Rincones perdidos en la memoria

Las 'casas baratas de Basarrate': lo barato se hace caro

31.10.2021 | 02:41
Aquellas que empezaron como casas baratas de Basarrate y hoy en día se valoran por lo alto en Santutxu.

El éxodo que propició la revolución industrial de entresiglos (s.XIX y s. XX) propició la necesidad de viviendas a bajo precio. Ahí nacen las que se conocen como las casas baratas de Basarrate, el grupo Unión Begoñesa

FUE una eclosión, una respuesta mayúscula a la llamada del progreso, impulsada por la revolución industrial. La historia que hoy vengo a contarles tienen su razón de origen en el éxodo masivo que hubo desde el campo a la ciudad. Era necesario alojar a toda esa población y por eso "las instituciones estatales, desbordadas, pusieron en práctica un proyecto pionero para llevar a cabo las primeras viviendas sociales —origen de las actuales Viviendas de Protección Oficial (VPO)—, que tuvieron un gran desarrollo en la provincia de Bizkaia". Fue el 12 de junio de 1911 cuando a nivel estatal se aprobó la primera Ley de Casas Baratas —hubo una segunda en 1921 y una tercera ley en 1924—, proyecto que fue presentado ante la sociedad como la panacea para acabar con la insuficiencia de residencias obreras.

La realidad, como tantas veces ocurre, fue bien distinta. Al parecer, las conocidas como casas baratas de Basarrate, pocas veces estuvieron al alcance de la clase obrera sino que fueron a parar a manos de la clase media que se aprovechó de los precios bajos.

Deténgase el lector en los orígenes. Todo comenzó en 1922 gracias a la asociación de obreros metalúrgicos (inició su andadura promocionada por los socios fundadores Leocadio Olazábal y Jenaro Ortega ...) de fábricas como la Barbier, Euskalduna, Santa Ana de Bolueta, Echevarría y otros trabajadores de explotaciones mineras cercanas. Su impulso provocó que las obras comenzasen a idearse en 1925, después de que la clase obrera se organizase para la construcción.

No hay que olvidar que en cuanto se hubo constituido la Sociedad de Casas Baratas La Unión Begoñesa (un 5 de diciembre de 1923) con sesenta socios iniciales (más tarde llegarían a los cien...) el siguiente paso a dar era la adquisición de los terrenos sobre los que se asentarían las nuevas viviendas. El lugar escogido fue el paraje conocido como la campa de Celayeta, por aquel entonces propiedad del conde Santacoloma y emplazamiento de una fábrica de ladrillos, La Tejera y el campo de fútbol del Beti-Arin de Bolueta. En aquellos 14.234 metros cuadrados se emplazaron, bien firmes, los sueños de aquellas familias emprendedoras; en el espacio delimitado por el matadero de Begoña, la campa de Basarrate y las calles Iturriaga y del Verdel, hoy conocida como Pintor Losada. Aquel entusiasta grupo de obreros de La Barbier, Euskalduna, Santa Ana, Babcok & Wilcox o La Basconia, aunó esfuerzos para obtener un crédito de la Diputación Foral por un importe de 962.400,38 pesetas en concepto de préstamo principal, dinero al que había que añadir otras 10.000 pesetas por costas y gastos.

El arquitecto baracaldés Ismael Gorostiza se encargó de redactar el proyecto y en 1927, ideado todo el proyecto y consolidado al grupo cooperativo La Unión Begoñesa comienzan las obras, toda una esperanza para la gente que se sumó a un proyecto cargado de ilusiones.

La Unión Begoñesa difícilmente hubiera podido ser una realidad sin la aportación de todos los bienhechores que, desinteresadamente, ofrecieron su colaboración para que las viviendas se construyeran. Como testimonio de agradecimiento de los vecinos a sus benefactores las calles interiores del barrio llevan los nombres de algunos de ellos. Aparece en la memoria de los vecinos cinco calles semioficiales (llamémoslas así porque no aparecen en el callejero aunque todos los vecinos las concen por esos nombres...): la principal, 5 de diciembre, fecha de fundación de la cooperativa, y transversales a ésta se sitúan Jesús de Chirapozu, director de La Basconia, que donó material de construcción y transporte; José Posse y Villegas, director de la Caja de Ahorros Vizcaína que fomentó la financiación de la promoción; Alejandro Gerrikabeitia, nombre del médico que atendió a los socios, y una última calle que hoy no tiene su correspondiente placa; inicialmente fue bautizada con el nombre de Pablo Iglesiasy tras la Guerra Civil se sustituyó por San Fermín.

En sus orígenes se edificaron 98 casas de tres alturas con 40 metros cuadrados de planta y 30 de jardín. Cuatro dormitorios, salón, cocina y baño que por entonces, costaron a cada socio 13.638 pesetas. Como quiera que se obtuvieron beneficios con el dinero sobrante se levantó el edificio social y una casa más, conocida desde entonces como La casasola. Corría el año 1929. En 1957 se terminó por liquidar la deuda contraída con la Diputación. Desde entonces los inquilinos son propietarios de unas casas baratas que ya no lo son tanto.

¿Por qué? El valor del suelo en una zona tan densamente urbanizada como Santutxu ha originado que lo que en su inicio fuera un barrio obrero ahora se haya convertido en objeto de deseo. A medida que la especulación inmobiliaria ha ido elevando la altura de las construcciones anexas, la baja densidad de la Unión Begoñesa permanece como un elemento más a añadir a su alta calidad de vida. Los vecinos de la Unión Begoñesa se aferran a su barrio como herederos, en segunda o tercera generación, del sueño de aquellos pioneros con visión de futuro. Con el paso el tiempo se ha ido comprobando cómo lo barato se hacía caro y los precios de hoy se antojan desorbitados, pese a que la zona mantiene un aire residencial que no siempre gastó tanta fama. En pleno siglo XXI supone un lujo, con el metro bien próximo y la calle central ya de propiedad municipal. Todo algo diferente a lo vivido hace casi ya cien años.

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