La Vuelta llega a Bilbao este jueves

Arraiz, el puerto escondido de Bilbao

Pello Bilbao descubre para DEIA la novedosa ascensión, con rampas que alcanzan el 20%, que servirá como trampolín para llegar mañana a la meta de Bilbao

09.02.2020 | 14:16
Pello Bilbao, durante la subida a Arraiz. Fotos: Oskar González

Pello Bilbao descubre para DEIA la novedosa ascensión, con rampas que alcanzan el 20%, que servirá como trampolín para llegar mañana a la meta de Bilbao

bilbao - "Siempre tuve curiosidad de saber qué había, a qué lugar llevaban esas carreteras que ves cuando vienes a Bilbao en coche y las ves desde la autopista", discurre Pello Bilbao, al que le encanta descubrir qué tesoros esconde el paisaje. Por eso, el gernikarra, de regreso de sus vacaciones, no duda en explorar el Monte Arraiz, la novedosa cumbre que mañana asomará como lanzadera del final de etapa de la Vuelta en Bilbao. "A mí, particularmente, las novedades me gustan", resalta Pello, lejos de su radio de acción, del tomavistas de Urdaibai. "No soy muy de ciudad, prefiero la naturaleza", apunta en medio del bullicio de Rekalde, el campo base que propugna la ascensión a Arraiz, una subida casi desconocida, un puerto semiclandestino en una de las laderas de Bilbao. El ciclista del Astana, a la espera de oficializar su traspaso al Bahrain, enfoca de inmediato el camino hacia el puerto, camuflado en el Bilbao de las alturas, el más misterioso. "Ese que se ve pero al que no sabes cómo llegar", desliza el vizcaino. El gernikarra sacude los pedales con ese ritmo tan suyo para buscar el puerto. Gira a la derecha. Entonces emerge un saludo hostil. Un puñetazo del 10% avisa sobre un puerto exiguo, apenas 2,2 kilómetros, pero que se muestra tenso, duro, tozudo e hiriente, con un porcentaje del 12,2% de desnivel medio. Poca broma. En una esquina de Bilbao, una curva a la izquierda anuncia la colina. Arraizbidea dice una placa típica de la villa. La ciudad invita al monte.

El puerto, por su cercanía al asfalto de ciudad, posee cierto exotismo. Es una distopía, algo que no cuadra, sorprendente. "Estás tan cerca de la ciudad y en nada, la naturaleza. Es muy bonito", dice Pello Bilbao. La belleza puede ser bruta. De ahí el brutalismo, esa corriente arquitectónica de grandes moles y nulas concesiones. Arraiz concentra esa idea, con rampas que alcanzan el 20% de desnivel y apenas un puñado de metros para airear los pulmones. "No hay sitio para recuperar. Será una subida muy dura, de menos de 10 minutos pero que exigirá mucho. No hay espacio para levantar el pie", destaca Pello Bilbao, que calcula que será necesario un desarrollo de 32 dientes en el piñón y 39 en el plato. "Alguno optará por el compac", detalla el gernikarra, que tras el giro al infierno se encuentra con una primera rampa para desajustar cualquier optimismo.

El vizcaino, ligero, un colibrí capaz de conquistar dos etapas en el pasado Giro de Italia y de rozar el triunfo en una jornada en su bautismo en el Tour, se pone en pie para negociar con los cuestones de Arraiz. "Es muy explosivo. De esfuerzo máximo. Aquí no se puede lanzar la bici. Si bajas mucho el ritmo, te quedas parado. Es la clase de subida que busca ahora la Vuelta. La compararía con el Puig de Llorença", analiza. Empaquetada esa zona, con la carretera bien asfaltada y anchura suficiente -"aunque el día de carrera esto estará a reventar de aficionados y apenas habrá sitio"-, aguarda un rampón desmoralizante. Una pared donde son necesarios los crampones y el piolet.

Pello Bilbao sube las coronas para aligerar el ritmo. La cuesta, que mira con descaro hacia el cielo, una aliada de la ley de la gravedad, agarra a cualquiera que ose retarla. Pello Bilbao, un buen escalador, puede con ella no sin esfuerzo. Allí, en una curva a derechas se abre un ojo que mira a la capital vizcaina, donde se percibe, nítido, el skyline de la ciudad y pespunta orgullosa la Torre Iberdrola, el icónico faro del Bilbao moderno. Arraiz es un mirador. En el escaparate se contonea la villa. Su rostro. "Es muy bonito poder ver la ciudad así. La tienes al alcance de la mano, pero a la vez, estás en plena naturaleza", argumenta el gernikarra. En lo más duro del puerto es donde el Botxo adquiere su dimensión de urbe.

Las vistas de Bilbao, desde otra perspectiva, conceden otro ángulo de la ciudad, desconocido, menos habitual, cuando menos. Con todo, Arraiz y sus rampas continúan sacudiendo sin desmayo. En el retrovisor queda la terraza que vigila Bilbao, pero el puerto, inclemente, no descansa. "No hablamos de un repecho. Esto requiere un esfuerzo de 10 minutos a tope", considera Pello Bilbao sobre el remate de una etapa que coronará El Vivero y Urriztimendi con anterioridad. El reto hacia la cumbre de Arraiz, de 320 metros, sigue vigente. Pello Bilbao discurre ahora por una zona de menor dureza, pero nunca relajada, aunque sí más tendida en una carretera festoneada por el verde de la naturaleza, el celofán que envuelve a la ciudad. Sentado, el gernikarra aumenta la cadencia de la pedalada en una ascensión en la que se podrán rozar los 7 vatios/kilo de potencia.

En ese tramo, el más sereno antes de acometer el siguiente repecho, los viñedos de txakoli vallan el recorrido. "La moda del txakoli, ya se sabe", bromea Pello Bilbao, concentrado en arañarle metros a Arraiz, un lugar donde las señales clásicas de la ciudad son otras. Aquí, donde el ancho de la carretera apenas da para un coche y una bicicleta, advierten del peligro del ganado. Un aviso imposible en la ciudad. En el Bilbao rural, el de las alturas, se hace el silencio y la calma. Solo el sonido de la naturaleza, con los pájaros y el cambio de la bicicleta y su clac-clac interrumpe la sensación de paz que envuelve Arraiz. Desbrozada la rampa de las vides de txakoli, Pello Bilbao acelera nuevamente hasta la altura de unos asadores.

punto de ataque Esa zona, justo antes de girar a la derecha para enfocar el descenso, es el punto para asaltar Arraiz y despegar. La cama elástica en la que dar el salto y volar hacia Bilbao. "Los últimos 600 metros de la subida son el lugar en el que atacar. Antes es muy complicado por la dureza", desliza el gernikarra, que cree que no son necesarios muchos segundos para poder levantar los brazos en la Gran Vía de Bilbao, donde finalizará la etapa que comienza en el circuito de Los Arcos, en Nafarroa. "El que corone con un punto más que el resto, el que tenga esos gramos más de fuerza arriba, puede llegar abajo. Con menos de diez segundos de renta en Arraiz, se puede ganar en Bilbao sin problemas. Se trata de pegar el hachazo, abrir un pequeño hueco y lanzarse", considera el vizcaino, que tamborilea los dedos para dar carpetazo a una exitosa campaña.

Pello Bilbao tiene claro que Arraiz será una aduana. Peaje. La subida será jueza de la etapa porque El Vivero, el clásico último puerto, el que se elegía como filtro antes de acceder a Bilbao, no era suficientemente duro. "El Vivero siempre daba la opción a reagruparse y que llegara un grupo grande, con lo que el final solía ser algo descafeinado. Aquí, con la dureza de Arraiz, no sobrevivirá un grupo de 30 corredores. Será un grupo reducido y exigirá que los gallos, los que pelean por la carrera, estén delante". Además, sugiere el ciclista, la proximidad de la meta tras un descenso rápido y sin complicaciones, no otorgará margen para corregirse. "Es coronar y hasta meta. La bajada es a escalones, pero limpia. Sin peligro. Con cinco segundos de renta arriba puede ser suficiente", argumenta Pello Bilbao, que en el descenso hacia la ciudad se topó con algunas vacas transitando por sus dominios. "Me recuerda a esos parajes de Gorbea, que de repente te aparecen las vacas o lo que sea en medio del camino. Esa sensación de pura naturaleza a un paso de la ciudad me parece muy bonita", dice el gernikarra, acostumbrado a otros paisajes y subidas en su ruta de entrenamiento por Urdaibai.

"Esto es muy diferente y la verdad, me ha gustado mucho. Siempre tenía esa cosa de saber qué había en los barrios altos de Bilbao cuando los veía arriba a la izquierda viniendo por la autopista, pero quedaba lejos de mi zona de entrenamiento. Además, para los ciclistas las ciudades siempre son más estresantes y tratamos de evitarlas". En la cumbre de Arraiz en medio de un paisaje bucólico, sin urgencias, Pello Bilbao pega un trago a su botellín. Refresca la garganta y brinda por el descubrimiento y la curiosidad. "Soy inquieto y siempre me gusta descubrir sitios", argumenta el vizcaino. La excursión merece la pena. El gernikarra ya sabe cómo se llega a ese pequeño paraíso que se yergue repleto de autoestima pero sin ego ni orgullo sobre la moderna urbe de titanio. También lo que cuesta hacerlo. Arraiz, puerto escondido.

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