se ha celebrado este viernes por la mañana, el barco ha vuelto a respirar como en sus años de actividad, con la certeza de haber pasado por manos expertas –y no tan expertas– que no solo han reparado su estructura, sino que han conservado su historia. No en vano, como ha subrayado el director del museo, Jon Ruigómez, “es un tesoro de nuestro pasado”, pero también “nos enseña el camino”.
45 almas como motor
El ambicioso proyecto se ha desarrollado a través de Erain, el programa de carpintería de ribera del museo, articulado sobre tres pilares: mínima intervención, consenso técnico y apertura al público. Cada decisión se ha tomado respetando la autenticidad de la embarcación y ha combinado carpintería tradicional con criterios de restauración científica, aplicando tratamientos preventivos contra xilófagos y hongos. “No se trata de restaurar un barco, sino de conservar una cultura”, ha insistido durante su intervención la presidenta de Itsasmuseum y diputada de Euskera, Cultura y Deporte, Leixuri Arrizabalaga, una idea que ha atravesado todo el proceso. En esa misma línea, el responsable de Erain, Jon Ispizua, ha explicado que el objetivo ha sido “recuperar, activar y transmitir un saber hacer”, dejando constancia de cada paso mediante memorias técnicas, fotografías y vídeos. “Todo se ha documentado para que esto sirva en el futuro”, ha añadido.
Ese trabajo, sostenido durante años, ha permitido validar una forma de intervenir sobre el patrimonio marítimo que mezcla ciencia y comunidad. “El proceso ha sido tan importante como el resultado”, ha defendido el propio Ispizua, consciente de que lo construido no es solo el barco, sino también una manera de trabajar. Porque, como también ha remarcado durante la presentación, “no ha sido solo un proyecto de restauración”, sino una experiencia vinculada a la transmisión del conocimiento y a la continuidad de patrimonio.