La historia de U Mariela Achata, conocida artísticamente como Uma, comienza con un legado de superación en las laderas de La Paz, Bolivia. En aymara, su lengua materna, Uma significa agua. Como el agua esta artista boliviana ha sabido fluir y adaptarse a terrenos áridos. Hija de un artista plástico que creció en la extrema pobreza de una zona llamada Tembladerani, Uma aprendió que el arte es, ante todo, un refugio de supervivencia.
Su vínculo con la cerámica nació de una crisis familiar: su padre enfermó gravemente debido a la toxicidad del óleo y el tíner en un taller sin sin ventilación. Para recuperar la movilidad de sus manos "agarrotadas", la familia recurrió a la arcilla como terapia. "Encontramos la arcilla y empezamos a investigar... incluso construimos un torno a mano". Sin embargo, a los 14 años, Uma descubrió que su lugar no estaba en el torno, sino en la escultura.
Una larga travesía
En 2006, buscando "ver que hay en el otro mundo", Uma migró a Barcelona. Allí vivió la dualidad de muchos migrantes bolivianos: la emoción de la aventura europea mezclada con un sentimiento de "traición" hacia sus raíces debido a la historia colonial. Sin papeles y con el miedo constante a la deportación, trabajó cuidando niños y ancianos.
Durante cuatro años, mantuvo una doble vida: trabajaba en un Starbucks y estudiaba el Grado Superior de Cerámica Artística. Tras mudarse a Bilbao en 2011, el choque fue más duro. Vivió un intenso "duelo migratorio" y, ante la falta de recursos y el poco apoyo de su pareja de entonces, tomó una decisión drástica: "Un día agarré todas mis piezas y las destruí de forma simbólica". Pensó que su tiempo como ceramista había terminado.
"De vuelta a mi pasión"
Su regreso al barro ocurrió tras años de trabajar en cocinas para ahorrar y una reflexión profunda durante la pandemia: "¿Cómo me quiero ver de aquí a diez años?". Encontró comunidad en una casa de cultura en Basauri, lo que fue "una explosión" creativa que la devolvió a su esencia y sus raíces. "Fue un proceso largo, pero con el apoyo de mucha gente, conseguí volver a conectar con mi pasión y mi tierra", afirma la ceramista.
Esta resiliencia se materializó cuando diseñó el galardón para el Reconocimiento de las Mujeres Migradas Bilbainas. Uma rechazó las propuestas convencionales para crear una pieza con "una historia real, desde el corazón". El trofeo está fabricado en gres y porcelana a 1250 grados. Esta elección técnica no es casual: al cerrar el pro de material, la pieza se vuelve extremadamente resistente, casi imposible de romper. Para Uma, esta dureza simboliza la fuerza inquebrantable de las mujeres que, como ella, han tenido que reconstruirse en una tierra extraña.
En comunidad
Desde su taller en San Francisco y su labor en KoopSF34 (un espacio de emprendimiento para migrantes), Uma lidera el proyecto Embarrad@s. Allí, jóvenes como Musa o Abulay, llegados de África con historias diferentes, han encontrado en el modelado una forma de canalizar su talento. En estos talleres también ha conseguido conectar con la simbología vasca, implantando en sus piezas figuras como el Eguzkilore o las hojas del Árbol de Gernika.
"Hacemos una comunidad desde la arcilla", explica Uma. Sus alumnos han logrado vender casi todas sus piezas e incluso exponer en espacios artísticos para conmemorar tragedias como la del Tarajal. Además, Uma sigue impulsando murales colectivos con la asociación feminista Koloretxe, luchando contra la burocracia para que el arte hecho por manos de mujeres migrantes ocupe, por fin, las paredes de los barrios de Bilbao. Su obra es, en definitiva, un recordatorio de que aunque el barro sea frágil al inicio, con el fuego adecuado, se vuelve eterno.