La despedida ante la afición discurrió a tono con la vigente campaña, que pasa a la historia como una gran decepción. El Athletic apuraba sus remotas opciones de cambiar el signo de una liga presidida por unos registros inimaginables cuando el balón empezó a rodar allá por agosto. Nunca se ha de descartar la posibilidad de incumplir los objetivos porque en el fútbol de élite no se vive del pasado, hay que sumar méritos cada año y no siempre se puede, pero el quehacer del equipo ha desbordado ampliamente los peores augurios. De modo que al paciente aficionado no le extrañó que tampoco frente al Celta se obtuviese una victoria que descargase de tensión el ambiente y lo hiciese más llevadero. Era además el último día de Ernesto Valverde y de Iñigo Lekue en el club, si bien seguro que no serán los únicos que falten la próxima temporada. El doble homenaje que recibieron, antes y después del encuentro, por sí solo no alcanzó para compensar el sentimiento de tristeza que envolvió San Mamés.
La poca chicha del partido se resume en un despiste muy grave, muchos minutos de impotencia para rehacerse, alguna fase esperanzadora y poco más. Demasiados tramos sin nada positivo que resaltar. No estaba, no lo ha estado desde el otoño, el Athletic para obsequiar alegrías a su gente y el Celta, por su lado, decidió centrarse en conservar la renta. Decir que sacó el punto abonado a la ley del mínimo esfuerzo acaso sea exagerar, pero no lo es afirmar que los gallegos invirtieron el sudor en la faceta que peor se les da, defender, confiados en que la impericia del anfitrión acabaría por darles la razón. Y así fue. Prácticamente renunciaron los hombres de Claudio Giráldez a exhibir su repertorio con balón, lo que les distingue y tantos éxitos les ha reportado, pero fue obvio que el empate no les disgustó en absoluto. Lógicamente, el Athletic recibió el desenlace como un castigo y ha de computarse como un borrón más en su hoja de servicios.
Once de gala
Valverde salió con su alineación de gala, una vez descontados los lesionados y habida cuenta el reparto de minutos realizado durante el año. Careció de relevancia: casi todo discurrió por los derroteros que cabía temer. Para que no quedase dudas, el Celta se encontró con un regalo nada más arrancar el choque, condicionante que pesó como una losa en el desarrollo del primer acto al completo. Jauregizar perdió en zona delicada por la presión de Moriba, quien sirvió a la carrera de Williot para que este, sin excesivo ángulo, se sacase un potente zurdazo al que nada pudo oponer Simón.
En adelante, el Celta se limitó a sostener la ventaja, no volvió a estirarse y con un repliegue ordenado sacó a relucir el cúmulo de problemas que convierten al Athletic en un colectivo muy previsible, plano, inofensivo, aquejado de un déficit en creatividad exasperante. Acaso lo que más penaliza la propuesta rojiblanca y se ha repetido en incontables partidos, sea la ausencia de ritmo en su juego. Sin el atributo de la velocidad, el vértigo, la intensidad, su ataque es un simple ejercicio de quiero y no puedo. Un compendio de intentos vanos que suele implicar a todos, casi sin excepción. En fin, nada que fuese novedoso. Quien confiaba en que, liberados del peligro del descenso, brindarían una actuación siquiera entretenida, se marchó para casa con las ganas.
En busca del empate
Unai Gómez, curiosamente el primer sustituido, fue quien protagonizó las únicas acciones comprometidas para Radu, un cabezazo que este palmeó a córner, y un disparo con bote que repelió junto a un poste. Esto y un mal entendimiento de los centrales vigueses en el área chica que cerca estuvo Guruzeta de aprovechar, fue cuanto dio de sí la reacción al gol de Williot, que por tanto no sería catalogable como tal. Escasa producción ante un adversario parsimonioso, conformista, que hizo valer su sistema de contención estático en torno al área.
En el intermedio, el Athletic ya se había visto superado en la tabla por Rayo, Valencia y Espanyol, exactamente los mismos que al cabo de los 90 minutos le aventajaron. Valverde introdujo a Navarro en la izquierda, Berenguer pasó a la derecha e Iñaki Williams se situó al lado de Guruzeta en el carril central. Durante un cuarto de hora, asomó un Athletic enfadado, ese que se tira a degüello sobre el oponente, lo zarandea y merodea la recompensa. La efervescencia sirvió para neutralizar la desventaja gracias a una jugada que nada tuvo de original, pero continúa revelándose muy rentable: pase de Galarreta al espacio entre central y lateral, aparece Yuri y su centro raso lo empuja a la red un compañero.
Reacción incompleta
En esta oportunidad el honor le correspondió al capitán, quien hasta su sustitución se erigió en la baza ofensiva del conjunto, pero en exclusiva. Acaparó la totalidad de los intentos y en un par faltó poquito para voltear el marcador, en especial con un chut desde la frontal que rozó el larguero. Fue Radu quien sostuvo a los suyos, pues ni siquiera las maniobras de Giráldez refrescando el frente de ataque alteró la dinámica. El problema fue que el Athletic fue decayendo y, para qué engañarse, la inspiración no asomó, desde luego no con la rotundidad que hubiese sido precisa para eludir el enésimo tropiezo casero.
También Valverde cambió a sus piezas más adelantadas y así el Athletic culminó su frustrada ofensiva en busca de la carambola europea con Nico Serrano, Izeta, Maroan y Navarro, un cuarteto de circunstancias que se fajó sin fortuna en un simulacro de asedio, con el Celta ansiando el pitido final y justito de combustible, que dio pie a un par de líos y un único tiro claro que corrió a cargo de Serrano. El gesto postrero del árbitro para decretar la conclusión se recibió con muchos asientos vacíos y una mezcla de silbidos y murmullos que antecedió a un descafeinado homenaje a Lekue y Valverde. No estaba el ánimo de La Catedral para celebraciones.