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El cadáver valiente, un relato de Javier Gamboa

22.05.2021 | 01:04
El cadáver valiente, un relato de Javier Gamboa

mIRE Ariza, mi abuelou materno, Kenny Wallas, peleou en la guera contra Francou".

Richard Doherty se jubilaba ya como cónsul general de Gran Bretaña en Bilbao. Tras un cuarto de siglo de servicio, y también de infatigable poteo por las Siete Calles y Ledesma, mantenía un marcado acento inglés. Se enzarzaba con las erres y, ante la duda, improvisaba dobles vocales. Como si solo hubiera sobrevivido a un verano en Magaluf. Al detective privado le hacía gracia. Y le intrigaba el interés en la cita. "Nos vemos para cenar en el KZ, mesa al fondou, cocinan unos fish and chips cojonudous". Las palabrotas sí que se las sabía Richard. A Txetxu Ariza siempre le había recordado a Howard Kendall, aunque tan impecablemente vestido como un lord cincelado en el Eton College.

La noche espantaba la tarde cuando el expolicía municipal atravesó el puente de Cantalojas rumbo a Zabalburu desde su buhardilla en 2 de Mayo. "Un Charlie Check Point a la bilbaina", pensó. "A esta hora, la vida cambia a un lado de las vías del tren respecto al otro. Los ferrocarriles traquetean por debajo pero, en realidad, es como si vinieran cargados con un destino que atropella a quienes se ven obligados cruzar". Un nutrido grupo de aficionados, que ocupaban parte de la acera, seguía un partido de fútbol de la Copa África en un bar de García Salazar esquina San Francisco. Gol. O penalty.

La plaza de Zabalburu se le presentó domesticada: césped de diseño, farolas modernas, papeleras, banquitos. Ariza añoró los bocinazos y el humo de los Barreiros y los Pegaso dando la vuelta a la fuente sin agua. Y el paso subterráneo, un verdadero parque temático de trileros, sirleros y autónomos del menudeo. Para entrar por un lado y salir entero del otro resultaba vital improvisar cara de Chuck Norris.

Ariza había trabajado antes para el cónsul. Temas menores. Algunos, personales. Otros, oficiales, pero pagados en metálico y mediante nota de contado. Un funcionario amigo de la sisa. La asistenta que distraía medicamentos. El sospechoso amante de la secretaria de Comercio Marítimo. Cosas de esas. Esta vez se trataba algo distinto.

No conocía a otra persona que comiera fish and chips con cuchillo y tenedor. Doherty era así. Servilleta sobre el muslo derecho, a mano para tirar de ella antes y después de cada solemne tiento a la jarra de cerveza, y cubiertos utilizados con un ceremonial que ni en el Castillo de Balmoral. Un caballero es un caballero. Que precise tres pintas para empujar el bacalao primorosamente rebozado solo supone un detalle.

Doherty pensaba quedarse en su casa del Ensanche a estirar la pensión hasta el último "jodidou" día. "No volverei a Landon ni aunque venga a buscarmei un destacamento de gurkas, aquí se vive diputamardei". Lo juró con vehemencia. Por eso el inglés quería que Ariza investigara por él. El diplomático siempre había deseado saber qué le sucedió a su abuelo Kenny. Por lo que conservaba la memoria familiar, que invariablemente sustituye pasajes olvidados por otros imaginados, a Kenny, nacido en Liverpool en 1907, le destruyó su experiencia en la Guerra Civil. A finales de 1936, cuando ya era padre de una niña, se alistó en el Batallón Saklatava, integrado en la XV Brigada Internacional. Junto con los voluntarios al mando de Tom Wintringham, el abuelo del cónsul se heló en febrero de 1937 a orillas del Jarama. Al lado de los irlandeses supervivientes de la Columna Connolly, resistió en las parameras de Teruel hasta consumir toda la munición. Resultó herido varias veces. Su cuerpo sanó para cuando lo evacuaron rumbo a Southampton en un barco que soltó amarras a duras penas desde el puerto de Barcelona semanas antes del final de la guerra y el inicio del horror. Los otros tajos –los que acuchillaron su alma de obrerista solidario al vivir en primera persona la experiencia de los bombardeos de artillería, la lucha cuerpo a cuerpo en las trincheras, las represalias, la sinrazón y la miseria humana– se abrían cada día. Sangraban lentamente, imposibles de suturar.

"En Bilbao hay que toumar cafei, hacen el mejour del mundou en cualquier tasca; el chai, vaya-vaya", se defendió Wallas frente al plato vacío del pudding de postre y la comanda de dos Macallan y otros tantos cortados sobre el mantel. "Hace 25 añous pedí destino en la península para poder caminar sobre los pasous de mi abuelou, Ariza. Pero el día a día me devorou. Y sigo igual que cuando lleguei. Conservou archivada la correspondencia que Kenny intercambiou con otros camaradas de las Brigadas Internacionales tras la guera. Poco más", apuntó el cónsul.

De las cartas se desprendía que Wallas se sumergió en un mar de ginebra para ahogar los ecos de Belchite, Teruel y El Jarama. Perdió su puesto de soldador en el astillero. La abuela de Wallas se puso a trabajar en una fábrica de munición a finales de 1939 para sacar a su hija adelante. El exbrigadista soportaba mal un desayuno sobrio. Rehusó presentarse en un banderín de enganche para echar a los nazis de Francia tras lo de Dunkerque. Quien más le animaba a regresar al compromiso era un tal O'Rourke, de Dublín, que peleó junto a su hombro en Aragón con los de la Connolly, y que le adelantó que ya se había probado su uniforme de granadero real. "Acompáñame a perseguir a los boches hasta Berlín, camarada", le pedía en papel cuadriculado con anagrama de una siderurgia irlandesa. "Luego nos ocuparemos de los capitalistas", prometía O'Rourke, motivado católico y ferviente comunista.

Sin embargo, ninguna rabiza rescató a Wallas de las olas de gin barato y sudor de pesadilla. Se evaporó en abril de 1942, tras haberse acusado a sí mismo de cobarde en cada taberna de las muchas que sirven licor dudoso a orillas del Mersey. La leyenda familiar improvisó una teoría sobre cierto pasaje a Jamaica, a bordo de un paquebote, donde a menudo farfullaba que comenzaría una nueva vida para sí mismo, su esposa y su hija, lejos de la dictadura de los burgueses. "Le pasou a usted toda la información que atesorou, Ariza. Ya no me restan ganas para seguir preguntando. ¿Pueden mis libras esterlinas comprar su tiempo y pericia?", solicitó el cónsul. "Afirmativo", respondió el detective recuperando una expresión propia de su etapa como policía. Antes de despedirse, Doherty fue generoso con las cuentas de resultados de los bares de Egaña. Necesitaron un taxi cada uno.

Un mes después, el investigador y el cónsul emérito compartieron fish and chips de nuevo en la misma mesa. Txetxu Ariza había peinado archivos del ejército en Madrid, Salamanca y Zaragoza, así como documentación acerca de los ingleses de la Brigada Saklatava. Constaba Kenneth Wallas, sindicalista de los astilleros de Liverpool, fusilero, posteriormente ascendido a sargento. Le citaban en dos partes de guerra redactados por oficiales republicanos recomendando condecorarle por acciones más allá del valor al rescatar a un irlandes herido durante un ataque con blindados y por resistir en una casamata retardando la ofensiva italiana mientras su compañía se retiraba. El nombre de un tal Kenneth Wallas aparecía escrito a mano, junto a otros, al dorso de una olvidada foto de Gerda Taro. Chicos jóvenes, con sus pistolas y correajes, sonriendo sentados en el remolque de un destartalado camión Ford que se dirige al frente. Kenneth Wallas está anotado entre los repatriados al Reino Unido por el mercante Mermaid, que partió de Barcelona el 3 de enero de 1939. Ariza tiró de contactos para localizarle entre las miles de carpetas del MI5, que le condujeron a las no menos abundantes cajoneras del MI6.

Los servicios de inteligencia británicos buscaban en la primavera de 1942 un cadáver ahogado en aguas salobres. Debía tratarse del de un hombre joven que pudiera pasar por el del inexistente comandante William Martin, de la Royal Navy. Encontraron el cuerpo de Kenneth Kenny Wallas, un activista al que habían controlado, como al resto, desde que se sumara a las Brigadas Internacionales. Kenny había caído una vez más al Mersey, pero esta vez había estibado demasiada ginebra para bracear. Hacía tanto que no acudía al astillero que sus manos de soldador habían quedado tan finas como debían de aparentar las del ficticio Willis. Las cicatrices y los tatuajes certificaban su trayectoria militar. Los pulmones anegados de agua salada, el motivo del deceso. Lo vistieron y calzaron como comandante de la Marina, lo acreditaron con documentación falsa y fotos trucadas y colaron en el bolsillo interior de su guerrera de doble botonadura una cartera estanca con cartas pésimamente cifradas a sus superiores en El Cairo. Todo indicaba que los Aliados desembarcarían en Cerdeña antes de saltar a Italia. Un submarino de la Navy soltó el fiambre de noche en la bahía de Punta Umbría. Los espías alemanes y la policía franquista extrajeron conclusiones seguras del muerto encallado en la playa: un avión entre el cuartel general de Londres y los mandos de El Cairo se había estrellado en el Estrecho cuando se aprestaba a comunicar los planes para Cerdeña. Era imperioso reforzar la isla francesa y desplazar tropas. Sin embargo, los aliados desembarcaron en Sicilia para sorpresa de Hitler y Mussolini. El Gobierno inglés había desclasificado los informes en 1966, aunque resultaba dificultoso dar con ellos.

Así que el difunto Wallas interpretó a William Martin. El brigadista que no se quiso alistar para la II Guerra Mundial puso el cuerpo que contribuyó significativamente a ganarla. El del abuelo del cónsul fue un cadáver valiente. El inventado comandante Martin, de la Royal Navy, permanecía enterrado bajo una cuidada lápida en el camposanto de Huelva.

"Esperou que me acompañe estei veranou a Huelva a rendir honores al viejou Kenny", solicitó Doherty antes de abrazar emocionado al detective tras clausurar de nuevo todos los garitos de Egaña. "Mientras pague usted, no problem", respondió Ariza.

Con caminar vacilante, el detective encaró su ruta hacia el puente de Cantalojas y San Francisco. Vendría un tren.

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