Filomena, la cigüeña que llega siempre puntual a Bizkaia por San Blas
El cambio climático se nota en los hábitos de las especies de aves migratorias, señala Edorta Unamuno
Urdaibai recibe cada año la visita de dos veraneantes muy especiales: Mauricio y Filomena, una pareja de cigüeñas que llevan desde 2018 anidando en Gautegiz-Arteaga y se han convertido ya en un vecino más. “La gente viene y nos dice ‘ya he visto a Filomena”, relata el biólogo de Urdaibai Bird Center, Edorta Unamuno. También Muxar, un águila pescadora que llega todos los inviernos desde hace siete años. “Come mojarras, de ahí el nombre”, sonríe.
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Por San Blas, la cigüeña verás, dice el refranero popular. Pero el cambio climático está alterando esas costumbres ancestrales. “Ahora en Navidades las tenemos aquí. Y hay muchas aves que ya no tienen por qué migrar porque encuentran alimento en invierno aquí; las cigüeñas, en vertederos. Son sitios de ‘comida rápida’ para ellas pero teniéndolos, ¿para qué se van a ir?”, plantea el experto. Mauricio llegó para final de año; eso sí, Filomena sigue fiel a la tradición del dicho. “Llegó el 4 de febrero, y no es broma. El año pasado lo hizo el 3. Es muy puntual”.
El cambio climático se nota, y mucho, en los hábitos de las especies de aves migratorias. “Nos estamos, lo digo entre comillas, africanizando”, afirma Unamuno. Cada vez es más habitual ver en tierras vizcainas especies que anteriormente se desplazaban hasta latitudes más meridionales y no eran comunes aquí, y menos del norte. “Son aves que antes vivían en zonas mediterráneas, más cálidas, están encontrando buenos sitios cada vez más al norte”, explica. Hoy en día hay flamencos en Urdaibai –también se han avistado en las marismas del Barbadún–, una especie que abunda en el Mediterráneo, con varias colonias en el Delta del Ebro, Valencia y en Andalucía, por ejemplo, pero que hasta 2020 no se había visto en Bizkaia. También cigüeñelas, “otra especie del sur que está criando aquí”, y elanios azules, “una rapaz preciosa, con ojos rojos, que va a criar por primera vez este año”. Al otro lado de la balanza, hay especies, procedentes del norte, que cada vez se ven menos. “Ahora no tienen esa necesidad de migrar tan al sur; se quedan en Centroeuropa porque tampoco hace tanto frío. Toda la migración de gansos que teníamos antes, que era común verlos volar en forma de V con unos sonidos increíbles, ahora ya no vienen”.
Una enorme riqueza
Aunque no seamos conscientes en el día a día, estas aves migratorias suponen una enorme riqueza para nuestra vida. “Son un eslabón más en nuestro ecosistema. En el caserío tengo golondrinas que crían todos los años: los pollos han nacido el jueves, porque había ya cáscaras en el suelo. Y estamos encantados porque no tenemos un solo mosquito”, ríe con el ejemplo. “Son bienestar. Un sitio donde hay diversidad animal es un lugar de buena calidad, tanto para los animales como para nosotros”.
Y hablando de golondrinas, una última curiosidad. Quizá las haya visto, cruzando el cielo rápidas como un rayo, en la ciudad. Sentimos quitarle la ilusión pero no son golondrinas. Son aviones comunes –Delichon urbicum es su nombre científico–, que anidan igual que sus primas, debajo de los aleros en nidos construidos con barro, o vencejos. Estas últimas “han llegado hace dos semanas, se quedarán hasta agosto y son tela marinera”, advierte Unamuno. “Son de las aves que más migran, se van al Golfo de Kenia a pasar el invierno. Y una curiosidad que tienen es que no tocan el suelo, solo para poner los huevos e incubarlos: duermen en el aire con un piloto automático que tienen, copulan en el aire, comen en el aire...”, maravilla su explicación.
Lamentablemente, las poblaciones de golondrinas están disminuyendo de forma importante en los últimos años. “Cada vez llegan antes, empiezan a criar y cuando entre un frente frío, si está una semana con sirimiri y temperaturas más bajas, se quedan sin alimento y todo esos pollos no sobreviven. Algunas veces, ni los adultos. 2012, 2013 y 2015 fueron años nefastos; murió casi la mitad de población de golondrinas”.
