Debacle del Athletic en la excursión a Arabia Saudí. Vuelve a casa con cinco goles en la maleta y dejando unas sensaciones penosas. Simplemente, pasó por el torneo como alma en pena, haciendo gala de una impotencia que, más que aconsejar, obliga a realizar una seria reflexión sobre el estado del equipo que dirige Ernesto Valverde. Hasta la fecha su comportamiento habría generado decepción, un malestar rebajado por la esperanza de que el grupo volvería a funcionar más pronto que tarde y recuperaría o se aproximaría al nivel de competitividad que ofrecía no hace tanto. Sin embargo, esas expectativas benévolas, generosas, que acostumbra a cultivar la afición, anoche se vieron defraudadas completamente. Como suele decirse, hay formas y formas de perder y la de este miércoles no hay por dónde cogerla.

Había motivos para mirar con recelo el partido, en realidad sobraban las razones para temer que el asunto este de la Supercopa fuese, como mínimo, una pérdida de tiempo para el Athletic. Un engorro. La concesión de alguna opción de éxito no entraba en ningún cálculo, de modo que se veía como el típico compromiso que se juega por pura obligación y se salda con la anunciada derrota y punto. Hasta aquí llegaba la previsión más extendida en el entorno: ceder ante un adversario superior y cumplir el expediente, contribuir con orgullo y sudor a que el choque discurriese por unos cauces discretos, dentro de lo que en fútbol se considera correcto, sin estridencias.

Pero no, resultó ser mucho peor que eso, tan malo que ni siquiera cabe catalogarlo como broma pesada. No puede serlo ver al equipo deambular por el verde, como si fuese un intruso que se ha colado en una cita oficial y no sabe cómo actuar, qué debe hacer para mantener la compostura. El Athletic se borró de la pelea con una pasmosa falta de agresividad, parecía incluso que se dejaba ir, rezumaba indolencia, algo duro de admitir cuando hablamos de la personalidad y la disposición del conjunto. Se asistió a un ridículo espantoso, el equipo dio una imagen difícil de olvidar, que señala a todos los que de una forma u otra tomaron parte, empezando por el entrenador.

Ya se comprobará cuáles son las consecuencias de la patética imagen de los rojiblancos a su paso por Arabia, pero si lo presenciado no tiene un efecto catártico, lo que espera en los meses venideros puede convertirse en un auténtico vía crucis. Quizá sigamos escuchando vaguedades del estilo de que en cualquier momento se producirá una reacción y se recuperará el tono de años anteriores, que lo único que falta es afinar en la culminación de las jugadas y que, por supuesto, los jugadores están bien, su autoestima es perfecta y entrenan estupendamente. Pero el baile a que fueron sometidos anoche indica claramente la existencia de una ausencia total de confianza. Se pudo apreciar resignación, pero bastante antes de que la goleada tomase cuerpo.

Las buenas intenciones duraron un suspiro, el rato que necesitó el Barcelona para situarse, localizar a Pedri entre líneas, darle carrete y empezar a burlar la aparente presión alta que proponía el Athletic. O sea, después de diez minutos de amagar, se asistió a un meneo sin paliativos. Pedri avisó primero, seguido la tuvo Fermín, pero disparó al muñeco. La estructura ya hacía aguas por todas partes, el Barcelona penetraba por donde le daba la gana y en un cuarto de hora, del 22 al 38, colocó un sonrojante 4-0 en el marcador.

Los azulgranas solo remataron las que acabaron en la red, ni una más. Cuatro de cuatro, pero es que volaban o eso parecía en comparación al retraso con que los de enfrente llegaban al balón. Se diría que los hombres de Flick se enfrentaban a un grupo de juveniles por la facilidad con la que desbordaban, avanzaban, rompían líneas y pisaban zona de remate sin oposición. Fue un rato horroroso para cualquiera que se identifique con el Athletic, impotente para proponer algo de fuste, aunque fuese para protegerse y eludir así un castigo de dimensiones inusuales.

El disparo de Sancet a la madera cerca del descanso fue como una gota de agua en el desierto, una nimiedad en comparación con la paliza que se acababa de registrar. Y todavía quedaba la otra mitad. Por fortuna, sucedió lo que cabía imaginar: el Barcelona mantuvo el colmillo afilado durante un rato, justo para que ese depredador que responde al nombre de Raphinha firmase el quinto, que venía a ser una especie de puntilla, aunque ciertamente estaba de sobra, delante solo tenía un juguete roto. El Athletic continuó siendo un colectivo blando, que se benefició del descenso de ritmo propiciado por su oponente. No era cuestión de hacer más sangre.

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El Barcelona se tiró un montón de tiempo hilando un rondo en la zona del centro del campo, para qué pisar el acelerador y asumir riesgos inútiles tras semejante exhibición, que en realidad no fue tal, puesto que no fue preciso que bordase su fútbol, con exprimir las facilidades recibidas le sobró para anotar un marcador escandaloso. Ni que decir tiene que las sustituciones decididas por Valverde y realizadas en un corto intervalo de tiempo, apenas seis minutos, un detalle que con la que estaba cayendo no merece que se le dedique un segundo, pues eso, que refrescar el colectivo no trajo una mejora sustancial.

Está dicho que los del Barcelona se habían quedado conformes con la renta adquirida y permanecían a la espera de que el árbitro les mandase a la ducha. Para terminar el relato del desastre y certificar que fue completo, señalar que en la reanudación el Athletic dispuso de hasta cuatro oportunidades para aspirar al gol del honor o de la honrilla, pero todas se marcharon al limbo, en lo que es una tónica que se viene repitiendo desde el verano.