Vuelan de una zona a otra del mundo en busca de alimentos; algunas llegan a recorrer más de 20.000 kilómetros, del océano Ártico al Antártico, hacia un clima que les sea más propicio para reproducirse. Son águilas pescadoras, garzas o cigüeñas, pero también golondrinas y petirrojos. Bizkaia es un auténtico santuario para las aves migratorias, cuyo Día Internacional se celebra hoy. Solo en las marismas de Urdaibai paran cada año 300 especies distintas, un espacio de apenas un kilómetros cuadrado en el que se llegan a avistar un millar de aves cada día. “Y eso sin contar los mismos que surcan el cielo a 2.000 metros de altura y que no vemos”, advierte Edorta Unamuno, biólogo de Urdaibai Bird Center.

Como ha hecho el ser humano a lo largo de la historia, en el mundo animal también hay especies sedentarias, que viven en un lugar fijo, y otras que siguen largas migraciones en determinadas épocas del año. Y, aunque el imaginario colectivo tiende a relacionarlas con las condiciones meteorológicas, pensando que se mueven en busca de un tiempo más benigno, la verdad es que lo que realmente les mueve es encontrar alimento. También las aves. “Algunas se desplazan pocos kilómetros, migraciones de corta distancia, pero otras pueden incluso superar los 20.000 kilómetros, desde el Ártico hasta el Antártico”, explica el biólogo. Buscan siempre lugares donde poder alimentarse, anidar y procrear, ligados en la mayoría de los casos a climas más templados. Un ejemplo son las golondrinas, que ya están entre nosotros; cuando termine la época de cría, allá por agosto o septiembre, volverán a África. “Son zonas en las que van a encontrar más alimento. Cuando aquí empieza a hacer frío, no es que vayan a pasarlo mal, porque tienen un plumífero mejor que cualquiera de los que nosotros podríamos comprar, pero prácticamente desaparecen los insectos voladores, de los que se alimentan”, relata.

"El desgaste les merece la pena"

“Se mueven a sitos en los que puedan encontrar su alimento”. Lo mismo ocurre con la mayoría de las aves marinas que nos visitan en invierno. En esa época, los termómetros de Noruega pueden llegar a desplomarse hasta los 35 grados bajo cero. Con todo congelado, un martín pescador tiene pocas opciones de capturar, con ríos y lagos helados, los peces de los que se alimenta, por lo que se desplaza a zonas más templadas durante los meses más fríos. Ocurre también al contrario: hay aves que pasan el invierno en África y vuelan hacia el norte, a Groenlandia, Islandia o Terranova, en cuanto comienza un verano que resulta corto “pero muy productivo. Tienen 24 horas de luz y, a pesar de que son muchísimos kilómetros de desplazamiento, el desgaste les merece la pena para sacar una buena nidada porque hay un boom increíble de mosquitos. Escapan rápido, porque en agosto ya empieza a hacer frío”. Lo que hemos hecho nosotros, los seres humanos, desde siempre. “Cuando terminó la guerra, aquí no había trabajo. ¿Qué hizo mi aita? Emigrar a Estados Unidos en busca de comida y bienestar. Y lo mismo hacen las personas que ahora vienen de Senegal aquí”.

Garza imperial

Bizkaia está enclavada en la ruta migratoria del Atlántico este, que discurre desde latitudes nórdicas como Islandia, Canadá, Terranova o Groenlandia hasta el sur de África. Todas las aves que la realizan se juntan aquí, en Euskadi, un paraíso bordeado por los Pirineos y el mar Cantábrico. “Esta es una zona de paso que es brutal. Las aves, como los aviones, eligen los sitios más fáciles para volar; son las que ahora están criando en los países del norte y que van a viajar tanto a la península como a África, llegando incluso a Sudáfrica”, relata Unamuno. En Urdaibai anillaron 25 parejas de golondrinas que, desde Finlandia, se desplazaban hasta Sudáfrica al llegar el invierno. “Estamos hablando de un pajarito de 16 gramos”, subraya. “Hacen etapas de 300 o 400 kilómetros, parando para dormir. Durante el día van comiendo, adquiriendo grasa, que es la gasolina que usan”.

Siguiendo con el símil, el biólogo compara la reserva de la biosfera con un aeropuerto internacional: el Bird Center es la terminal y las lagunas, las pistas. ¿Los aviones? Las propias aves. Y, como nosotros, hay ocasiones en las que cuando viajamos nos toca hacer escala, para que el avión pueda repostar. “Las aves, lo mismo; hay veces que tienen que comer. Espacios como Urdaibai son lugares de reposo donde las aves paran, algunas unas horas, para descansar, porque aquí se come muy bien. Y hay otra que llegan aquí y se quedan a pasar unos meses”, explica. Las hay que pasan aquí el verano, como las golondrinas; llegaron a los caseríos a finales de marzo y estarán entre nosotros, criando, hasta agosto. Tras dos criadas, se desplazarán hasta Costa de Marfil. Y otras, como las espátulas, lo hacen en invierno, entre octubre y marzo, cuando las latitudes frías en las que viven en verano se vuelven demasiado gélidas. “Para ellos, es un clima más templado en el que encuentran comida”.

Espátula.

Mil aves cada día

Urdaibai se convierte así en una ajetreada terminal aérea por la que todos los años pasan alrededor de 300 especies distintas, desde golondrinas a águilas pescadoras, pasando por milanos negros, espátulas, grullas, carriceros, buscarlas, papamoscas, petirrojos... Cada día, “y es solo una ínfima parte del total”, se contabilizan en la laguna de Urdaibai más de un millar de aves, un espacio de apenas un kilómetro cuadrado. “Cuando hace mal tiempo suelen tener que parar para repostar pero lo que no vemos es lo que está pasando a 2.000 metros de altura, que es donde la mayoría de las aves van migrando. No las podemos contar si no es con un radar pero son millones las aves que pasan por encima de nuestras cabezas”, invita a imaginar semejante movimiento.

Comida y tranquilidad; el atractivo de Urdaibai para ellas se puede resumir en dos únicas palabras. “Es lo más importante que necesita un ave en migración”, subraya Unamuno, que lo compara con un viaje en coche de cualquiera de nosotros, por ejemplo, a Andalucía. “Podríamos hacerlo de una tacada, claro, pero se hace duro. Y a la hora de parar, buscamos lo mismo que ellas: un sitio tranquilo donde descansar un rato, estirar las piernas y comer algo. Aquí encuentran esas áreas de descanso que nosotros buscamos también para parar cuando hacemos un viaje en coche”. Se añaden también las aves que migran siguiendo la línea de costa, sin entrar más adentro. “Tenemos algunas que son las mayores migradoras que existen”, explica junto a un tótem dedicado a las pardelas sombrías: llegan desde Tierra de Fuego, en Argentina, tras recorrer 12.341 kilómetros antes de dirigirse al Ártico. No toca tierra, vuela siempre por mar, y es habitual verla por Matxitxako. 

Elanio rhardman

Urdaibai, joya de la corona, se ha consolidado como un lugar de parada para casi toda las aves migratorias pero también otras zonas como la desembocadura del río Barbadún, en Muskiz, o del Lea reciben su visita año tras año. “Aunque algunas están más urbanizados, en Bizkaia hay muy buenos sitios. Es más, estoy convencido de que en otra época, hace 500 años o más, toda la desembocadura de la ría, empezando desde La Peña y hasta Getxo, era uno de los mayores humedales del Cantábrico. Las vegas de Ansio y Astrabudua eran marismas que dejaban a Urdaibai pequeño. Ha tenido el desarrollo que ha tenido pero hubiera sido el Doñana del Cantábrico. Y las aves tienen grabado todavía, en su instinto, que es una buena zona para parar. Incluso en Bilbao, aunque sea difícil de creer, paran muchísimas aves migratorias”, desvela. No es casual el origen de topónimos como Las Arenas o El Arenal.