Muchos enfados y discusiones por quedarse atrapados en un atasco o por el retraso de un vuelo evidencian la necesidad de aprender a gestionar emociones, ilustra Naia Martínez, profesional del Colegio Oficial de Psicología de Bizkaia (COPBi). “No nos enfadamos solo porque algo salga mal, sino porque en el fondo necesitamos que salga bien para poder sentirnos bien. Y ahí es donde aparece la verdadera tensión: en esa dependencia silenciosa de que la realidad encaje con nuestras expectativas”. 

¿Por qué reaccionamos con tanta intensidad ante imprevistos?

Porque en el fondo no estamos reaccionando solo a lo que pasa, sino a la pérdida de control sobre lo que creíamos que iba a pasar. Las vacaciones suelen estar planificadas al detalle, también emocionalmente: esperamos sentirnos bien, tranquilos, felices. Cuando un imprevisto rompe ese guion, no solo cambia el plan, se rompe la ilusión de control. Y eso, a nivel psíquico, genera mucha más angustia de la que solemos reconocer. 

¿Qué ocurre cuando se rompen nuestras expectativas? 

Se produce un choque entre una mente que anticipa y una realidad que no obedece. En una sociedad muy orientada al resultado, al "todo tiene que salir bien", hemos ido perdiendo capacidad para habitar lo incierto. Entonces, cuando algo no encaja no lo vivimos como parte de la experiencia, sino como un error. Y ahí aparece la frustración, pero también algo más profundo: la dificultad para aceptar que no todo depende de nosotros. 

¿Y por qué nos afecta tanto sentir que no podemos hacer nada?

Porque estamos poco entrenados en la impotencia. Hemos aprendido a resolver, a optimizar, a anticipar... pero no a sostener. Cuando no hay margen de acción, emerge una vivencia muy primaria de vulnerabilidad. Y como esa sensación resulta incómoda, muchas veces se transforma rápidamente en enfado o irritación. El enfado, en ese sentido, actúa como una defensa: nos hace sentir activos frente a lo que, en realidad, nos desborda.

La psicóloga Naia Martínez lanza la pregunta: "¿Estoy esperando descansar... o que todo sea perfecto? Cuanto más flexible es la expectativa, más habitable se vuelve la experiencia real". Miguel Acera

¿Influye el hecho de haber idealizado las vacaciones?

Totalmente. Idealizar es, en parte, intentar controlar la experiencia antes de vivirla. Es construir una narrativa donde todo encaja, donde nada falla. Pero la realidad no funciona así. Y cuanto más perfecta tenía que ser la experiencia, más intolerable se vuelve cualquier desviación. 

“El humor no elimina la frustración, pero evita que nos quedemos atrapados en ella”

Naia Martínez - Psicóloga

¿Por qué pequeños contratiempos generan enfados colosales? 

Porque no estamos reaccionando a la magnitud del hecho, sino a nuestra dificultad para aceptar lo que se sale del plan. En el fondo hay una baja tolerancia a la frustración que no es individual, sino generacional. Estamos menos habituados a esperar, a adaptarnos, a renunciar. Queremos que las cosas sean como las habíamos previsto, y rápido. Cuando eso no sucede, el malestar no encuentra espacio para procesarse y estalla. Al final, estos momentos revelan algo incómodo pero muy humano: no solo buscamos descansar, buscamos que la realidad se ajuste a nosotros. Y quizás la pregunta más profunda no es por qué nos enfadamos tanto, sino ¿qué lugar le damos a lo imprevisto en nuestra vida? ¿Es algo que hay que eliminar... o algo que necesitamos aprender a integrar? 

¿Qué papel juega la prisa o la sensación de "estoy perdiendo el tiempo"? 

Aquí aparece una de las grandes trampas de nuestra época: hemos aprendido a vivir incluso el descanso desde la lógica de la productividad. Queremos aprovechar, optimizar, exprimir cada momento. Y entonces, sin darnos cuenta, convertimos las vacaciones en otra forma de exigencia. La prisa no desaparece, solo cambia de escenario. Por eso un imprevisto duele tanto: no es solo que algo falle, es la sensación de que "me están quitando algo que debería estar disfrutando al máximo".

¿Hay personas más propensas a reaccionar con más frustración? 

Sí, pero no tiene que ver con ser "más fuerte" o "más débil", sino con la relación que cada uno tiene con el control, la incertidumbre y la frustración. Quien ha aprendido, por historia personal o por exigencia interna, que las cosas "deben salir bien" suele tener menos margen para tolerar lo imprevisto. 

“¿Estoy esperando descansar... o que todo sea perfecto?”

Naia Martínez - Psicóloga

¿Cómo influye el cansancio en estas reacciones? 

El cansancio nos deja sin recursos. Literalmente. Cuando estamos agotados, nuestra capacidad de regular emociones, de relativizar o de adaptarnos disminuye mucho. Por eso algo pequeño puede sentirse enorme. Y aquí hay algo importante: muchas veces llegamos a las vacaciones ya demasiado cansados, esperando que unos días lo compensen todo. Pero el cuerpo no funciona así. Primero necesita parar, y en ese parar, a veces lo que emerge no es calma, sino saturación. 

¿Qué pensamientos suelen aparecer en esos momentos? 

Son pensamientos que convierten un hecho puntual en algo definitivo. No describen la realidad, la interpretan desde la frustración. Cuando la mente entra ahí, el cuerpo responde con más tensión, más enfado, más urgencia. Es un círculo que se retroalimenta.

¿Se puede aprender a relativizar?

Relativizar no es restar importancia a lo que sentimos, sino ampliar la mirada. Y algo clave: no tomar decisiones ni decir cosas importantes en el pico de activación. No es magia, pero cambia el rumbo.

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¿Qué papel juega el sentido del humor? 

Es mucho más profundo de lo que parece. El sentido del humor no es por "quitarle importancia", es una forma de flexibilizar la experiencia, de introducir aire donde todo se estaba volviendo rígido. Poder reírse, aunque sea un poco, rompe la idea de que "todo está mal". Y la flexibilidad mental es, en el fondo, la capacidad de adaptarse sin romperse cuando la realidad no coincide con lo esperado. No elimina la frustración, pero evita que nos quedemos atrapados en ella. 

¿Se pueden prevenir estas reacciones antes del viaje?

Sí, y aquí hay algo clave: no se trata de planificar mejor, sino de esperar de otra manera. Prepararse mentalmente implica incluir lo imprevisto dentro del plan. Esto, lejos de ser pesimista, es profundamente regulador. También ayuda revisar las propias expectativas: ¿Estoy esperando descansar... o que todo sea perfecto? ¿Estoy dejando espacio para lo espontáneo o necesito que todo esté bajo control? Cuanto más flexible es la expectativa, más habitable se vuelve la experiencia real.