El Athletic apuró cuanto pudo sus opciones, que existieron hasta que el partido estuvo muy avanzado, aunque a unos pocos segundos de la conclusión se desvaneciesen por completo. Llegó a forzar tres córneres en el añadido, necesitaba deshacer el empate a dos goles que lucía el marcador y empujó con el orgullo porque de combustible iba ya muy escaso, pero de ahí, desde el área rival nació la contra que le valió el tercer tanto al Sporting de Portugal y dictó sentencia. Volcado en ataque, echando el resto, se despidieron los rojiblancos de la Champions en una noche ciertamente vistosa para la afición, que llenó las gradas. Se asistió a un pulso donde la tensión fue subiendo según avanzaba el cronómetro, recargando el ambiente a lo largo de la segunda mitad. No era solo lo que ocurría sobre el verde, también contaban otros resultados, pues el objetivo de ambos equipos se mantuvo accesible muchos minutos, si bien la igualdad les podía penalizar. El último gol aupó a los lusos al grupo de los elegidos, acabaron séptimos y su salto fue en detrimento por cierto del Real Madrid. El Athletic tuvo que conformarse con el vigésimo noveno puesto, a cinco del objetivo que perseguía.
Ese final tremendo, espectacular pese a que perjudicase los intereses del Athletic, en realidad fue el ajustado reflejo del desarrollo del encuentro. El Sporting sufrió bastante, quizá más de lo que preveía en el primer acto del que se retiró en desventaja, pero luego se impuso la lógica, en el sentido de que salió a relucir la calidad y el buen momento que atraviesa el cuadro lisboeta, que fue claramente superior. Simón tuvo su cuota de responsabilidad para retrasar lo que finalmente sucedió, incluso en la propia acción del 2-3, obra de Allison Santos, evitó que Suárez diese la puntilla a bocajarro. La tendencia que adoptó el juego afloró las limitaciones del anfitrión, al que lo único que no cabe regatearle es la voluntad y el tesón.
Se vació el Athletic y a ratos quedó la impresión de que sería capaz de sorprender a propios y extraños, como una semana antes en Bérgamo. Pero el encuentro se le hizo largo, físicamente bajó y los cambios tampoco sirvieron para elevar el tono e impedir que enfrente siguieran creciendo. En este apartado concreto, la diferencia resultó evidente: el banquillo cuenta y mucho. Era el tercer compromiso de la semana en calidad de titulares para Simón, Paredes y Navarro. El resto de los empleados en esta intensa serie ha rotado. Esta vez repitieron de salida ocho de los titulares en Bérgamo, mientras que solo seis de los elegidos habían jugado de inicio en el Pizjuán. Las numerosas ausencias, casi todas por problemas físicos, condicionaban las decisiones del técnico, así como el potencial del grupo y de modo muy obvio en demarcaciones concretas. Quedó patente. Nada que ver esta realidad con la que manejó Rui Borges, que aterrizó en Bilbao con un once muy habitual y relevos de garantías para forzar la máquina, como le exigió el discurrir del choque.
El Athletic salió decidido a hacer su parte. Mordía, estaba muy encima de los rivales para entorpecer su salida tocando, seña de identidad del cuadro luso, y aceleraba tras robo para generar situaciones de remate. Bien pronto vio recompensada esta actitud, al beneficiarse de un error de Hjulmand, apurado tras el pase filtrado por Rego al área, donde Sancet acertó a dirigir el remate al palo opuesto, lejos de Rui Silva. Tardó un rato el Sporting en quitarse de encima a su oponente, pegajoso y entusiasta en esa labor oscura, y también halló premio, aunque fuese por una vía muy distinta: Araujo templó un córner y Diomande conectó un cabezazo inapelable tras ganar la disputa aérea a Guruzeta.
Bajón en el equipo de Valverde y en la grada. Y turno visitante para tomar las riendas con posesiones largas e inofensivas, casi siempre en torno a la línea divisoria. El Athletic aguardaba con un repliegue medio y únicamente sufrió un leve susto aplacado por Simón, veloz para salir del área e impedir que Suárez recibiese en ventaja de Trincao. Hubo unos minutos sin novedades significativas, como si ambos se tomasen un respiro, roto cuando Inacio solicitó el cambio. Le suplió Reis, quien pronto se erigió en protagonista estelar al permitir, en un exceso de confianza siendo el último hombre, que Guruzeta le robase la cartera para enfilar portería. Remate cruzado a la madera, pero con la fortuna de que el rebote le concedió al ariete una segunda opción, más difícil, que supo embocar.
Aún no se había cumplido la media hora y ahí sí que se paró el ritmo y el Athletic dejó que su rival se fuese consumiendo en su impotencia para avanzar y romper líneas. El plan iba saliendo, dos goles y un comportamiento colectivo serio, sin apenas conceder nada al rival. De hecho, el Sporting no se pareció a sí mismo, estuvo incómodo y fue significativo que Suárez, un tipo muy fuerte, un incordio, ni la oliese. Pero quedaba un mundo y, como era previsible, los portugueses apretaron, subieron la intensidad en los duelos y también el triple cambio de Rui Borges se dejó sentir. Después de que una volea de Galarreta pusiese a temblar a Rui Silva, comenzó a crecer el equipo visitante y las aproximaciones se fueron sucediendo.
El Athletic ya no tenía fuelle para replicar y se echó para atrás, a resistir. Geny desperdició una en el área y seguido Trincao puso el empate. Solo un tiro de Guruzeta, en una acción aislada, interrumpió la iniciativa de un Sporting a cada minuto más amenazador. El nerviosismo se palpaba, como el desgaste rojiblanco y de repente el árbitro señaló penalti por derribo de Adama a Geny. El VAR anuló el castigo, pero aquello tenía mala pinta. Además, al Athletic le urgía meter otro gol porque las matemáticas no le daban. Llegó su coletazo, ya en el tiempo extra, sacando de donde no había y recibiendo el golpe definitivo en el 94.