Un buen día Ned Merrill decidió volver a casa nadando a través de las piscinas de sus vecinos. Su travesía comenzaba luminosa, pero pronto se volvía oscura y descubría cual era su verdadero destino: la infelicidad.
En nuestro día a día todos somos un poco como Neddy, pero con bañador de marca y filtro de Instagram. No nadamos, scrolleamos sin descanso intentando llegar a no se sabe dónde. Tratamos de construir relaciones profesionales útiles y sostenidas en el tiempo, a la vez que buscamos la atención y el afecto de los que nos rodean.
Avanzamos por la geografía suburbana construyendo narrativas heroicas sobre nuestra existencia mientras la realidad se pudre discretamente en el sótano. “Todo va genial”, “estoy bien”, decimos, cuando actualizamos las redes sociales con logros que suenan a epitafio anticipado. Industrializamos el autoengaño y lo convertimos en modelo de negocio. Celebramos el emprendimiento mientras tres trabajos a tiempo parcial no dan para pagar el alquiler. Bautizamos como resiliencia lo que antes se llamaba explotación.
Las piscinas de Ned eran azules, cloradas y tangibles, salvo la del niño que le confiesa sus calamidades. Las nuestras son virtuales: Linkedin, donde todos somos CEO; Instagram, donde documentamos vidas que no vivimos, o X, donde opinamos sobre catástrofes sin saber que somos la catástrofe.
La gota que colma
Salvapatrias sin fronteras
Esperpento ideológico. El año acaba de comenzar y poco han tardado en salir los nominados a zoquetes de 2026. La intervención de Mr. T en Venezuela para derrocar a Nicolás Maduro ha dado pie a que un puñado de salvapatrias opinen que sería necesario una acción similar en el Estado español porque la democracia brilla por su ausencia. Sus palabras revelan nostalgia autoritaria y una pobreza mental alarmante. Pedir a Trump que “arregle” los problemas de un país es como intentar apagar un incendio con gasolina... eso sí con gasolina premium y gorra roja. Solo les faltó decir “Make Spain Great Again”.
Nadamos en likes y en métricas que lo único que no miden es si somos felices. Y como los vecinos de Ned, todos participamos del teatro. El compañero de trabajo que no admite que está al borde del colapso; el amigo que no reconoce que su matrimonio es un simulacro, o la prima que no menciona que los ansiolíticos forman parte de su dieta diaria.
Ned termina su viaje (ojo, spoiler) descubriendo que no hay familia ni casa. Nosotros seguimos nadando sin detenernos porque parar significaría ver, y ver significaría saber, y saber significaría actuar, y actuar significaría cambiar. ¿Y cambiar? Bueno... para eso no quedan suficientes piscinas.