El 5 de marzo de 1937 frente al cabo Matxitxako, cuatro bous de la Marina de Guerra Auxiliar de Euzkadi escoltaban al mercante Galdames cuando se enfrentaron al poderoso crucero franquista Canarias. El bou Nabarra se hundió tras una heroica resistencia, el Gipuzkoa quedó gravemente averiado, pero alcanzó puerto, y el convoy fue capturado. Para el recordado Juan Pardo San Gil, eminencia en la historia naval vasca, aquel combate fue “el más importante de todos los aliados en el Cantábrico durante la guerra “y simbolizó el valor y la dignidad del pueblo vasco frente a un enemigo infinitamente más fuerte, convirtiéndose en un hito imborrable de la memoria colectiva.
A modo de cuento, aunque real, hoy DEIA rescata del olvido una figura clave en aquellos días y testigo de aquella batalla, Julio Blanco Bilbao, técnico mecánico de señales marítimas, es decir, farero de Matxitxako, nacido entre sus muros, y de quien nunca se ha escrito hasta la fecha. Su familia estuvo a cargo del histórico edificio. Primero lo comandó Tomás Blanco, y a continuación, sus hijos José y Julio. De la batalla de aquel marzo de 1937, Julio, fallecido en 1982, contaba que “fue muy, pero que muy dura. Él tenía 16 años. Desde el faro la veía”, narra su hija Marije Blanco Laraudogoitia y va más allá: “Nos decía que hubo cadáveres que fueron apareciendo en distintos puntos de la costa, incluso debajo de una zona en la que iban a coger percebes, en una cueva aparecieron huesos y cuerpos, por Aketxe”.
Los franquistas ordenaron a Tomás Blanco no encender el faro de noche. Sin embargo, aquel hombre incumplió la orden llegada del entonces Ministerio de Obras Públicas. “Mi abuelo siempre lo tuvo encendió con el fin de que los bous vascos supieran dónde estaban, para que no les localizaran fácilmente”. Más adelante, con la ocupación de los facciosos del municipio de Bermeo, el enemigo permitió a los Blanco seguir con su labor. “Contaban que el trato no era malo”, a pesar de que sí sufrieron hurtos, como el de un reloj de oro que tenían en su despacho.
Tomás, abuelo de Marije llegó a Euskadi procedente de Aldea del Obispo, Salamanca, con el rango muy alto del Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras, instituto armado de carácter militar en España, independiente de la Guardia Civil hasta su disolución el 15 de marzo de 1940. Tras residir temporalmente en Bermeo, Julio se mudó antes de la guerra a Madrid para llevar a cabo sus estudios para poder seguir al cargo del faro. Retornaría siendo parte del cuerpo de técnicos mecánicos de señales marítimas ocupando una de las cuatro plazas del faro Matxitxako. Allí, se casó con una mujer de Bermeo que murió en el parto al dar a luz a una hija. Volvió a contraer matrimonio, precisamente, con una prima de su viuda: Gregoria Bilbao Ispizua. Dieron a Euskadi 11 hijos: 4 varones y 7 mujeres. Julio fue el noveno de ellos en llegar al mundo. Todos los hombres estudiaron para ser fareros. A uno de ellos lo destinaron a Cabo Bojador, un famoso faro en el Atlántico africano, en tierras del Sáhara Occidental. A Julio, por su parte, le enviaron a Altea. “Como broma siempre nos decía que cagaba y meaba libre a 300 metros de altura”, sonríe Marije.
Acabó la guerra en la que un hermano de Julio fue gudari herido e ingresado en Santa Marina durante un tiempo. Mientras, la saga Blanco Bilbao continuó con su trabajo al pie de acantilado y más adelante en el faro de Punta Galea, hasta 1982. Un recorte de periódico evoca un recuerdo más de aquel mecánico o cuando en 1974 encalló un barco, cómo el vapor Juan Mari lo hiciera también en 1945. Era el Athen, de bandera griega. En aquella ocasión, seminaristas trinitarios que vieron el buque, bajaron por el Peñón a vivirlo de cerca. “Uno de ellos se despeñó”. Se acudió a socorrer al joven por Aixerrota. “Mi padre contaba que le ataron la cara con un pañuelo de mocos suyo, por alguna herida que se hizo en la caída, le subieron por el monte y una vez arriba fue atendido por la DYA. Era de Arakaldo e ingresó en un hospital, se salvó. Mantuvimos el contacto con aquel chaval que tendría unos 14 años. Sabemos que vivió más de 50 años”, matiza.
Echando la vista atrás y abreviando de modo cronológico, esta saga estuvo a cargo del faro de Matxitxako desde 1907 hasta 1975 por Tomás Blanco Bajo y sus dos hijos Julio y José Blanco Bilbao. “El primer destino de aita fue el faro de Altea y acabado su servicio militar fue cuando volvió a Bermeo con destino el faro de Matxitxako”. Y llegó lo que Maríje califica como “desastre”. “Estando Felipe González de presidente, en 1993 eliminó el cuerpo de faros. De hecho, según los fareros este cuerpo terminó ahorcado por González, el que se denomina socialista. Hicimos los papeles para cobrar la pensión de nuestro padre del montepío, y después de que logré, en el gobierno civil llegó el presidente Zapatero y derogó la ley”.
Julio Blanco es recordado, además, por ser una persona que fundó el batzoki de Getxo, organización municipal en la que estaba afiliado al PNV. Su talante “era el de un gorrión porque no paraba quieto, tenía un alma muy jotera, era muy dicharachero. En mi familia, dicen que soy la única que tengo su mismo carácter”, sonríe y sigue vistiendo a su padre: “Le gustaba cazar, pescar, tallar madera, preparar comidas en un txoko y al quedarse viudo hacía los recados a las familias de caseríos alejados. Con su Seat 600 les preguntaba a ver qué necesitaban e iba él. Se desvivía en ayudar. A mi padre no le gustaban los deportes, incluido el fútbol y tampoco la música. Le encantaba gustaba jugar la partida al mus y disfrutar de sus cinco nietos”.