Muchos de los que hoy rondamos los setenta compartimos una historia similar. Somos hijos de un tiempo donde el esfuerzo tenía un retorno previsible. Gracias al sacrificio de nuestros padres –que conocieron muy bien la escasez de recursos–, pudimos acceder a estudios superiores y después a unos buenos empleos.

En nuestra vida profesional, el viento sopló a favor. Trabajamos duro, sí, pero vimos cómo ese esfuerzo se traducía en progreso real: en reconocimiento social, en salarios que crecían y en la seguridad de una vivienda en propiedad. Pudimos dar a nuestros hijos una vida cómoda, estudios y un hogar sin las penurias que se habían vivido antaño. Cumplimos nuestra parte del contrato: trabajar para que la siguiente generación viviera mejor.

Lo que nosotros vivimos no fue solo fruto del azar; fue el resultado de un marco social que hoy los expertos llaman “la gran compresión”. Veníamos de un enorme esfuerzo de nuestros padres, pero nos insertamos en un mercado laboral que premiaba la cualificación con estabilidad. En sociología, esto se llama movilidad social ascendente. Nuestros estudios fueron un pasaporte seguro hacia una vida mejor. Logramos salarios no solo para vivir, sino para proteger el futuro. Fuimos la generación que construyó la clase media sólida de Euskadi, una anomalía histórica de prosperidad y seguridad

Pero hoy, al observar a nuestros hijos, vemos que algo se ha roto. Ellos tienen títulos, idiomas y empleos de clase media, pero el “ascensor social” parece haberse detenido.

A pesar de sus salarios medios, viven al límite. Sus hijos –nuestros nietos– crecen en un mundo donde el coste de la vida y el precio de la vivienda son muros difíciles de hacer frente. Ellos no sienten que progresen; sienten que resisten. Y a veces, en las conversaciones familiares, nace un sentimiento incómodo: el recelo.

El fenómeno que sufren nuestros hijos es lo que los sociólogos llaman “el precariado de cuello blanco”. Son la generación más formada, pero ese capital humano ya no se traduce en capital financiero.

Sus salarios se han convertido en “rentas de supervivencia”. Para ellos, el ascensor social no está estropeado; simplemente ha cambiado de dirección. La percepción de que nuestro trabajo “rendía más” no es una queja subjetiva: es una realidad macroeconómica. Su capacidad de ahorro es inferior a la que nosotros teníamos a su edad.

Les decimos que heredarán un patrimonio mejor que el que nosotros recibimos, y es verdad. Pero para alguien de cuarenta años que no llega a fin de mes, esa herencia es un alivio que llegará demasiado tarde.

También nos miran con recelo cuando hablamos de nuestras pensiones. Les aseguramos que ellos también tendrán jubilaciones razonables, pero ellos habitan la cultura de la incertidumbre. Ven el sistema tensionado y temen que, para cuando les toque el turno, las reglas del juego hayan cambiado otra vez.

La transmisión patrimonial tardía

Y aquí surge un concepto clave: la transmisión patrimonial tardía. Es cierto, ellos heredarán un patrimonio mayor que el nuestro, pero la demografía ha dictado una nueva norma: recibirán esa ayuda cuando ya hayan pasado sus años de mayor necesidad vital (crianza, compra de vivienda). Es la paradoja de la riqueza lejana frente a la asfixia cercana. Esto genera lo que se denomina “recelo generacional”. No es envidia personal, es una asincronía de necesidades.

Este conflicto no es falta de cariño, es un choque de realidades. No es que ellos sean menos trabajadores, es que el mundo ha cambiado sus reglas. Reconocer este recelo no es buscar culpables, sino validar que la clase media vasca hoy vive a dos velocidades.

No se trata de sentir culpa por nuestro progreso, sino de validar que el escenario donde ellos juegan es mucho más hostil. Al dotar a esta situación de un análisis social claro, pasamos del reproche silencioso al entendimiento mutuo. Al final, el bienestar de los padres no debe ser el techo que asfixie el futuro de los hijos, sino el cimiento sobre el que reinventar el nuevo contrato social

Entender que su frustración es real, y que nuestro éxito fue hijo de un tiempo que ya no existe, es la única forma de que el patrimonio más importante –la cohesión de nuestras familias– no se pierda por el camino.