Bermeo, desde mediados del siglo XIX, acometió la iniciativa para la conformación de una ciudad contemporánea, que es completamente desconocida en la historiografía vasca del urbanismo y la arquitectura. Mi libro Bermeo 1860-1975. Urbanismo y Arquitectura, editado por el Ayuntamiento de Bermeo en 2025, estudia esta transformación. Este libro se estructura en dos capítulos diferenciados. Uno para la articulación urbanística, que se organiza en tres apartados: acondicionamiento de la villa medieval, ordenación de la ciudad antigua y ocupación de la marisma del Artza y planes de ensanche, para así tener una clara visión de conjunto de lo sucedido en Bermeo entre 1860 y 1975. Y el otro para la arquitectura, que se ha organizado en función de los estilos dominantes.

La configuración del nuevo Bermeo fue posible por el auge de la actividad industrial pesquera. Este apogeo se vio reforzado con el desarrollo de otros tres sectores, que no llegaron a alcanzar la dimensión del pesquero. Estos fueron los siguientes: astilleros, almacenes de suministros navales y el turístico con los baños de mar. Este desarrollo industrial exigió la construcción de una urbe moderna, que respondiera a las necesidades requeridas en infraestructuras o en alojamientos por un municipio volcado en la industria del sector alimentario. El trazado medieval con calles estrechas y en pendiente no se adecuaba al desenvolvimiento de las fábricas pesqueras, que en gran medida se emplazaban en el casco histórico. Era urgente posibilitar el tránsito tanto de personas como de carruajes.

El punto de inflexión, que marcó el inicio del cambio, fue la construcción del camino real de Bilbao a Bermeo a través de Durango, que se ejecutó en dos fases: la primera fue entre 1828 y 1833, y la segunda entre 1851 y 1855. La existencia de esta carretera, frente a una villa todavía amurallada, venía a evidenciar la necesidad urgente de que Bermeo rompiese su aislamiento, para que así se pudiera beneficiar de la ventaja que ofrecía este vial de facilitar la comunicación con el resto de Bizkaia. A partir de este momento, la acción municipal se centró en conseguir una interrelación más fluida hacia fuera, lo que entrañaba romper con el aislamiento de carácter defensivo propio de una villa medieval.

A continuación, el Ayuntamiento de Bermeo trabajó en la articulación de la nueva ciudad, proceso en el que se evidencian tres momentos diferenciados. El primero, que se desarrolló fundamentalmente entre 1860 y 1908, lo centró en la mejora del trazado medieval con el arreglo de las calles y del alcantarillado. La intención fue la de abrir la villa al exterior con la disposición de calles más anchas. En este periodo se procedió a la demolición del cinturón defensivo medieval, que fue el resultado de dos acciones paralelas: una afectó a las puertas de acceso y la otra concernió a los muros que la envolvían. El segundo, se abrió en 1890 con la modificación de la línea seguida para la construcción de la nueva ciudad. La alternativa elegida, que implicaba superar las actuaciones parciales de la etapa anterior, fue la de una ordenación de conjunto planificada con la aprobación de un Plan General de Alineaciones en 1893, la apertura de la actual calle Arresi entre 1894 y 1927, y la ocupación de la marisma del Artza entre 1888 y 1912.

En imágenes: Bermeo, un modelo inédito de ciudad contemporánea en Euskal Herria .

El tercero se conformó a comienzos del siglo XX, como resultado de la asunción por parte del Consistorio bermeano de la necesidad de acometer una política más ambiciosa, ante la intensa pujanza económica de la villa. Esta circunstancia se evidencia, con toda claridad, en el acelerado crecimiento demográfico que experimentó la población, que casi se dobló entre 1860 y 1920, al pasar de 6.393 a 11.136 habitantes. La solución pasó por la búsqueda de una alternativa a la villa medieval, que ya no daba más posibilidades para asumir la demanda existente, por lo que se planteó la elaboración de planes de ensanche. Esta manera de proceder suponía la superación de la delimitación de la villa medieval, que en aquel momento tenía un carácter simbólico al encontrarse las murallas ya demolidas, para así ganar nuevos terrenos para edificar.

La idea de la necesidad de acometer un plan de ensanche fue un anhelo que estuvo presente en el Bermeo de las dos últimas décadas del siglo XIX. Esta opción fue calando a medida que las numerosas obras de mejora de la villa medieval no venían a dar respuesta al objetivo perseguido, la construcción de una nueva ciudad. La zona elegida fue la vega de Artalde como espacio fundamental para desarrollar el futuro plan de ensanche de la villa, una zona que vendría a ser una prolongación natural de la calle Arresi.

Sin plan de ensanche

El Ayuntamiento fracasó en su intento de actuar de manera ordenada y planificada porque no consiguió aprobar ningún plan de ensanche. Los intentos fallidos fueron los siguientes: Plan de Ensanche de la villa de Bermeo de 1909 del arquitecto Teodoro Anasagasti, Plan de Ensanche de la villa de Bermeo de 1926 del arquitecto Pedro Ispizua, Plan de Ensanche de 1950 del mismo arquitecto y Plan de Ordenación Urbana de la villa de Bermeo de 1959 de los arquitectos Jesús Rafael Basterrechea y Antonino Zalvide. El resultado de este fracaso es el Bermeo actual, una ciudad sin una imagen coherente, como resultado de una articulación conformada con la suma de actuaciones puntuales.

La arquitectura de Bermeo de este momento es muy brillante, con aportaciones muy decisivas en los estilos ecléctico, modernista, art déco y racionalista, que la convierten en un enclave fundamental de la arquitectura contemporánea vasca y europea. Esta singularidad fue el resultado de la suma de iniciativas municipales y privadas.

Para construir esta nueva urbe, el Consistorio bermeano trabajó a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX en otros tres frentes muy decisivos. El primero, en relación con el desarrollo entre 1896 y 1927 de dos servicios requeridos por una ciudad moderna, la traída de aguas para uso doméstico y la iluminación de calles y edificios. El segundo, con la construcción de dotaciones públicas requeridas por esta nueva urbe, caso del asilo de ancianos y del manicomio, en la actualidad integrados en el Hospital de Bermeo, o el cementerio municipal. El tercero, en razón de su situación fuera de la zona central de Bizkaia, para que tuviera una conexión ferroviaria. Se implicó en dos posibles enlaces, uno con Durango y el otro con Mungia. Ninguna de estas opciones fructificó. La alternativa que dio el ferrocarril de Amorebieta a Pedernales fue el establecimiento en 1894 de un servicio de carruajes de caballos que enlazaría Bermeo con Sukarrieta. Bermeo no contó con estación propia hasta 1954.

El eclecticismo fue el estilo que tuvo un mayor desarrollo, como resultado de la suma de las iniciativas públicas en la construcción de dotaciones y privadas para la edificación de viviendas unifamiliares y plurifamiliares.

Entre las obras públicas sobresalen cuatro: el asilo de ancianos y el manicomio, en la actualidad integrados en Hospital de Bermeo del arquitecto Severino Achúcarro de 1884 y 1887, respectivamente; el cementerio municipal del maestro de obras L. Gregorio de Arriola de 1891, y el faro de Matxitxako de los ingenieros de caminos José Clemente de Ucelay y Francisco de Pérez Muñoz de 1904-1909.

Almacén de Carbones. Pedro Ispizua, arquitecto. 1924 .

De las obras privadas hay que ponderar las siguientes: el Casino del arquitecto Severino Achúcarro de 1887-1894, el edificio plurifamiliar de Juan Nardiz, 22 de finales del siglo XIX y el chalet Garavilla del maestro de obras Teodoro Vidaechea de 1917.

Obras de Teodoro Anasagasti

El modernismo alcanzó un extraordinario nivel en razón de la excepcional obra realizada por el arquitecto Teodoro Anasagasti, de la que sobresale el edificio de Santa Clara, 6 de 1907.

El art déco, por su parte, tuvo una destacada presencia por el activo papel jugado por el arquitecto Pedro Ispizua, que hizo una sobresaliente obra. Su proyecto más notable fue el chalet Garategi de 1923, un ejercicio excepcional de su utilización en la vivienda unifamiliar.

La arquitectura racionalista de Bermeo es muy decisiva para la arquitectura moderna europea por tres obras: el Almacén de Carbones, del arquitecto Pedro Ispizua de 1924, el primer ejercicio de racionalismo en el Estado español; el chalet Kikumbera del arquitecto Fernando Arzadun de 1930, por su condición de ejemplo único en la tipología de la vivienda unifamiliar, y el batzoki del arquitecto Pedro Ispizua de 1932. Se trata de una obra de gran relevancia porque son muy pocos los ejemplos conservados de sedes políticas en estilo moderno. No ha tenido el reconocimiento debido, a pesar de ser equiparable en lo arquitectónico con otra que sí lo ha merecido, la casa del Fascio en Como (Italia) del arquitecto Giuseppe Terragni de 1932-1936.

El resultado final del cambio que aconteció en este tiempo tuvo un doble impacto, en lo urbanístico con la ruptura de su modelo histórico de villa medieval para darle una configuración contemporánea, ante el fracaso para formular un ensanche, y en lo arquitectónico por el desarrollo de una arquitectura propia de este tiempo, que fue la expresión de la elite burguesa dominante y de las necesidades específicas generadas por el Bermeo de esta época. También tuvo una incidencia decisiva en lo portuario porque obligó a la construcción de un puerto exterior.

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El autor: Gorka Pérez de la Peña Oleaga

Es escritor de ensayo especializado en el campo de la historia del Urbanismo y de la Arquitectura de los siglos XIX, XX y XXI de Euskal Herria y del Estado español. Cuenta con más de 40 libros, entre los últimos hay que ponderar especialmente los siguientes: ‘Luis de Arana y Goiri: un arquitecto desconocido, 1862- 1893-1951’ (2013), ‘Encartaciones, 1870-2019. El esplendor de la arquitectura contemporánea’ (2019) y ‘Amorebieta-Etxano, 1868-2020. El esplendor de la arquitectura contemporánea’ (2022).