El pantano de Mequinenza forma uno de los paisajes más impresionantes de Zaragoza. Este embalse de las aguas del río Ebro ha creado un impresionante mar interior en el Bajo Aragón que en sus casi 70 kilómetros de longitud esconde numerosos rincones y misterios que atraen a numerosos visitantes.

En su recorrido, su sinuoso recorrido, se pueden ver los meandros que la subida del agua no ha podido ocultar y dos de ellos se han convertido en islas. La primera de ellas es la isla Mediana, que en cuanto el nivel del agua baja se convierte en una península agarrada a la orilla derecha, y la segunda es la isla Magdalena, que una estrecha lengua de tierra permite el acceso a pie seco en muy contadas ocasiones desde la ribera izquierda.

La ermita de la Magdalena en lo alto de la isla en el pantano de Mequinenza. Caspe, la del Compromiso

En lo alto de la segunda aparece una de las sorpresas de este pantano, la silueta de la ermita de la Magdalena que le da nombre. Antaño destino de romerías que rogaban por lluvias en tiempo de sequía, ahora el pantano la ha condenado al abandono por obra y gracia de lo que fue objeto de deseo y rezos, el agua.

Santa Magdalena y las leyendas

De origen incierto, como en muchos otros casos, sobre todo en los tiempos que esta tierra fronteriza disputada entre musulmanes y cristianos, el edificio original se levantó cerca del lugar donde un pastor encontró una imagen de Santa Magdalena escondida de los árabes cerca del río. Según los expertos locales, este primer templo sería de estilo románico. Con el correr del tiempo, la ermita pasó a ser convento de la Orden Hospitalaria, que también regentaba el cercano castillo del Compromiso, defensa de este paso sobre el río Ebro.

La devoción de los vecinos de Caspe fue aumentando con el tiempo, especialmente relacionada con su apego a un río que era una importante vía de comunicación y muchos de ellos vivían de él. De la ermita se decía que “los cerrojos de la Magdalena nunca se cerraban para que los navegantes pudieran descansar”, y lo que parecía una frase sobre la misión de la Orden Hospitalaria pasó a ser hechos milagrosos cuando se corrió el rumor de que la puerta de la iglesia era imposible de cerrar, ya que, a pesar de que el ermitaño que allí vivía echaba el cerrojo, este siempre amanecía abierto.

En 1730 se levantó un nuevo edificio, este de estilo barroco y es el que hoy se alza aislado sobre el pantano. Pero antes del abandono forzado a mediados de los años 60 del pasado siglo, el último ermitaño que cuidó del templo concluyó su labor en 1934.

Una tentadora visita

Su llamativa silueta en lo alto de la isla atrae a muchos visitantes, algo que ha hecho que se tome conciencia de que su abandono debe ser corregido y evitar que su estado ruinoso no tenga vuelta de hoja.

Llegar hasta ella, salvo en contadas ocasiones, solo puede hacerse en una embarcación. Numerosos aficionados al remo surcan este pantano, por lo que no es extraño que desembarquen en la isla y suban hasta la ermita. No está prohibido, pero son numerosas las advertencias de no entrar en el edificio para evitar accidentes. En los momentos en que el nivel del agua está bajo, se descubre una lengua de tierra que permite llegar a la isla a pie.

La ermita tiene una sola nave de tres tramos y una cubierta de bóveda de cañón. Además, sobre el crucero se eleva una cúpula sustentada por pechinas y fajones. Estos elementos son los que más peligro de derrumbe tienen. El ábside también está cerrado por una bóveda, todavía con pinturas, rematada por una linterna.

Ante el evidente interés que suscita la ermita de la Magdalena entre los visitantes y unido a que los vecinos de Caspe no han olvidado su historia ni sus tradiciones, son muchos los esfuerzos dirigidos a recuperar este bien que el tiempo no ha conseguido doblegar todavía y ponerlo en valor.