Hay giras que venden entradas. Y luego están las de Bad Bunny, que venden conversación. Durante las últimas semanas, hemos vivido un fenómeno social que hacía muchísimo tiempo que no se veía. Quizá desde las grandes giras de Taylor Swift o de Rosalía. Doce conciertos, dos en Barcelona y diez en Madrid, más de 600.000 entradas vendidas y una ciudad entera pendiente cada mañana de una pregunta trascendental para el futuro de Occidente: “¿Quién estuvo en la ‘casita’?”.
Porque sí, el verdadero fenómeno de esta gira no ha sido únicamente el espectáculo. Ha sido esa pequeña vivienda rosa inspirada en las casas tradicionales de Puerto Rico que Benito Antonio Martínez Ocasio ha colocado en mitad de sus conciertos como homenaje a sus raíces. ¡Y qué homenaje!
Pasen... y que me vean...
Lo que en teoría debía ser una evocación sentimental de la clase trabajadora puertorriqueña terminó convirtiéndose en una especie de mezcla imposible entre el reservado de una discoteca premium, el palco del Bernabéu y el casting de una campaña de moda rápida. Un VIP dentro de otro VIP. Un universo paralelo donde la gente no va a ver a Bad Bunny. Va a ser vista viendo a Bad Bunny.
Por allí han pasado prácticamente todos los famosos disponibles. Penélope Cruz y Mónica Cruz, Ester Expósito, Ana de Armas, Úrsula Corberó, Luis Tosar, Paco León, Carmen Machi, los Javis, Lamine Yamal, Chiara Ferragni o Ibai Llanos.
Pero la ‘casita’ no tardó en convertirse también en un problema. Porque internet, ese lugar donde nadie perdona nada, empezó a fijarse en un detalle incómodo: la inmensa mayoría de los invitados anónimos respondían a un patrón sospechosamente homogéneo. Mujeres jóvenes. Muy jóvenes. Muy guapas. Muy normativas. Muy Instagram.
Tras las críticas llegó el cambio
Los vídeos de los encargados de seleccionar invitadas recorrieron las redes sociales a velocidad supersónica. Y lo que inicialmente parecía una divertida dinámica de concierto empezó a ser visto por muchos como una especie de casting estético en directo. Las críticas llegaron desde todas partes: clasismo, superficialidad, machismo y contradicción con el discurso social que el propio Bad Bunny ha defendido en numerosas ocasiones.
La polémica fue creciendo tanto que incluso medios internacionales comenzaron a hablar del asunto. Algunos observadores señalaron la paradoja de convertir un símbolo de las raíces populares puertorriqueñas en el espacio más exclusivo y elitista del espectáculo. Y entonces ocurrió algo extraordinario: la ‘casita’ evolucionó.
¿Más diversidad?
A partir de los siguientes conciertos empezó a apreciarse una diversidad mucho mayor entre sus ocupantes. Personas mayores, cuerpos más variados, perfiles menos normativos y una representación bastante más cercana a la realidad. Vamos, que de repente también entraban los humanos corrientes. Mientras tanto, la ‘casita’ seguía alimentando su leyenda. Apenas unos 50 metros cuadrados repletos de comodidades. Todo pensado para que la experiencia pareciera una reunión entre amigos, aunque estuvieran observándola 60.000 personas.
Sin móviles por decreto, la ‘casita’ se convirtió en una especie de oasis analógico en mitad de la hiperconectividad. Aunque, como ocurre siempre con los VIP, hubo excepciones y algunas personas especialmente cercanas al entorno del artista se saltaron la norma.
Batalla judicial
Por si faltaba algo, el habitáculo también ha terminado envuelto en una batalla judicial. El propietario de la vivienda real que inspiró la escenografía ha demandado al cantante alegando que autorizó su uso para el proyecto audiovisual vinculado al álbum, pero no para la explotación comercial posterior de la gira mundial.
Bad Bunny ha conseguido algo extraordinario. Ha convertido Madrid y Barcelona en una fiesta permanente. Pero también ha logrado que una pequeña casa rosa genere casi tantas noticias como sus canciones. Y probablemente ahí resida el verdadero éxito de esta gira. Porque mientras todos discutíamos sobre quién entraba, quién se quedaba fuera y quién merecía estar..., el Conejo Malo seguía haciendo exactamente lo que mejor sabe hacer: conseguir que todo el mundo hable de él. Aunque sea desde el porche.