La alarma en torno al hantavirus, pese a tratarse de un virus conocido y de riesgo bajo según fuentes médicas fiables, ha bastado para reactivar un miedo que sigue vivo bajo la piel de la sociedad. No cuesta encontrar la razón: el covid-19 dejó algo más que cifras, restricciones y duelo. Dejó una conciencia nueva de la fragilidad del ser humano. Desde entonces, este siglo ya no se mide igual: quedó dividido en un antes y un después. Y esa huella permanece, incrustada en la memoria colectiva, grabada a fuego en nuestros genes. Pero si la sociedad reacciona con temor, la política vuelve a mostrar su mayor mezquindad. Ahí están quienes rechazan la llegada de un buque que necesita asistencia humanitaria, incluido todo un presidente autonómico, y quienes aprovechan cualquier episodio para convertirlo en munición contra el adversario, incluido aquí el Gobierno Sánchez. Derecha y ultraderecha insisten en hacer de una crisis sanitaria un campo de batalla partidista. Una zona de guerra en la que no se hacen enemigos. Y eso revela una degradación moral difícil de disimular. Porque ante un episodio así lo exigible no es el cálculo electoral, sino la responsabilidad pública: información rigurosa, medios suficientes y una comunicación rápida, clara y veraz. Y, por supuesto, abordar el problema de frente con todos los medios de los que dispone el Estado y sin dudar de que se está haciendo todo lo que hay que hacer. Enfocarlo de otra manera es frivolidad. Y, en su peor versión, una indecencia.
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