Pionero, veterano y controvertido rockero, Ramoncín, autor de himnos como Hormigón, mujeres y alcohol, Al límite, Marica de terciopelo, Ángel de Cuero o La chica de la puerta 16, sigue, como cantaba antaño, con “un fuego dentro que no lo puedo contener”. A sus 70 años, compatibiliza sus apariciones televisivas como contertulio con los escenarios porque “no han podido enterrarme”. Este viernes y sábado llenará el Kafe Antzokia de Bilbao. “Somos la mejor banda de rock que se sube a un escenario en este momento en este país; y con diferencia”, explica entre dardos a los compañeros de escenario y a los periodistas que le dieron la espalda cuando se vio obligado a visitar los juzgados tras su paso por la SGAE, antes de ser absuelto.
Tras el declive de la industria, las bandas jóvenes salen a la carretera para poder comer y vivir de su pasión. No sé si solo con derechos de autor le daría para seguir adelante, pero ¿qué le impulsa a no abandonar, y más cuando en este siglo XXI no lo ha tenido fácil?
-Las bandas jóvenes están haciendo lo que hicimos nosotros, que es principiar, y se hace tocando para 10, 20 o 30. Luego, si te iba bien y tenías un repertorio, intentabas vendérselo a la industria. Yo anduve dos años dando vueltas hasta conseguir el contrato que quería. Luego viene todo lo demás. Cuando haces eso sabes que hay una cosa que existe, que son tus derechos de autor y de artista. Los segundos no existían entonces, pero los de autor sí. Y el derecho de autor en España no está siendo razonable desde muchos puntos de vista. Ha pegado un bajón tremendo. En el mundo entero, pero aquí en particular.
A ver, cuénteme.
-Hay una parte de ese derecho que se cobra por los servicios de streaming audiovisuales, y ahí creo que nos pagan 0,0001 céntimo de euro. Y además no se acumula ni se guarda, sino que si en un reparto de un momento lo que hay es un súper éxito en el mundo –Shakira, por ejemplo–, los derechos esos van en una dirección nada más, y el resto no recibe un reparto equitativo ni nada que se le parezca. El derecho de autor tradicional aquí ha desaparecido.
Y se está desventaja con Europa también.
-Se debe saber que cuando aquí cobras uno, el autor francés cobra 15. Cuando estábamos nosotros en la SGAE, se recobraban 360 millones de euros y se tenía un plan director para llegar a estas fechas y cobrar cerca de 1.000 millones. Lo que ha ocurrido es que no se llega a 300. Pero eso ya es historia lejana, ya no tiene arreglo. Quienes guardaron silencio, los cobardes, los hipócritas, los de siempre, ahora lo sufren igual que el resto.
Vayamos a lo magro, a la música. ¿Sigue con las ganas de antaño?
-Yo no tengo por qué abandonar, no he hecho jamás. Al empezar, entendí que esto era un maratón, no una carrera de 100 metros lisos. Y en un maratón hay cimas y valles. Y de la misma manera que he estado muchas veces en las cimas, pues luego he estado en el valle. El que no entienda eso, que se dedique a otra cosa. Además, uno tiene que dejarlo cuando entiende que su oficio no le produce ninguna satisfacción, o cuando se sube al escenario y no está en condiciones de atraer la atención de la gente. Yo sí, yo tengo un fuego incontenible. Ese es mi mayor defecto. Además, creo que el rock va a estar ahí siempre, no hay que preocuparse.
Pero se lo lleva enterrando décadas.
-Ya en una canción de Arañando la ciudad, en Putney Bridge, cantaba “si muere el rock, ¿cómo vas a disfrutar?”. Porque entonces me decían ya que el rock se iba a morir. Ibas a entrevistas con verdaderas lumbreras que nos decían que le quedaban cuatro días. Vendrán otras músicas, vale, pero nosotros disfrutamos de lo que hacemos, y hacemos rock.
Lo que sí ha hecho es transformarse y adaptarse.
-El rock tiene muchas maneras de entenderlo. Está el heavy metal y el hard… Bueno, Metallica y yo se supone que hacemos rock, pero no tenemos nada que ver. El rock es es muy amplio y la gente va eligiendo dentro de ese género lo que más le gusta. El mío es el rock de autor, el de guitarras, el que cuenta historias. Otros prefieren imitar los Stones.
¿Cómo afronta el rock, cuya cultura definió a quienes crecimos en los 70, cuando usted ya ha cumplido esa edad? Springsteen dijo tras su primer concierto en el Estado que “el rock es mi vida”. Luego, llegaron la familia y los arañazos de la vida. La ‘otra’ vida, la real.
-Eso ya... Cada uno hace con su vida lo que quiere. Y Springsteen con 76 años, pues supongo que el rock sigue siendo su vida, porque haber pasado por todas esas depresiones y estar ahí, el tío, y de repente ser valiente y decir cosas y tal, está muy bien. Yo hago lo mismo y arriesgo más. Cuando Springsteen dice en Mánchester no sé qué de Israel, arriesga lo que arriesga, pero cuando yo voy a Badalona y digo algo similar, arriesgo mucho más. Pero no hay que preocuparse, el rock está ahí y hay mucha gente joven haciéndolo.
A pesar del reggaetón.
-Es que es un error gravísimo eso de que no hay rock. Otra cosa es que no se difunda. Es el colmo de la censura, el truco que han encontrado los censores del gusto musical, que está secuestrado desde hace tiempo, especialmente por una cadena de música. El truco es no ponerlo, no mostrarlo. Cuando tú no difundes una obra de teatro, una película o una canción, lo que estás haciendo es censurarla, hacer que no exista. Yo compro discos de rock, de R&B, de rock blues y de soul rock permanentemente, y de gente muy joven y mayor.
Hablemos de los conciertos. Agotó el anterior ofrecido en Bilbao y va camino de ocurrir lo mismo en los dos de esta semana. Y todo ello cuando se ofició casi su entierro artístico hace unos años, especialmente por los medios y parte de sus compañeros.
-Yo tenía familia cuando empecé, tenía una niña y asumí esa responsabilidad con orgullo. Y sabía que esto era una carrera larga… y ahí estamos. Tocamos mucho, pero nunca lo hemos dejado, ni siquiera cuando vinimos a Bilbao hace cinco o seis años y no interesamos a nadie. Eso sí, fuimos a Eibar y llenamos un pabellón. A nadie le importaba porque vosotros estabais acojonados, los periodistas, con decir cosas que no eran las propias del momento (juicio a la SGAE). Es decir, a mí me parece que esto del entierro, curiosamente, los que se han enterrado han sido muchos, yo no. Yo he seguido tocando y cada vez más y mejor, con más gusto y placer.
No tuvo el apoyo de sus compañeros músicos, por quienes había luchado.
-Esos son coincidentes laborales, los compañeros son otra cosa. En esos coincidentes hay un pelotón inmenso de hipócritas, de cómplices silenciosos, de cobardes, de insolidarios, y de gente que pone la boca en un sitio y la cartera en otro. Esos son cómplices de todo lo que ha pasado.
¿Sigue atrayendo a las nuevas generaciones?
-Claro, si vinieran solo de mi edad, sería imposible. Contabilizamos hombres y mujeres, chicos y chicas. Algunos tienen 18 años o 20 años desde que empieza a oírte, o que han vuelto a hacerlo porque lo hacían con su padre en el coche. Pero es más difícil que vengan chavales de 14 y 15 años. Son los que aúpan a la gente que hace virales sus melodías en TikTok y en cosas así. Yo tengo un espectro de público estupendo, en Bilbao habrá una media entre los 30 y 60 años.
Viene con una banda amplia, no ahora en músicos.
-Somos siete. Vamos con tres guitarristas, bajo, batería y teclado, más mi guitarra; a veces somos cuatro guitarras. Nosotros somos la mejor banda de rock que se sube a un escenario en este momento en este país; y con diferencia.
‘Hormigón, mujeres y alcohol’ será la que no podrá faltar nunca aunque fue más un retrato generacional que personal. Siempre controló mucho la ingesta de alcohol y drogas.
-Sabes que no hay más remedio que tocarla (risas). Hostia, a veces te paras y me imagino que un día me voy sin hacer “litros de alcohol corren por mis venas”, aquí con el estribillo en euskera. Pues no sé qué pasaría. Lo cierto es que la canta alguien que bebe lo justo. Yo soy un hippie y las drogas para mí fueron los porros, un poquito de María. Tuve mi experiencia con una dietilamida 25 de ácido lisérgico, que volvería a repetir si supiera que iba a tener la misma experiencia, pero es un riesgo que es mejor no correr. Y el alcohol, pues, porque bebemos vino comiendo, y un poco de sidra o champán.
¿Tiene algún canción favorita aunque esté en la sombra para la mayoría? ¿Y un disco?
-Me gusta mucho cantar Miedo a soñar, una canción de 1986 que habla de muchas cosas. Habla de mí, de cómo pienso y soy, pero también de cosas que pasan ahora mismo. Eso es una cosa muy común, que las canciones sobreviven al tiempo, que hacen una especie de círculo mágico y se convierten otra vez en algo que está completamente en el pensamiento de las personas. De más de 200 canciones ensayamos 50 que vamos moviendo. Lo que sí creo es que no he hecho ningún disco inútil. Volviendo a Springsteen, él hizo Working in a Dream, High Hopes, Wrecking Ball...
Mi favorito suyo es ‘Arañando la ciudad’.
-No es ni mucho menos mi mejor disco. Sí creo que de ocho canciones hay cuatro extraordinarias. Pero son mucho mejores cuando las tocamos en directo, ya que el disco está mal grabado, tocado y cantado. Pero se recuerdan Ángel de cuero, Putney Bridge… Yo no lo puedo ni oír. Son mejores Miedo a soñar y La vida en el filo.
Arremetía contra la ‘nueva ola’ y hablaba de “escuelas de sordos”, pero ahí tiene la respuesta a Bud Bunny. ¿No entendemos a la juventud, a la vez que tampoco lo hacemos con lo que cantan sus artistas preferidos?
-Bueno, nuestros padres no nos entendían tampoco. En mi casa que se oía a Cole Porter, Sinatra y Gershwin, y lo que yo hacía les parecía una cosa que, en fin, que tendría su mérito, pero que frente a aquello parecía una cosa horrenda. No sé si algún día la Champions cambiará a Händel por Bad Bunny. No lo sé, pero de momento lo que suena es Händel, y será por algo, ¿no? Es el zeitgeist, el espíritu del tiempo; y este puede ser una mierda, claro.
Esa lucha generacional siempre ha existido ¿no cree? En mi casa no entendían que escuchara a Pink Floyd, The Clash o AC/DC.
-Es que hostia, yo recuerdo llegar a casa con el Space Oddity de Bowie y mi viejo vino a la habitación y me dijo: eso te va a volver loco. Ese tipo de música es la que ponen en las comisarías para que la gente cante (risas).
Su carrera/vida ha sido muy prolífica en varios sectores artísticos. Le imagino orgulloso de los libros, los discos, los conciertos, la televisión… ¿Se arrepiente de algo, de su periodo en la SGAE, quizás?
-Ha sido la la hostia. He hecho cosas gloriosas, como el diccionario de jerga más extenso que se habría escrito nunca en castellano y creo también en cualquier otra lengua conocida, con más de 9.000 entradas. Y fue aplaudido por Cela, Umbral, Terenci Moix, gente que tenía mucho que decir al respecto. Los conciertos siempre han sido maravillosos, no he fallado nunca, y en la tele ha hecho cosas gloriosas también, como Lingo.
Ahora aparece como analista en La Sexta.
-La tele la llevo muy bien. Hay gente con la que me encuentro que dice ser mayor y que no va a conciertos, pero que me ven en la tele. Es un orgullo que te sigan siempre, más allá de que tú seas más o menos de izquierdas. Me dicen que lo hacen porque a mí se me entiende siempre. Es lo que intento.
¿Qué ve cuando sale de la ducha: más heridas o cicatrices?
-Cierro pronto mis heridas y me preocupan más las que haya podido ocasionar a la gente a la que quiero. Todos hemos metido la pata alguna vez y yo trato de enfrentarme cara a cara con los errores, lo que provoca que no tengas heridas. Dean sus cicatrices, y están muy bien.
Hace años me dijo que tenía un disco titulado ‘Descalzo entre ascuas’. ¿Qué pasó con él? No se ha publicado.
-Está guardado por ahí (risas). A veces haces canciones y cuando las oyes muchas veces crees que no es lo que creías que eran. Y hay que tener el valor de tirarlas. A mucha gente no le va a gustar, pero vuelvo a esos discos citados de Springsteen, alguien a quien sigo, quiero y admiro. Ese repertorio lo sacó de la papelera y las canciones son una cosa muy seria. Veo que en esos casos hay mucho de negocio y poco de creatividad. No sé, no me gusta.
¿Entonces, tiempos de ‘streaming’ y de canciones sueltas?
-No es mala idea, así empezó todo, se publicaba un single, luego otro y después un EP con cuatro canciones. El lado bueno de lo digital es controlar lo que tienes y desde tu medio de comunicación digital decidir sacar una canción o no. Yo creo en el disco, me gusta el formato y el vinilo. Al final, tenemos que pensar que nuestras tiendas van a ser los conciertos, donde yo vendo más. Acabaremos vendiéndolos exclusivamente en ellos.
La industria sustituida por el autor.
-La industria era importante porque se gastaba una pasta en que fueras a grabar y te daba 150.000 euros. Lo pagaba todo: estudio, músicos, el corte, la fabricación, promoción… ¿Hoy? Ni a Paul McCartney. Se graban los discos en casa si sale bien una gira. Yo no me puedo quejar, he grabado siempre con la industria.
¿El ‘ángel de cuero’ ha dejado de vivir en el filo ya o morirá en él?
-(Risas) El ángel de cuero es el diablo y este no es más que un ángel que se opone a la autoridad.