Tal día como hoy, lunes 18 de mayo, de hace 46 años, falleció Ian Curtis, líder y vocalista del grupo Joy Division, una de las cumbres del pospunk británico y banda de culto marcada por la oscuridad y el fatalismo que ha influido a varias generaciones. Enfermo de epilepsia, agravada con el frenético modo de vida del rock, se suicidó en la casa familiar. En una carta que dejó a su esposa escribió “ojalá estuviera muerto”, pero su música, himnos como Love Will Tear Us Apart o Transmission siguen vivos casi medio siglo después.

Con tan sólo dos discos largos y varios singles como legado, Joy Division, en activo desde mediados de los 70, se convirtió en una de las bases creativas para cientos de grupos en el mundo de la música. La era del postpunk –y su apertura al baile y la electrónica en los años a través de New Order, proyecto impulsado por sus miembros supervivientes– quedó definida por las notas de sus canciones y las icónicas fotografías realizadas por el prestigioso Anton Corbijn para el grupo de Manchester.

Curtis, que el próximo 15 de julio cumpliría 70 años, decidió quitarse la vida cuando solo contaba 23. Hijo de un detective y aficionado a la literatura, la escritura, la historia y los estados silenciosos, padecía una epilepsia galopante que el modo de vida del rock acabó por acelerar y provocó múltiples episodios depresivos, ataques y desapariciones en el joven Curtis, famoso por convertir sus ataques epilépticos en “una parodia en el escenario” a través de sus bailes intensos y alocados, según dejó escrito su esposa, Deborah Curtis, en la biografía Touching From a Distance (Metropolitan Ediciones).

Ian y Deborah, que tenían una hija pequeña llamada Natalie, había iniciado los trámites de divorcio después de que ella descubriera que el músico tenía una amante, Annik. “Al enterarme rompí en pedazos el vinilo de Low, de David Bowie”, escribe en el libro. La noche de la muerte de Curtis, ella, que había trabajado el fin de semana como camarera en una discoteca y en la recepción de una boda, mantuvo una conversación con el músico en la que este le pidió que parara el divorcio aunque le reconoció que la relación amorosa era cosa del pasado.

La soga fatal

Ella se fue a dormir con la niña a casa de sus padres y descubrió la tragedia a la mañana siguiente después de soñar, de manera premonitoria, con la lúgubre The End, de The Doors. Ian, que había pasado las horas previas viendo una película de Werner Herzog, bebiendo café y escuchando el disco The Idiot, de Iggy Pop, se ahorcó en la cocina de la casa familiar. Dejó una carta en la que escribió “ojalá estuviese muerto”, y recordó la historia de “romance y pasión compartida” con Deborah.

Al regresar a casa, ella encontró a Ian de rodillas en la cocina con la cuerda de la colada alrededor del cuello y saliva colgando de su boca. “Elegimos caminos diferentes por última vez”, dejó escrito ella. El 23 de mayo fue incinerado. Tras el velatorio, su discográfica le despidió con una sesión en la que proyectaron la película de Sex Pistols The Great Rock´n´Roll Swindle entre nubes de porros.

Solo dos discos

Ian, junto a sus colegas Bernard Summer (guitarra), el maestro Peter Hook (bajo) y Stephen Morris (batería), que después lograron el éxito como New Order, solo publicaron dos discos largos y varios singles. Debutaron con Unknown Pleasures y canciones como Disorder, Shadowplay o She´s Lost Control. Ni Curtis ni su grupo eran punks, pero sus ritmos monolíticos y marciales estaban inspirados por su energía y rabia. Y eran oscuros, muy oscuros.

Su continuidad y testamento artístico, Closer, salió a la venta el 18 de julio de 1980, justo dos meses después del suicidio y con una portada icónica diseñada por Martyn Atkins y Peter Saville ubicada en una lápida del cementerio de Génova. Grabado en Brittania Row (Londres) con Martin Hannett a los mandos entre el 18 y el 30 de marzo de 1980, se convirtió en una obra maestra a pesar de los problemas personales y de salud de Curtis.

Con textos de gran carga literaria, ya que Ian era seguidor de J. G. Ballard y Joseph Conrad, sus baterías marciales y repetitivas, sus bajos apocalípticos, las guitarras desquiciadas y una puerta ya entreabierta a la electrónica posterior, cuando la banda se reconvirtió en New Order, el álbum sigue vigente, como las grandes obras de arte ajenas al calendario.

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Closer se abre con los horrores y asesinatos de Atrocity Exhibiton y concluye con Decades, con unos sintetizadores que aventuran ya el proyecto siguiente, el iniciático Ceremony de New Order. El disco es una obra capital del postpunk… y de cualquier género. Ahí están para probarlo el bajo de Isolation y los sintetizadores gélidos mientras Curtis canta “lo estoy haciendo lo mejor que puedo, estoy avergonzado de la persona que soy”.

Colony narra el drama de una separación y Heart and Soul sonaría en el infierno si allí se organizara una rave. El álbum incluye otros clásicos como Passover, el deprimente The Eternal o Twenty Four Hours, donde Ian cantaba “tengo que encontrar un destino antes de que sea demasiado tarde”. Al final, no lo vislumbró. Fruto del dolor, suena como una herida abierta y supurante. Paradójicamente, su canción más famosa, Low Will Tear Us Apart, también se editó tras su muerte. Deborah dejó escrito su título –“el amor acabará separándonos”– en el féretro antes de su incineración, el 23 de mayo de 1980.