Tribuna abierta

Los nuevos tiempos

10.04.2021 | 01:02

Pedro Sánchez no se ha resistido. Y, en mitad del carajal en el que la política española se encuentra, ha pretendido la ganancia del pescador en aguas revueltas. En esta ocasión ha sido la pandemia. Mejor dicho, el cabreo acumulado que el personal tiene a modo de fatiga social como consecuencia de la enfermedad y de las restricciones de todo tipo de cara a mitigar sus efectos

EL inquilino de La Moncloa ha cometido la insensatez de anunciar a bombo y platillo que no está dispuesto a prolongar por más tiempo el estado de alarma fechando su caducidad el próximo 9 de mayo. Con la desaparición de la legislación excepcional decaerán igualmente los toques de queda, las limitaciones de aforo, las restricción de actividades, los cierres perimetrales. Todo, que tanto molesta a la gente pero que resulta necesario para combatir la progresión de los contagios, quedará sin amparo legal básico y ante esta situación cualquier magistrado, con vocación o no de virólogo, podrá desestimar cualquier medida extraordinaria que limite movimientos o que sea interpretada como una cortapisa de derechos fundamentales.

Sánchez se ha tirado a la piscina en solitario. Sin consultar con nadie. Ni con las comunidades autónomas ni, me atrevo a sugerirlo, con su propio partido. El morador de La Moncloa ha vuelto a su estadio de Luis XIV y en su definición de que "el Estado soy yo" ha eclipsado con su luz rutilante y narcisista la tan comentada cogobernanza que, al parecer, decía respetar –a conveniencia– el jefe del Gobierno español.

Así que en plena campaña electoral madrileña ha decidido entrar en la contienda prometiendo el retorno a la normalidad prepandémica. Pero, ¿en qué ha basado Sánchez su decisión de no prolongar el estado de alarma?

Sánchez, en su furor por entrar de lleno en la campaña madrileña, sustentó la suspensión de las leyes excepcionales en las previsiones de vacunación. Según él, en comparecencia pública celebrada el pasado día 6, para el mes de agosto habrá 33 millones de ciudadanos en el Estado inmunizados.

Pero el cuento de la lechera de Sánchez no ha durado un asalto. El pasado miércoles, y a pesar de que la Agencia Europea del Medicamento respaldara la vacuna AstraZeneca por ser "efectiva y segura" y sus efectos secundarios son "muy raros", el Ministerio de Sanidad español, con el respaldo de una mayoría de la Comisión Interterritorial, decidía paralizar la administración de las dosis de este preparado para personas menores de 60 años. Un error mayúsculo –determinan los científicos– pues debilita la reputación de las vacunas al tiempo que introduce factores de inseguridad y miedo en la población.

AstraZeneca era una de las vacunas que más dosis había hecho llegar en los últimos días y su aportación futura al calendario de lucha contra la pandemia resultaba muy relevante. Por ello, el "cronograma Sánchez" de inoculaciones, de vacunas, de población inmune, se fueron al traste de la noche a la mañana, dejando al mandatario español como un irresponsable pescador de votos.

La prudencia y la grave situación sanitaria en la que se encuentra el Estado –cuarta ola con tendencia creciente y amplia ocupación de plazas hospitalarias y de UCI– debería haber obligado a Sánchez a actuar como un estadista y no como un vulgar recaudador de votos en una carrera electoral. Pero así está la política española. Enfrascada en el descrédito y la pugna partidaria. Líquida, cuando no gaseosa.

Quizá decir esto lo interprete Otegi como una maniobra más del PNV por aproximarse al PP. No es que me lo invente. Simplemente, así lo ha interpretado en ocasiones anteriores en las que la simple constatación de la degradación de la dinámica madrileña ha sido interpretado, desde su especial obsesión, por culpabilizar al PNV de abonarse a la ruina de la "estrategia de izquierdas" en una teoría rocambolesca y fuera de la realidad.

Y es que todo lo que represente el PNV supone para EH Bildu una obsesión. Sin ir más lejos, tenemos esta semana la reacción de Rebeka Ubera ante los condicionantes exigidos por el Departamento de Salud para que en la celebración de la Eurocopa en Bilbao pudiera permitirse la asistencia de público en el estadio. Ubera volvió a cargar contra el PNV y el Gobierno de Urkullu, acusando a la consejera Sagardui de favorecer la celebración de un evento futbolístico en contra de la defensa de la salud pública.

Para vergüenza de la parlamentaria de EH Bildu, la Federación Española de Fútbol, visiblemente cabreada, disipó cualquier duda de indolencia al quejarse del extremo rigor del informe del Gobierno vasco. Los condicionantes del Ejecutivo vasco, según Rubiales, hacían imposible que Bilbao fuera sede oficial de la Eurocopa. Pero a la parlamentaria de EH Bildu no le sonroja ni su propio sectarismo. Rubiales a un lado, Iturgaiz y su acusación de "condiciones leoninas" a su costado y Ubera en el extremo opuesto. En el centro, el servicio público defendido por el Gobierno vasco. Vergonzoso, penoso, lamentable. Obsesión PNV.

La organización de la izquierda abertzale ha decidido estratégicamente pugnar intensivamente para provocar el final de la hegemonía del PNV como partido gobernante en Euskadi. Ese es su objetivo y no dará tregua alguna para hacer sucumbir a los jeltzales en la Comunidad Autónoma Vasca. Por el contrario, en Nafarroa, así como en el Estado, su estrategia pasa por "blanquear" su imagen, ofreciéndose como una organización renovada de izquierdas, capaz de colaborar con cualquier opción –también las españolas–. Es como si la organización de Otegi hubiese surgido de repente. Un renacimiento que pretenden hacernos creer que comenzó a penas hace diez años. Antes, al parecer, no existió nada. Y el maquillaje de su marca obvia intencionadamente un pasado difícil de olvidar. También por su mundo, donde siguen existiendo dinosaurios que añoran ese tiempo oscuro.

Para muestra, un botón. Joxe Mari Olarra es un exdirigente de Herri Batasuna cuya trayectoria y planteamientos son imposibles de no recordar. A él, la nueva EH Bildu, la nueva marca amistosa de la izquierda abertzale, le da igual. Lo atestigua un artículo de opinión que acaba de publicar en Gara en contra de quienes hemos rechazado los ongietorri a los expresos de ETA. Olarra sigue sin reciclarse. Para él, quienes negamos el espacio público para rendir homenaje a quienes asesinaban somos "unos demócratas de mierda". Pero la descalificación soez no es lo más preocupante de su monserga.

Para el excompañero de Otegi en la Mesa Nacional, los presos de ETA son "tan dignos de respeto como otros que dispararon, hirieron y mataron por sus ideas y sus convicciones, nacionalistas, socialistas, anarquistas o comunistas en la guerra del 36. Porque matar, esté bien o mal, señor Urkullu, siempre ha sido el factor utilizado para cambiar la historia. Ha sido la lucha armada, la fuerza de las armas, independientemente de la ética y la moralidad, la partera de las naciones, de los Estados y de los sistemas políticos adoptados por estas naciones y por estos Estados."

Olarra es el paradigma que le falta explicar a EH Bildu en su pretendido adanismo. "Ahora –señala el exburuzagi de Batasuna– a rebufo del buenismo político, que solo admite la violencia del poderoso, por la cuenta que les va a los panzudos gestores de la gobernanza, desde el laboratorio de Sabin Etxea han elaborado la vacuna que mitigue el miedo que les corroe a perder su hegemonía y a que el independentismo avance hasta desnudarles y dejarles como lo que son, un partido simplemente autonomista. Sus mociones, coreadas por un lánguido PSOE y los podemitas venidos a menos, no son un tema de debate. Son un trampantojo político con el que juegan con las cartas marcadas por las leyes de España, con el que pretenden hacer olvidar la mala leche que les causa que la gente –mucha– acuda a los recibimientos por sentir que son hijos de su pueblo y que por este han luchado. Y porque entre sus tropas no existe ya ningún militante que diera con su cuerpo en la prisión por causa política."

He optado por trascribir literalmente lo publicado por el diario Gara para que nadie me acuse de manipular una tesis que, por tremenda, resulta delirante. El delirio de quienes añoran el pasado. Nostálgicos del tiro en la nuca, de la socialización del sufrimiento, de la más bárbara historia padecida en este país en los últimos tiempos. Delirio de imposición y de una izquierda abertzale que sigue existiendo detrás de las bambalinas y del maquillaje que tan cuidadosamente manejan Otegi o Iriarte. * Miembro del EBB de EAJ-PNV

noticias de deia