Hay algo profundamente contradictorio en vivir una jornada de huelga con miedo. Y, sin embargo, eso es lo que muchos sintieron el 17 de marzo.

No seré yo quien cuestione el derecho a la huelga. Es un pilar básico de cualquier democracia digna de llamarse así. Gracias a él, generaciones anteriores conquistaron derechos laborales que hoy damos por sentados.

Detrás de cada movilización hay motivos, pero hay una línea que no debería cruzarse nunca. Porque una cosa es defender derechos, y otra es imponerlos. ¿Qué lleva a un grupo de estudiantes, vestidos de negro y encapuchados, a entrar en un supermercado y lanzar botes de humo para amedrentar?

Piquetes

Los piquetes informativos forman parte de la tradición de las huelgas, pero lo de cubrir de aceite una carretera no es informar, sino atentar contra la seguridad de los conductores. El miedo nunca debería ser el precio a pagar por ejercer –o no ejercer– un derecho.

Quienes el pasado 17 de marzo actuaron así no representan a todos los que hacen huelga. Pero sí contaminan su significado. No se puede construir una sociedad más justa sembrando miedo.

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A muchos, lo ocurrido la pasada semana nos removió recuerdos de tiempos que creíamos superados. No por equivalencias simplistas, sino por sensaciones: la presión, el señalamiento, el “o estás conmigo o estás contra mí”.

Defender la huelga es defender que sea libre. Libre para secundarla o para no hacerlo. Porque cuando el miedo entra por la puerta, los derechos empiezan a salir por la ventana.