Los primeros meses de la pandemia permanecen como una auténtica pesadilla en la memoria de Delgado. Contagiarse a finales de febrero de 2020 significó enfrentarse a lo desconocido y a hospitales saturados. “Me encerré en casa porque me encontraba mal, pero no me recuperaba. Llamé a los médicos por teléfono y era un caos. Estaba muy mal… llegué a pensar que podía morirme en casa”, recuerda, con la voz aún cargada de la tensión de aquellos días. Lo que empezó como un virus se convirtió en una enfermedad multisistémica: problemas de tiroides, malestar general, dolor articular y muscular, agotamiento extremo y deterioro de la resistencia cognitiva que continúan afectando su vida cotidiana.
Antes de enfermar, cada jornada estaba llena de movimiento. Hoy, incluso tareas simples requieren planificación y reservas de fuerza. “Mantengo la velocidad de pensamiento, pero la resistencia cognitiva no es la misma. No puedo sostener una jornada de ocho horas. Antes parecía diez años más joven; con la enfermedad siento que me han sumado otros diez más”, explica Delgado, describiendo la tensión constante entre mente y cuerpo que caracteriza la covid persistente.
"Mi vida cambio completamente"
Ismael sigue enfrentándose a los efectos de la afección que interrumpió su pubertad. “Mi vida cambió completamente. Pasé de estar con mis amigos a vivir en un cuerpo que no es mío. No puedo levantarme, girarme… el cansancio extremo me lo impide todo”, detalla. Durante años recorrió hospitales y especialistas sin respuestas hasta recibir finalmente el diagnóstico de long covid. “Me enteré de lo que pasaba y quedé desolado. Es imposible estudiar, salir, vivir… mi cuerpo sigue roto”, añade. Su rutina diaria se organiza en torno al reposo, la adaptación y la paciencia, midiendo cada esfuerzo como si cada movimiento consumiera una cuenta limitada de energía.