El fútbol hace tiempo que abandonó al Athletic. Y lo que es peor, también esa sensación de superioridad que exhibió en muchos momentos de la pasada temporada. Aquello de ganar por el escudo, por inercia o por arrollamiento, casi sin querer, ha pasado a mejor vida y cuando restan únicamente siete jornadas para que concluya una campaña que ha borrado la ilusión del rostro de la gente a base de golpes de realidad, más vale sacar los puntos que certifiquen la permanencia cuanto antes. Porque, entre otras cosas, el equipo que dirige Ernesto Valverde está poco o nada acostumbrado a verse en la zona baja de la clasificación, toda vez que ha vivido con asiduidad en la parte noble, y saber cómo respondería en esa pelea en el barro es toda una incógnita.

Cuando las cosas iban rodadas poco importaba que alguno de sus futbolistas puntales estuviera desacertado. Rara era la ocasión en la que un partido no lo resolvía por medio de un chispazo de calidad de algún otro futbolista o por el excelente comportamiento del grupo. Ahí están sus excelsos registros defensivos de las dos últimas campañas o la escasez de derrotas en el mismo tiempo. En definitiva, un rendimiento global que se tradujo en un título de Copa, la clasificación para la Europa League y la Champions. Casi nada.

NI RASTRO

Claro que este curso solo queda el rastro de ese Athletic. Ni el entrenador termina de dar con la tecla, y no queda tiempo para pensar en que habrá un cambio de dinámica, y muchos de sus futbolistas diferenciales están muy lejos del nivel que han ofrecido a lo largo de las dos campañas previas.

Esto último explica en buena medida las penurias y la irregularidad en el juego que ha venido exhibiendo el equipo en los ocho meses de competición que se han consumido ya. Durante largas semanas desde el interior de la caseta y también desde instancias más elevadas, incluida la dirección deportiva que lidera Mikel González, se escudaron en las lesiones, algo compartido por la masa social, pues no puede pasarse por alto que, efectivamente, ha sido un condicionante. Pero esta excusa, como la de las apreturas del calendario, ya no vale.

Afortunadamente, a excepción de Beñat Prados, Valverde cuenta ya con la totalidad de la plantilla a su disposición. Así ocurrió, sin ir más lejos, el pasado domingo contra el Villarreal, partido para el que el técnico tuvo que realizar descartes, alguno de ellos sonado, como fue el caso de Jesús Areso, que no entró en convocatoria. Llamado a tener un papel importante en el equipo después del fuerte desembolso realizado por él en verano, 12 millones de euros, su rendimiento ha dejado mucho que desear. También se quedaron fuera de la misma Maroan Sannadi y Unai Egiluz.

ESCASO BAGAJE

Vaciada la enfermería, tampoco hay lugar para escudarse en un calendario apretado. La Champions quedó atrás hace más de dos meses y el Athletic se despidió de la Copa mes y medio atrás. En su momento se hizo creer que con más tiempo para trabajar, sin los agobios propios de compaginar más de una competición, todo iría rodado. Pero no ha sido así.

Nico Williams, en el partido ante el Villarreal DEIA

De hecho, una vez que el conjunto rojiblanco se ha centrado únicamente en la liga, lejos de hacer un importante acopio de puntos ha sucedido todo lo contrario. Tras caer eliminado ante la Real en las semifinales de Copa jugó el fin de semana contra el Barcelona, cita que queda fuera del análisis. Así, partiendo del encuentro con el Girona, el balance es de una única victoria, ante el Betis en San Mamés, y tres derrotas, la citada contra el Girona, así como frente a Getafe y Villarreal. Apuntar, además, que el partido contra el conjunto madrileño llegó después del parón por las fechas FIFA.

Pero ni en el Coliseum, ni en Girona ni contra el Villarreal en San Mamés dio el Athletic buenos síntomas. Le faltó muchísimo fútbol, que no empuje, lo mínimo exigible, para puntuar. Salvo en contadísimos momentos, sus futbolistas diferenciales no han aparecido y así se explican todos los males de un equipo que necesita asegurar la permanencia cuanto antes.