Chicote ha vuelto a La Sexta con un remake de Pesadilla en la cocina a medio cocinar. Ahora la cosa va de que el currela de un restaurante le deja la puerta abierta del negocio para que se cuele, con nocturnidad y alevosía, a cotillear en la negra oscuridad, lo que televisivamente hablando no le funcionó ni a Juego de Tronos.
Chicote va armado para la ocasión como el inspector Gadget, con un montón de artilugios que saca del sombrero para encontrar mierda biológica (eso lo repite mucho). Después, se refugia en una furgoneta de camuflaje desde donde, al día siguiente, cotillea a los currelas del local por un montón de pantallas, como si fuera el doctor Gang (otra referencia al inspector Gadget), pero sin muñequera de pinchos (todavía).
Desde allí ve también cómo su equipo de infiltrados acude para probar el menú con la comida en mal estado que él detectó la noche anterior pero, por lo que sea, no tiró a la basura. “¡Nooo!, ¡¡¡eso no os lo comáis!!!”, grita escandalizado a la tele (y al pinganillo de los susodichos).
Pese a la promesa de hacer algo nuevo, este Inspector Chicote, que en una oportunidad desaprovechada han dado en llamar Servicio secreto by Chicote, es lo mismo que Pesadilla en la cocina pero a oscuras y con mucha paja previa que dilata demasiado la llegada de los momentos de tensión, porque no es hasta bien avanzado el programa cuando por fin Chicote se digna a salir de la furgona para montarla en el restaurante.
Y entonces, en plan salvavidas pero sin bañador rojo, larga a todos los comensales a casa a medio comer y sin pagar la cuenta, porque, por la magia de la tele, esas pechugas de pollo malolientes que iban a retorcerles el estómago hasta acabar en urgencias, no las había pedido nadie antes que el equipo del programa. O quizás es que las intoxicaciones alimentarias de la tele no aparecen hasta el postre, a saber.
El caso es que las broncas entre los currelas, que antes funcionaban tan bien porque siempre estaba Chicote para encarrilarlas cuando los hosteleros, por lo que sea, no son buenos actores, ahora al no estar él presente y quedar toda la escena en mano del equipo del local, el guion se nota demasiado, tanto al principio del conflicto como cuando desvelan quién fue el currela que llamó al programa para señalar lo guarro que es su jefe.
Lo que viene después es lo de siempre, un cambio de decoración y menú del local y la llegada de un montón de comensales que, ahora sí, se muestran satisfechos y felices por lo bien que han comido y lo limpio que está todo. Y ya en la postdata, Chicote, en plan cuñado, muestra al hostelero su furgoneta fantástica como si nunca hubiera visto una pantalla plana.
Y al programa siguiente vuelve a ser todo igual: igual de oscuro, igual de forzado, igual de gritado... La copia no ha mejorado el original.