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El sacacorchos

Jon Mujika

El corazón bombea

En Usansolo, el subsuelo ha empezado a respirar distinto. Bajo las casas, bajo los bares donde todavía se sirve el café con la parsimonia del norte, bajo los parques donde los niños juegan sin saber que el mundo se está rehaciendo unos metros más abajo, avanza la futura línea 5 del Ferrocarril Metropolitano de Bilbao. Un veinte por ciento del túnel ya ha sido excavado, y ese dato, que en boca de un ingeniero suena a cifra y en boca de un político a promesa, en realidad es un latido: la prueba de que el tiempo se mueve.

Las obras tienen algo de rito antiguo. El golpe rítmico de la tuneladora recuerda al corazón que bombea de una bestia mítica que despierta en las entrañas de la tierra. Se perfora la roca como quien abre un sendero en la memoria, porque todo túnel es también una metáfora: atravesar la oscuridad para llegar antes a la luz. Los vecinos miran las vallas, esquivan zanjas, soportan ruidos y polvo, y lo hacen con una paciencia que mezcla resignación y esperanza. Saben que el progreso no llega nunca en silencio, que siempre entra dando portazos, pero también que, cuando se instala, acaba pareciendo inevitable, como si siempre hubiera estado allí.

En Usansolo, este avance del veinte por ciento se comenta en la panadería y en la parada del autobús con la misma naturalidad con la que se habla del tiempo o del Athletic. “Ya queda menos”, dice alguien, y en esa frase cabe un pequeño consuelo colectivo. Porque cada metro excavado es un paso hacia una vida más sencilla: menos transbordos, menos esperas, menos distancia entre el hogar y el trabajo, entre el centro y la periferia, entre el deseo y su cumplimiento.

Quizá dentro de unos años nadie recuerde el estruendo de las máquinas ni el barro adherido a los zapatos. El tren entrará y saldrá de la estación con la discreción de un animal doméstico, y el túnel, hoy noticia, será rutina. Hoy conviene detenerse y escuchar ese rumor subterráneo que anuncia futuro.