BILBAO

ERNESTO Valverde peca de legal y hasta pudiera ser tachado de cándido cuando tras ganar en la playa (eso no es un terreno digno de Primera División) de La Rosaleda suelta esta frase: "Lo podemos hacer mucho mejor". Es cierto que el técnico no se quedó ahí en su valoración del partido, puesto que a continuación se le escuchó decir que "hemos estado bien y me deja satisfecho". Hasta explicó el porqué de sus buenas sensaciones: "Queremos que en el campo se vea que tenemos la intención de ir a ganar". Y no hay duda de que sus hombres salieron a controlar al Málaga y a mandar en el partido, lo que con diferentes niveles de acierto consiguieron salvó en el último cuarto de hora del primer acto. Pero esa primera impresión, ese reconocimiento explícito de que espera y quiere más, que en el fondo no deja de ser un síntoma de su proverbial inconformismo, da alas a quienes insisten a estas alturas del curso en plantear mil y un pegas a lo que hace o deja de hacer el Athletic.

Siempre le meten el primer gol y tiene que jugar con el corazón en la mano, contra el reloj. Nunca el técnico acierta en su idea inicial y tiene que introducir cambios para darle la vuelta a la inercia del juego y al marcador. Carece el equipo de un estilo definido y vive gracias a los arrebatos que protagoniza un grupo cuya frialdad se transforma en un torbellino de audacia y efectividad cuando se ve en el borde del precipicio. No hay alineación tipo como consecuencia de que el entrenador no sabe qué es lo que tiene entre manos, lo que explica sus constantes modificaciones. Y, por añadir un argumento o una conclusión a tono con este muestrario de deficiencias reiteradas: Valverde tiene muchísima suerte, pues de otro modo no se entiende que el Athletic, con el fútbol que desarrolla, permanezca instalado en la quinta posición desde la primera jornada hasta hoy. Todo esto, plasmado en lecturas en clave condescendiente de cada encuentro, es lo que el entrenador, sin darse cuenta, puede estar alimentando con su ejercicio de autocrítica o afán de superación.

Replicar a tanto crítico como anda suelto poniendo el acento en los 26 puntos sumados, en los ocho triunfos, en no haber perdido aún como anfitrión, en el hecho de que dos de las cuatro derrotas sufridas fueron ante aspirantes al título, en que el equipo figura entre los mejores en el apartado de goles (ya sea en contra o a favor) o en que al cabo de catorce encuentros se halle a un punto de plaza de Champions, acaso pueda ser tachado de resultadista, un término temible por estos lares. Hace todavía pocos años, con Joaquín Caparrós al mando, se puso de moda y desde entonces está cargado de connotaciones peyorativas. Aunque los indicativos enumerados, absolutamente objetivos, reflejen una situación real, adquieren su verdadera importancia si se sitúan en el contexto que corresponde, igualmente real, como la vida misma.

La dimensión de cuanto este Athletic ofrece y obtiene se debería analizar partiendo de que la temporada pasada, la 2012-13, existió. Ese período al que no se alude y que siguió a otro de signo diametralmente opuesto, no es una invención, sino que fue una pesadilla que condujo a los profesionales y al entorno a un padecimiento cotidiano que duró desde la pretemporada hasta la finalización del calendario de competición. Sin embargo, parece no contar a la hora de ponderar la sustancial mejoría experimentada en todos los órdenes. Los datos estadísticos ilustran la acertada labor que se viene desempeñando bajo la batuta de Valverde en aspectos capitales como el equilibrio táctico, el balance defensivo y el reforzamiento mental de unos futbolistas que se empiezan a acostumbrar a ganar partidos en una proporción desconocida u olvidada en Liga.

máxima credibilidad Las dichosas remontadas, seis en total si se contabilizan los empates con en casa contra Valencia y Elche, no pueden sino obedecer a que se han superado los fantasmas que atenazaron a la plantilla en una campaña que discurrió errática, sin que nadie acertase a evitar que cada actuación fuese una moneda al aire que las más de las veces salió cruz. Tácticamente el Athletic del segundo año de Marcelo Bielsa funcionó fiel a la consigna manga por hombro con el consiguiente fracaso en todos los frentes, de modo que todo el mundo acabó desquiciado. Así se explica que en Liga, solo ganase doce partidos, ocho en San Mamés, donde perdió otros tantos, o que se registrase una única remontada o que solo tres equipos recibieran un número superior de goles, dos de los cuales hoy militan en Segunda.

Es de ahí de donde viene el Athletic y si se olvida tan alegremente, no se está haciendo justicia a su trayectoria actual. Así todo, es de alabar que Valverde, en vez de sacar pecho, se atreva a admitir públicamente que "lo podemos hacer mucho mejor". Seguro que sí. A partir del vuelco que el entrenador le ha dado al panorama en algo más de tres meses de competición, sus predicciones deben merecer el máximo crédito.