La primera mitad del Athletic en Montilivi fue una especie de déjà vu. Sin intensidad, con una presión sobre el Girona que fue de todo menos incómoda para el conjunto rival, una evidente (y preocupante) incapacidad asociativa entre los futbolistas rojiblancos y, lo que es peor, una sensación de que lo que se estaba viviendo sobre el verde ya había sucedido recientemente. Porque la tropa de Ernesto Valverde, a quien no le quedó otra que echar una buena bronca a sus futbolistas al descanso, como así desveló Iñaki Williams a la conclusión del choque, no hizo en la primera mitad de Girona nada distinto a lo realizado en sus últimas salidas: Oviedo, Rayo Vallecano y Anoeta. Cuatro partidos cortados con idéntico patrón, saldados con una victoria, un empate y dos derrotas. Las dos últimas, además, especialmente dolorosas, pues ante la Real el Athletic se despidió de la Copa y frente al conjunto catalán el equipo dio el enésimo paso atrás en una temporada que es ya una especie de pesadilla. Europa sigue cerca y hay margen para arreglar el año, pero más vale que las cosas cambien cuanto antes, pues solo restan 10 jornadas de liga.
Porque ya resulta hasta cansino escuchar a los protagonistas hablar de punto de inflexión. Son deseos huecos, sin sustento al que aferrarse, en una campaña en la que hay muchas de cal y muy pocas de arena. A cada partido medianamente decente, a cada resultado mínimamente aceptable o sorpresivo, como empatar en casa ante el PSG, por poner un ejemplo, le ha seguido esa cantinela de que ahora sí, iba a llegar el tan ansiado clic que lo cambiaría todo. El último ejemplo se vivió la pasada semana, tras caer en casa frente al Barcelona en un partido muy digno de los rojiblancos, dicho sea de paso. Claro que ese deseo se volvió a esfumar en cuanto el balón echó a rodar de nuevo. El Athletic se mostró irreconocible, o quizá excesivamente reconocible, que es lo peor, desperdició de nuevo 45 minutos y acabó goleado por el Girona.
Reacción
Hubo reacción a la vuelta de vestuarios, aún con el 1-0, seguramente motivada por la bronca del técnico, que insiste en jugar casi siempre con los mismos aunque muchos de ellos -Iñaki Williams, Alex Berenguer u Oihan Sancet, por citar a tres jugadores con peso en el equipo- sean una sombra de lo que fueron hace no tantos meses. Incluso durante un puñado de minutos, no más de un cuarto de hora, el Athletic tuvo encerrado cerca de su área al Girona, pero ahí asomó una vez más la incapacidad anotadora de un equipo que, para colmo, encaja goles son suma facilidad. Tres más este sábado y son ya 18 encuentros consecutivos recibiendo al menos un gol.
Otra cosa que no es de recibo es tener que escuchar, con cierta recurrencia además, declaraciones tales como que “nos ha faltado agresividad y contundencia” o que “la actitud tiene que ser otra en el momento de salir al campo”. No salieron de boca de dos cualquiera, pues las dijeron el capitán, Iñaki Williams, que no pudo celebrar sus 500 partidos como león con una victoria, y Oihan Sancet. No está de más reconocer la realidad, pero si está en su mano revertir eso y salir con otra actitud al campo... ¿por qué no lo hicieron antes de tener que lamentarse a posteriori?
Claro que el colmo fue que Hugo Rincón, en pleno debate sobre el lateral derecho, abriera el marcador en la primera ocasión de peligro del Girona. Una mala transición defensiva permitió al navarro llegar muy solo al área del Athletic y fusilar a Simón, que quizá pudo haber hecho algo más. Con la gran apuesta del verano, Jesús Areso, en el banquillo, como Iñigo Lekue, y Andoni Gorosabel como titular, quien más, o el único, que destacó de los tres que tuvieron minutos -Areso disputó toda la segunda mitad- fue el cedido. Y jugó porque el Girona paga íntegra su ficha y no tiene cláusula del miedo, como sí tiene Unai Vancedor. Fue el colmo de un nuevo traspiés del Athletic, que dio un paso atrás. Otra vez.