Economista de la Salud especializada en servicios y políticas de cuidados de larga duración, Stefania Ilinca será una de las participantes en el congreso sobre envejecimiento activo que dará comienzo este miércoles en Bilbao, organizado por la Diputación Foral de Bizkaia y la OMS.

¿Cuál es la importancia de un curso como el que se celebra desde hoy en Bizkaia?

Para nosotros, en OMS Europa, estas iniciativas son esenciales porque nuestro trabajo se concentra en una visión estratégica global pero la práctica tiene que ser local. Son ellos los que implementan las políticas y nos da la oportunidad de diseñar juntos los principios, recomendaciones, actividades... que pueden serles útiles. Nos permite estar juntos unos días y crear relaciones que se mantendrán mucho más allá del curso en sí.

Cada vez vivimos más años. ¿Cuándo se ha convertido en un problema?

No creo que sea un problema, sino un reto. Cuando las sociedades están preparadas para gestionar el envejecimiento puede ser una fuente de desarrollo económico; lo vemos en muchos sectores en diferentes países. Es cuando no están preparadas cuando se convierte en un problema. Los sistemas de pensiones, de salud o de transporte están creados para sociedades con una edad media de 30 años, no para una población envejecida. Pero pueden se pueden adaptar; lo demuestra Bizkaia y muchas regiones en el norte de Europa o Inglaterra. Tenemos ejemplos de muy buenas prácticas amigables con la edad, lo que llamamos age friendly.

Una de las mayores preocupaciones es conseguir que el sistema sea sostenible.

No es verdad que no pueda lograrse. En los próximos 50 años esperamos que el incremento sea del 12% del PIB pero si la esperanza de vida se alarga con años saludables el aumento inferior al 1% del PIB. Lo costoso son las medicinas y los tratamientos complejos; si invertimos en prevención harán falta menos gasto sanitario en el futuro.

Y eso, ¿cómo se consigue?

El ámbito sanitario es solo uno de muchos factores. Las intervenciones en salud pública para lograr un envejecimiento saludable deben comenzar en la infancia, con los niños, y mantenerse a lo largo de toda la vida. Hay muchos determinantes sociales: la pobreza, la exclusión social o los comportamientos de riesgo (alcohol, tabaco, obesidad)... La calidad de la comida, sin ir más lejos; en muchos países no sabes lo que comes cuando compras un pan en un supermercado. España, en ese aspecto, es una excepción. Sin olvidar lo que su entorno puede ofrecerles: ciudades abiertas, espacios verdes, plazas para encontrarse -la soledad es uno de los mayores problemas en Europa-, el transporte público, oportunidad para trabajar o hacer voluntariado... Todos esos elementos determinan un envejecimiento saludable, son muchos sectores y actores.

¿Por qué se habla tanto de los cuidados en comunidad, de tejer redes?

Cuidar a las personas mayores se ve como una responsabilidad de cada familia pero no es así. Las familias necesitan ayuda, apoyo formal y desde la comunidad debemos verlo como una responsabilidad compartida. Esos cuidados generan mucha presión, sobre todo en las mujeres: se ven todos los síntomas de un estés crónico y se quedan aislados. Esa responsabilidad tiene muchas consecuencias físicas y mentales como depresión y ansiedad, pero también económicas porque no pueden trabajar o tienen que reducir sus jornadas, lo que se traduce en pérdida de sus pensiones. Las mujeres que han cuidado se quedan viudas antes y cuando los necesitan ellas, no hay nadie. ¿Cuántos hijos viven en otra ciudad o incluso en otro país?

Alguien podría pensar que no tiene por qué asumir esa responsabilidad. ¿Por qué no se ocupa la Administración?

No dejemos todo en manos de papá Estado. Asúmalo como una colaboración: cuidar es mucho trabajo para una sola persona. En Bélgica y Países Bajos hay unas iniciativas que se llaman caring neighborhoods, algo así como vecindarios cuidadores. El Gobierno les ofrece apoyo financiero pero son las personas de la comunidad las que deciden cómo usar esos recursos proponiendo y gestionando los proyectos: centros de día, bancos del tiempo, listas de apoyo... Es cierto que necesitamos servicios porque hay muchas situaciones en las que el cuidado informal no es suficiente: enfermería, residencias humanas y dignas...

¿Estamos preparados para ese reto?

Bizkaia lo está mucho más que la media europea y la española, sobre todo en cuanto a los objetivos, la visión de lo que se quiere lograr. Para llegar a ellos se necesita inversión, que aun así es muy alta en comparación con la media europea, pero para nosotros es una referencia de buenas prácticas. Empezó a prepara el camino pronto y tiene una mirada a largo plazo.

Una de las cuestiones que más preocupa es el sistema de pensiones.

Y no sin razón: el actual pretende mantenerlas con los impuestos que pagan los jóvenes. Y no funciona porque el grupo de personas que trabajan es menor que los jubilados; para hacerlo necesitarías entre tres y cuatro veces más población activa que retirada. Pero se puede hacer: muchos países están cambiando el sistema en el que cada persona contribuye durante su vida que se meten en unos fondos de inversiones que gestiona el Estado. Y cuando te retiras recibes el dinero de vuelta. Tampoco es perfecto; se calcula que serviría para vivir jubilado una cuarta parte de tu vida activa. Y eso ya no ocurre.

¿Cómo le gustaría a usted vivir cuando tengo 90 años?

¡En Bizkaia! Es mi sueño; la calidad de vida aquí es muy, muy alta. Personalmente, espero un mundo en el que las personas mayores puedan trabajar, estar activas, involucradas... Y no ser solo relevantes cuando cocinan o cuidan a sus nietos.

¿Y qué hace falta para lograrlo?

Muchísimo. Lo primero que tiene que cambiar es la mentalidad: es momento de cambiar esos estereotipos que no muestra la realidad de la gente mayor, de que no contribuyen, que solo son una carga. No es verdad y debemos cambiarlo: hay investigaciones que muestran que pensar en el envejecimiento como algo negativo resta siete años de vida. Se llama edadismo autoinfligido.