La angustia que el desarrollo del derbi generó en el Athletic, en el equipo y en su paciente y generosa afición durante una noche que pareció eterna, se vio atenuada al filo de la conclusión gracias a una magnífica jugada individual de Galarreta. Pese a que para entonces la Real actuaba en inferioridad por una discutible expulsión de Brais Méndez, no se veía el modo en que los rojiblancos eludirían la derrota marcada por el tanto de Guedes en la primera mitad. La acción del centrocampista no alcanza para superar la deprimente coyuntura, pero evitó un desenlace que hubiese hecho muchísimo daño. Mejor no pensar en las consecuencias que provocaría perder en cita tan señalada y después de asistir al ejercicio de impotencia de los hombres de Ernesto Valverde. Al final, la recompensa del punto no fue desde luego por el fútbol realizado, sino por la actitud de un colectivo que echó el resto y continúa a un nivel preocupante.
Se temía la visita del vecino, espoleado por sus recientes hazañas y con ganas de oficializar su candidatura a plaza europea tras varios meses de penalidades. La Real representa a fecha de hoy justo la cara opuesta de la moneda ante un Athletic falto de casi todo aquello que se requiere para fabricar juego y demostrar cierta fiabilidad. Y la previsión se cumplió al dedillo. Al anfitrión solo le quedó el recurso de correr, saltar y volver a correr a fin de corregir defectos y tratar de hilar algo que se pareciese a un lance peligroso ante la portería ajena. Poco bagaje el suyo para frenar a un adversario convencido de sus argumentos que se hizo acreedor a la victoria no ya por las sensaciones que transmitió, sino apelando solamente al número y la calidad de las oportunidades de gol que tuvo.
Valverde prefirió de inicio a Rego como pareja de Jauregizar y Galarreta quedó como alternativa para la segunda mitad, por lo demás nada llamativo en un once donde la presencia de Unai Gómez como enganche parecía orientada a potenciar la fortaleza física del centro del campo. El regreso de dos titulares en las bandas obedeció sin duda al enorme valor de los puntos en disputa, pero la aportación de ambos fue prácticamente nula. No se hallan en condiciones de dar una medida siquiera aceptable Nico Williams y Berenguer porque estando mermados no pueden irse de nadie, ayer volvió a comprobarse. Y así resulta muy complicado para el equipo ser incisivo y generar por las zonas que menos protegió una Real que salió convencida de que una adecuada organización defensiva en torno al área le quitaría mucho trabajo a Remiro.
La realidad fue que el portero visitante permaneció inédito casi hasta la conclusión. El nervio, la decisión de ir a presionar muy alto y la agresividad en cada disputa son argumentos que no valen sin proponer nada de fuste con la pelota. Percutir y obligar al rival a emplearse a fondo apenas alcanza si no se provocan cosas con el balón, si no se rompen líneas, se abren espacios, se ponen centros con algo de sentido o alguien es capaz de irse de uno o dos defensas por velocidad o habilidad. Así que el arranque del derbi no pasó de ser un amago de asalto, un planteamiento insostenible con el paso de los minutos y lo que es peor, la inoperancia del Athletic no evitó que la Real le pusiera en evidencia.
La primera advertencia tuvo lugar muy pronto. En el minuto cinco, Simón ya tuvo que ponerse el traje de salvador ante un remate a bocajarro de Marín y menos mal que contó con la colaboración de Areso, quien se interpuso entre Oyarzabal y la red tirándose a la desesperada. Hubo varios sustos más en el área local, dos de ellos, en especial un cabezazo a placer de Guedes en un balón parado, aplacados por el portero. Así era inviable resistir y cuando Guedes agarró un derechazo que entró como un obús en la red, sorprendente no fue. Se veía venir.
A la Real ni le hizo falta cargar con la iniciativa, dejó que el Athletic se enredase en la madeja de su precipitación y falta de ideas. Con una serie de turnos, dirigidos por la sapiencia de un tal Oyarzabal, fue suficiente para desarbolar una estructura que reclama una revisión a fondo. Galarreta suplió a Rego para encarar el segundo acto. El entrenador aguardó a comprobar el alcance de la variación y pese a que el equipo quiso y Paredes sobresaltó a Remiro con un disparo desde la frontal, la Real no se alejó de su plan. Replicó de inmediato con una internada de su capitán, desperdiciada de modo increíble, con su par caído y Simón vendido.
Fue el único error de Oyarzabal, seguro de que luego lo lamentó porque el 0-2 era un marcador sin enmienda posible a la vista de las limitaciones rojiblancas. El cronómetro corría en mitad de las interrupciones por cambios y faltas, pero sin que se produjesen noticias de enjundia. La Real no deseaba asumir riesgos, sabedora de que juego no, pero de tesón va el Athletic sobrado. Valverde retiró a sus extremos, derrengados y sin haber sacado una jugada en limpio. Tampoco lo hicieron Navarro e Iñaki Williams.
Quien acarició el empate fue Izeta, ese olvidado, que superó a Sergio Gómez por piernas y cruzó raso, a un palmo del palo. Era la primera situación reseñable en la estéril ofensiva de un Athletic que solo dos minutos más tarde veía el cielo abierto con la penetración de Galarreta hasta la cocina. En medio de estos dos lances, llegó la roja a Brais, que respondió con un leve manotazo, exagerado por Paredes, quien le buscó con un aparatoso empujón previo. Picaron los jueces y el Athletic no anduvo lejos de voltear el resultado. El propio Paredes rozó el 2-1 en otro chut que exigió el máximo de Remiro.
Desde la óptica del Athletic, el asedio de los últimos diez minutos, con el gol y ese par de aproximaciones apuntadas, fue lo único rescatable en un derbi que confirma su vulnerabilidad. Tal y como está, va a precisar un enorme esfuerzo para enderezar el rumbo y alejarse de la zona de descenso.