Con eso de tener tiempo para saber, me acerqué el otro día a una charla de Iñigo Urkullu, persona que me cae muy bien y al que considero sabedor de muchas cosas que desconozco, lo que hacía que escucharle, además de poder saludarle, fuera útil para llenar mi alforja de conocimientos. Durante su charla sentí vergüenza, que solo yo noté por ser el único sabedor, al escuchar algo sobre lo que yo había escrito la pasada semana desde una perspectiva más grosera. Si yo utilicé a Onán como referencia para hablar de modos de actuar que solo piensan en uno mismo, Urkullu lo recompuso, y reconozco su copyright, utilizando el término egosistema frente a ecosistema. Uno, que estudió ecología, sabe que ecosistema es el hiperespacio en que conviven plantas, animales, hongos, bacterias, minerales y aire, estableciéndose entre todos ellos una armonía que, si es rota por azar de cuando en vez, se moviliza para restablecer el equilibrio, de todos. El término ha acabado por utilizarse en entornos como el político o el económico para reseñar sistemas complejos en que todo se encuentra interrelacionado y que necesitan lograr, para que todos sobrevivamos, un permanente equilibrio. La diferencia con el ecosistema original, el natural, es que estos nuevos los gestionan humanos, los cuales muchas veces, y especialmente los políticos de hoy dominados por pasiones ególatras, como Trump, o más cerca Ayuso, Feijoo, Sánchez y tantos otros, terminan por crear codiciosos egosistemas que deshacen los necesarios equilibrios de seguridad y tranquilidad para el global de los pertenecientes a la sociedad. Todos ellos se dedican realmente a la pequeña política de arreglar su demoscopia y sus particularidades cuando deberían aplicarse a la política real de arreglar las cosas de las personas, todas.
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