La Navidad pasada, Igorre parecía el escenario perfecto de uno de esos anuncios de la lotería que apelan a la emoción colectiva.
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Recuerdo aquel día no solo como vecina, también como periodista. La gente estaba contenta porque la suerte estaba muy repartida. Cinco meses después, aquella lluvia de más de 14 millones de euros se ha convertido en un escenario de oprobio. Una especie de manzana podrida que ha terminado enfrentando a vecinos. Porque algunos han cobrado y otros, más de un centenar, no. Penoso.
Negligencia
Según el club se han vendido por “error” más participaciones que décimos disponibles. ¡Una negligencia inaudita! Hay mucho enfado y una sensación amarga. Lógico. Y por si fuera poco, el foco real se ha desplazado convirtiendo un problema de gestión gravísimo en una especie de guerra entre agraciados y no agraciados.
Afectados por el impago de la lotería en Igorre calculan que hay 286 papeletas sin cobrar
Tampoco me parece justo escuchar estos días aquello de que “todos los clubes hacen lo mismo en Navidad”. No. No todo el mundo lo hace. No es justo meter a todo el mundo en el mismo saco ni normalizar prácticas que precisamente generan situaciones como esta. La lotería siempre se vende como esperanza compartida.
Pero en Igorre la resaca ha dejado una lección mucho menos amable: el dinero reparte felicidad, sí, pero la mala gestión reparte heridas que no serán fáciles de curar. Y sinceramente, este año, cuando vuelva a sonar el anuncio de la lotería de Navidad en televisión, creo que miraré a otro lado. Porque me cuesta volver a creer en toda esa épica de la felicidad sin que me quede un regusto amargo.