Se acabó. La andadura del Athletic en la Champions tocó a su fin anoche en San Mamés, donde no pudo ganar al Sporting de Portugal, el único resultado que le habría valido por cómo se dio una noche de transistores, cargada de emoción, de esas que se han reducido a la mínima expresión en el fútbol actual, que únicamente se dan ya en las últimas jornadas de las distintas ligas y en los novedosos formatos que la UEFA puso en funcionamiento la pasada temporada en sus tres principales competiciones de clubes. Aunque se adelantó hasta en dos ocasiones, la primera por medio de Oihan Sancet y después con el quinto tanto en el torneo de Gorka Guruzeta, máximo realizador del conjunto rojiblanco en la Liga de Campeones, empatado con el mítico José Luis Artetxe, hincó la rodilla en el tiempo de descuento.
La forma de caer, con honores, no cabe duda, pero con un equipo de campanillas, con un buen puñado de chavales fajándose ante gente veterana y curtida a nivel continental, viene a ser una perfecta demostración de cómo está siendo la temporada del conjunto rojiblanco, a la que las lesiones no están dando tregua y ayer hubo que agregar una baja más, la de Sancet, aunque no parece excesivamente grave. No fue nuevo de ayer, pues ya pasó contra el Newcastle y ocurrió también ocho días atrás en Bérgamo, donde se obró una especie de milagro por el que nadie daba un duro.
Acumular penas y sinsabores, una tras otra, hace tiempo que dejó de ser noticia, por desgracia, y al Athletic no le quedó siquiera el consuelo de despedirse de la competición con un sabor agridulce, pues no pudo sumar siquiera un punto. Cayó con un gol en el tiempo de añadido después de que en el segundo córner a favor en el descuento, con Unai Simón mirando la jugada desde el centro del campo, sin cargar el área, una rápida contra desmontara lo que quedaba de entramado defensivo rojiblanco. Que no era mucho, pues se buscó el gol a la heroica. Las formas en las que se lanzaron los córners darían para otro análisis más profundo que no toca.
No merece la pena ahondar en cosas que pudieron ser y no fueron y que cambian en un abrir y cerrar de ojos en un mismo partido. Y ejemplos hay a patadas de ello. Lo que es más preocupante es la forma en la que defiende el Athletic, que parece ir siempre al límite en cada acción, como si caminara continuamente en el alambre y rara vez encontrara el equilibrio.
Ayer encajó otros tres goles, lo que viene a ser una circunstancia habitual en los últimos tiempos. Son ya ocho los encuentros consecutivos en los que los rojiblancos han encajado al menos un tanto: todos los disputados en este 2026 más la cita que cerró el año frente al Espanyol en San Mamés. En su regreso a Bilbao después de seis encuentros lejos de Euskal Herria, con viajes a Arabia Saudí o Bérgamo, entre otros lugares más cercanos, no pudo dejar su portería a cero, lo que terminó siendo un peaje demasiado grande. Así, se quedó con la miel en los labios y a dos puntos de superar la fase de liga de la Champions.
Ahora toca hacer borrón y cuenta nueva. Olvidar la Liga de Campeones de una vez por todas, por cierto, una competición en la que el equipo ha competido aun a pesar de la dificultad de los rivales a los que se ha enfrentado -siete de sus rivales han superado la liguilla- puede incluso venirle bien, pues por delante tiene objetivos bonitos, como la Copa, y otros más estresantes e importantes, como alzar el vuelo en la liga. El domingo llega la Real, el derbi, y frenar la sangría de goles en contra –ha recibido tres o más goles en cuatro de los ocho últimos partidos– se antojará vital para cogerle de nuevo el pulso a la competición doméstica, donde las urgencias son palpables.