Hay una frase que retumba en el salón de la familia Cearra-Alfaro y que resume la impotencia de enfrentarse a un "muro de papel": "¿Qué más tengo que hacer?". La pronuncia Ana, la madre de Mariela, tras meses de ver cómo la administración educativa intenta "jubilar" a su hija de 19 años justo cuando, por primera vez en su vida, ha empezado a ganar la batalla a su discapacidad.
La historia de Mariela no es la de una joven que ha llegado al final de su camino, sino la de una alumna a la que le quieren cortar el paso. Mientras los despachos de Educación hablan de "objetivos cumplidos", la realidad en casa de Ana y Pol es otra: "Mariela está despertando al mundo. Ahora es capaz de comunicarse con nosotros con palabras".
Conflicto técnico
La clave de este conflicto no es solo emocional, es técnica. Según la documentación que los padres han hecho pública, el propio equipo docente del Colegio Jesuitak Indautxu certificó en octubre que Mariela había alcanzado parte de sus objetivos de autonomía básica. El informe era claro: un año adicional permitiría consolidar su lenguaje y sus funciones ejecutivas.
Sin embargo, ese documento ha pasado de ser una hoja de ruta a ser calificado como un simple "informe interno" por la dirección del centro. La familia denuncia que este cambio de postura busca no contradecir a la inspección, que ha decidido denegar la prórroga basándose en evaluaciones de hace dos años, sin que "ningún técnico del Berritzegune haya entrado en el aula este curso" para ver los avances reales de Mariela.
Otra alternativa
La alternativa que ofrece la administración es el traslado a un centro de día, pero por las largas colas de espera, se puede tardar meses o incluso años en conseguir una plaza. Estos entornos están diseñados para la gran dependencia y edades avanzadas, un lugar donde el estímulo educativo que Mariela necesita no sería “el más apropiado” para ella en estos momentos.
"Meterla en un centro de día sería dar un paso atrás", explica su padre sobre el traslado de su hija a otro centro. No se trata de una pataleta, sino de una observación logística: "Mariela ahora pone la mesa, cuelga la ropa y ha empezado a articular frases en euskera", destaca su madre. Es una joven con una energía nueva que el sistema pretende "aparcar" antes de tiempo.
Impotencia
Ana Alfaro es contundente al describir la frialdad con la que se está gestionando el futuro de su hija: "Me entristece ver como el sistema educativo mira hacia otro lado en estos casos". Esta frase resume la impotencia de una familia que ve cómo los canales oficiales se cierran. Han recurrido al Ararteko para denunciar que se está privando a una persona de su derecho a la educación basándose en criterios administrativos de edad y no en su capacidad de aprendizaje real.
La sensación de traición es doble. Por un lado, una administración que toma decisiones desde el desconocimiento físico de la alumna; por otro, un centro escolar que, tras años de acompañamiento, parece haber priorizado la paz burocrática sobre el desarrollo de una de sus alumnas más vulnerables. Septiembre está a la vuelta de la esquina y, si nada cambia, el sistema habrá logrado su objetivo: cerrar un expediente. Lo que no podrá cerrar es la voz de unos padres que se niegan a aceptar que la educación de su hija lo decida un despacho que nunca la ha visto hablar.
Mensajes de ánimo
Desde los pasillos del Colegio Jesuitak Indautxu, el discurso que recibía la familia no era de resignación, sino de combate. Ana Alfaro relata cómo, durante meses, recibió mensajes constantes de ánimo por parte de trabajadores del centro, quienes la instaban a agotar todas las vías administrativas posibles. Mensajes de ánimo como "¡Adelante!" o "La decisión que tú tomes siempre nos parecerá acertada" empujaban a Ana a presentar cada recurso y medida disponible para defender la permanencia de Mariela.
Ese impulso por parte del colegio llegó a ser tan explícito que la madre decidió visibilizar su protesta de la forma más contundente: plantándose ante la sede del Gobierno Vasco. El mensaje era claro: había que presionar allí donde se toman las decisiones. Sin embargo, este aliento privado hace que la "traición" actual resulte mucho más amarga para la familia.