El daño ya venía hecho de antes pero la condición de investigado por presunto tráfico de influencias de José Luis Rodríguez Zapatero le convierte en el primer expresidente español en esa condición, a despecho de M. Rajoy, sea quien sea. No va de culpabilidad o pureza inmaculada predeterminadas, que es lo que se puede degustar según de qué fuente beba. Va de que, con lo llovido, el procedimiento mismo acaba contaminado por el debate de adhesiones y criminalización. Si el expresidente es culpable de algo, tendrá que serlo cuando culmine el proceso; si acaba siendo inocente, el celo de la acusación pondrá en el disparadero al instructor.
Cualquiera de las dos opciones es una derrota. La primera porque el juicio paralelo -e interesado para las siglas que saquen rédito- no es justicia. La segunda, porque el procedimiento instructor es lo que debería dilucidar el alcance y presuponer mala fe del magistrado tampoco es de recibo -mientras no se demuestre lo contrario, que de todo ha habido-. Pero, en definitiva, el problema es que colaborar desde la política con la seguridad jurídica ya es una quimera y la están haciendo enfermar el exceso de justicieros.
LA GOTA QUE COLMA
Sentencia del Tribunal Supremo. Está servida la polémica con el fallo que otorga a la familia de quien solicite la eutanasia el derecho a recurrir su decisión y ponerla en suspenso. Un criterio legal o jurídico divergente con otros. En Países Bajos y Bélgica, la autonomía del paciente adulto es hermética y se niega a la familia intervenir en la intimidad del individuo. Los Tribunales Constitucionales de Alemania y Austria han blindado también el derecho a la libre autodeterminación de elegir una muerte digna. En todo caso, ¿es ético apropiarse del derecho a la vida ajeno por mucho que nos duela la ausencia?
Precisamente cuando están repartiendo las plazas MIR. No es novedad que las de médico de familia sean las últimas en cubrirse. Tampoco que, en Osakidetza y Osasunbidea, acaban cubiertas en su totalidad. Lo que no habla tanto de las condiciones que se ofertan como de las vocaciones de los egresados. Las especialidades de dermatología y cirugía plástica son las favoritas. Permítanme ser tendencioso y unir datos, como por casualidad, para que el silogismo lo haga el lector: por lo que sea, son las mejor pagadas en el ránking de la medicina privada; en el caso de la dermatología, solo un 20% de los MIR formados en la sanidad pública se quedan a ejercer exclusivamente en ella y uno de cada tres no la vuelve a pisar cuando termina su residencia. No lo veo censurable, pero vocacional, tampoco.