Allí donde corre la vida
En 1940 se inauguró un bar, la Taberna Basaras, que hoy se considera un Matusalén de la hostelería, allá en el número 2 de la calle Pelota. Se enclava en sus 27 metros cuadrados donde una bodega hermosa y una barra clásica aún llama
Anada que cualquiera de ustedes tengan cierta edad recordarán aquella canción de Gabinete Caligari que decía algo así como “Bares, qué lugares tan gratos para conversar. No hay como el calor del amor en un bar...”. Este es un alegato de los viejos bares, de esos lugares calentitos que tenían, para no poca gente, el calorcito de casa. A esta estirpe pertenece, como si fuese uno de los últimos samuráis, la taberna Basaras, una leyenda enclavada a la altura del número 2 de la calle pelota. Tan a gusto está en esa calle que lleva más de ochenta años sin moverse de ella.
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En el número 2 de la calle Pelota, le dije. En el corazón mineral y sentimental del Casco Viejo de Bilbao, sobrevive desde hace más de ochenta años la taberna Basaras, que no es solo un establecimiento de hostelería sino una forma de entender el tiempo. Hay locales que despachan bebidas; otros, en cambio, administran memoria. Basaras pertenece a esta segunda especie, cada vez más rara, como el bacalao auténtico o los paraguas bien hechos.
La calle Pelota, con su pendiente leve y su empedrado domesticado por siglos de suelas, desemboca en la Plaza Nueva como un afluente en un estuario de voces. A un lado y otro, fachadas que han visto desfilar generaciones enteras: obreros con boina y manos tiznadas de hierro, abogados jóvenes con toga bajo el brazo, turistas desorientados, jubilados que caminan con la parsimonia de quien ya ha pagado casi todas sus deudas con la vida. En medio de ese tránsito, la puerta de Basaras funciona como un umbral alquímico: quien la cruza abandona por un instante la intemperie del siglo XXI y entra en una cápsula donde el vino sigue siendo vino y no una “experiencia enológica”.
Desde el punto de vista técnico —porque toda épica necesita su mecánica—, una taberna es un organismo complejo. Hay una termodinámica del barril, una hidráulica secreta en los tiradores, una microbiología discreta en las levaduras que fermentan el mosto y que convierten el azúcar en alcohol con la naturalidad con la que un viejo marinero convierte una anécdota en leyenda. El vino, servido a la temperatura exacta, ni tibio ni glacial, exige una sabiduría que no aparece en los manuales de marketing. El vino joven debe respirar lo justo; el crianza no admite brusquedades; el clarete tiene su punto de frescor como el hierro al rojo vivo tiene su punto de maleabilidad.
En sus apenas 27 metros cuadrados (no hace falta más: allá en aquel rincón corre toda la vida...) se esconden cerca de trescientas botellas de vino, aunque sus gestores han admitido alguna vez que no lo saben con seguridad. Fue fundado en 1940 y regentado los últimos años por Jon Ocaña, aunque el actual propietario es Joel Sacha Barck, que llevaba en la casa y aprendiendo del maestro desde 2022. Los sentimentales grillos, que compite con los bilbainitos con se coronado como el pintxo de Bilbao; traineras, empanadillas de atún, anchoas, croquetas y la tan cacareada y maravillosa tortilla de patatas son delicias para quienes se detienen en esa barra que tanto sabe
¿De quién aprendió...? Pepe Ocaña –padre de Jon y, de alguna manera, también durante mucho tiempo progenitor de la taberna...– era distribuidor de González Byass, y algo de vinos sabía. Y de todas las historias que escuchan de los parroquianos que acuden al local como los feligreses a las misas de domingo.
Allí bien saben que el vino en los bares no es solo una bebida alcohólica; es una tecnología social. Su graduación —moderada, civilizada— invita a la conversación más que al estruendo. A diferencia de los combinados fosforescentes que ahora iluminan la noche como nenes líquidos, el vino tiene la gravedad terrestre de las cosas antiguas. Viene de la tierra y a la tierra nos devuelve, aunque sea metafóricamente. Un vaso de tinto en la barra es una declaración de pertenencia: estoy aquí, soy de aquí, formo parte de esta comunidad efímera que se reúne al caer la tarde.
En las paredes de una taberna con más de ochenta años de historia se deposita una pátina que no se compra en tiendas de decoración vintage. Es la sedimentación de conversaciones, discusiones políticas, confidencias amorosas, pésames y celebraciones. Si uno afina el oído, puede escuchar el eco de la posguerra, el murmullo de la industrialización, el zumbido de las reconversiones, la euforia de los años de bonanza. Cada generación ha dejado en la barra una capa invisible de su ansiedad y de su esperanza.
El interior de Basaras —maderas oscuras, botellas alineadas como soldados disciplinados, fotografías que ya han adquirido el tono sepia de la nostalgia— responde a una ergonomía del afecto. La barra tiene la altura exacta para apoyar los codos sin humillación; los taburetes, el desgaste justo que permite que el cuerpo se acomode como si regresara a una casa conocida. La iluminación, ni teatral ni clínica, crea ese claroscuro donde el rostro del otro adquiere relieve humano y no el filtro impersonal de una pantalla.
Quizá por eso, cuando uno levanta el vaso en una taberna así, no brinda solo por el presente. Brinda por los que estuvieron antes y por los que vendrán. Brinda por la continuidad de un rito modesto que consiste en apoyarse en una barra y hablar. En tiempos de virtualidad y aislamiento, esa ceremonia adquiere una dimensión casi subversiva. Hoy por hoy el Basaras es un superviviente y merece un recuerdo sentido y un apoyo bien ganado con tanta vida por detrás y por delante.
