Sexo y poder social: la pornografía

09.02.2020 | 10:53

HEMOS hablado de la trascendencia de la pornografía en nuestra sociedad actual y de las implicaciones que ello tiene en diferentes órdenes de nuestra vida. De la importancia de este negocio por parte de diferentes grupos de poder económico, sus probables conexiones con la prostitución y las consecuencias que tiene en las relaciones entre hombres y mujeres. El porno fomenta y mantiene los roles y valores sexistas. Un aprendizaje exclusivo de la sexualidad, de nuestros chicos y chicas a partir del porno tiene efectos muy negativos.

Sin embargo, es preciso hablar del porno desde un plano educativo. Planteemos sin rodeos el problema: no hay ninguna duda de que nuestros hijos/as acceden a contenidos de carácter sexual, muchos de ellos inapropiados, con una extraordinaria facilidad: las 24 horas del día, los 365 días al año, de manera gratuita, anónima y secreta. Y esto ocurre cada vez más pronto y afecta a los chicos y a las chicas, aunque el uso parece mayor en aquellos. Dado que, a menudo, no tienen otras referencias educativas con las que puedan contrastar ese modelo porno y esas informaciones obtenidas en la red, la cuestión se complica sobremanera.

Solo algunos de los padres y madres son conscientes de estos riesgos, si bien no hacen gran cosa para afrontarlos. Sus preocupaciones más destacadas suelen ser tres: temor a que se convierta en una adicción, es decir, que quiera cada día más; que pueda afectar a su comportamiento cotidiano (soledad, depresión) o a su cerebro, y que pueda condicionar su vida sexual en el futuro (insatisfacción sexual, conductas sexuales patológicas).

No estamos a favor de prohibir el acceso a estos contenidos, porque no parece que sea una alternativa razonable ni efectiva y, por tanto, sería desaconsejable. Además, es imposible controlar el imparable negocio de la pornografía a nivel mundial con internet. Tampoco de imponer castigos por el visionado de porno. Usar programas de control parental puede tener algún interés, aunque tiene que quedar claro que tal medida, por sí sola, no soluciona el problema.

La propuesta es otra: con valentía, cojamos el toro por los cuernos, armémonos de valor y hablemos con nuestros hijos abiertamente de estas cuestiones. Que no se crean lo que ven. Que no tiene nada que ver con la realidad. Y esto hacerlo con tranquilidad. Y con cariño. También con empatía, es decir, poniéndonos en su lugar, porque a muchos de nosotros nos pasó algo similar con las revistas eróticas, los vídeos VHS o los canales de pago de Canal +. No nos engañemos: la edad de acceso a estos contenidos en Internet es cada vez más baja y más generalizada. Según los datos disponibles, los 8 años es la edad de inicio de chicos y chicas. Por tanto, hay que ponerse las pilas.

Hay estudios que indican que la precocidad de acceso a la pornografía tiene que ver con la propensión a desear ejercer el poder-control sobre las mujeres. Sin embargo, una de las consecuencias negativas del consumo abusivo del porno, sin tener otra información de contraste, es que puede producir una visión sesgada de la sexualidad y de las relaciones sexuales entre las personas. Un enfoque deformado, no realista, que propone tipos de relaciones sexuales que pueden distorsionar sensiblemente la construcción de una perspectiva saludable y positiva. Es preciso hacer hincapié en esa información de contraste porque muchos niños y niñas ven películas, fantasiosas a más no poder, tipo Superman, y se les dice que es ficción y ninguno trata de emular al protagonista. Es verdad que el sexo es diferente, pero el ejemplo subraya las diferencias entre las fantasías y la realidad.

La pornografía genera y transmite multitud de mitos sexuales, creencias erróneas y embustes que es preciso desmontar, en la medida en que escapan a los parámetros normales de la población y que, por tanto, no deben constituirse en modelos a seguir. Uno de los riesgos del porno es proponer como normal algo que no es, ni por asomo, normal. A menudo los espectadores jóvenes se hacen expectativas falsas de lo que son las relaciones sexuales, con lo que la frustración y la insatisfacción sexual estarán asociadas a su vivencia real.

Cabría considerar, por otra parte, que en personas ajustadas emocionalmente, un cierto tipo de consumo de pornografía restringido a determinados contenidos no tendría que constituir un problema. De hecho, en la consulta clínica de Sexología, hemos sugerido a determinadas parejas ciertas películas y vídeos porque consideramos que, en algunos momentos del desarrollo de esa pareja, puede ser positivo el utilizar recursos eróticos de carácter audiovisual.

Por consiguiente, la propuesta a los padres-madres es la de hablar específicamente sobre el porno. También al profesorado, a ser posible dentro de programas de educación sexual profesional. Sin límite de tiempo, en varias conversaciones. Buscando un lugar adecuado y un momento oportuno. No pasa nada por adelantarse. Eso lo hacemos en otras muchas cuestiones educativas y no nos parece inapropiado. Y decirles, cuantas veces sea preciso, que el afecto, el deseo, la ternura, el respeto y el consentimiento deben formar parte de las relaciones sexuales entre las personas y que, en el porno, tales valores brillan por su ausencia.

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